La imagen del mal

Bluesky

Hay que ser muy mala persona para jactarse del desalojo de cuatrocientas personas de un instituto abandonado mientras no se ofrece más que odio a cambio. Hay que ser un salvaje para, además, no dar ninguna alternativa mientras existen avisos meteorológicos que anuncian fuertes lluvias en esa zona. Y hay que estar loco como para ignorar deliberadamente las advertencias de la llegada de frío invernal esa misma semana. “Son negros y pobres”, ha sentenciado el periodista Jordi Évole. ¿A quién le importan?

Un puente ha mostrado más sensibilidad que el propio alcalde que, dicho sea de paso, después de vomitar el odio que llevaba dentro, se fue a visitar el pesebre instalado frente al ayuntamiento de Badalona. Supongo que le pediría al Niño Jesús que se llevara a esa gente a otro lugar, que limpiara de una vez su ciudad de miserables y malolientes, que dan mala imagen, que tapan ese árbol inmenso, símbolo ineludible de esa paz y esa tranquilidad que quieren los fascistas.

Como digo, a ese puente se han acercado personas de bien que aman a sus semejantes y quizás no tanto a una imagen de cerámica o de madera que ya tiene el cobijo de una cabaña. La paradoja está servida: el pobre José, junto a María y el Niño; también son pobres, pero blancos. A esos hay que llevarles todos los presentes posibles: incienso, oro y mirra, leche, queso. Se merecen todo nuestro respeto, aunque no tengan vida. Los otros han cometido el grave error de ser negros, lo que les convierte en delincuentes de facto. Eso es lo que proclaman los que nos quieren enfrentar, los que desde sus despachos no quieren ni oír hablar de humanidad, así en general. Esta solo se aplica a los que tienen un cierto estatus. Tampoco aprecian a los blancos pobres porque, así lo dicen, es culpa de ellos, no se esforzaron lo suficiente, se merecen lo que les ha pasado y, está claro, el ayuntamiento no va a gastar ni un euro en esa gente.

El dinero es para gastarlo en luces de Navidad. El pan y circo es más antiguo que la propia historia. Luces y más luces, árbol gigante, elementos disuasorios y limpieza étnica a raudales. No puede ser que los no blancos campen a sus anchas por Badalona. Nos agreden, nos invaden. Xavier García Albiol lo va a impedir, eso dice. Eso dicen los que, como él, nunca mostraron empatía por nadie; los que, como él, se dan golpes de pecho frente a la imagen de un santo o de una Virgen. Los golpes de pecho también son más antiguos que la historia. Quedan bien, te convierten en buena persona a ojos de los tuyos y de los ignorantes que se creen que los que nos fastidian la vida son los negros y pobres. Te convencen de que no puedes tener una vivienda digna porque te la quitan los moros o los negros. Te persuaden para desviar los verdaderos problemas y acabas diciendo que hay lista de espera para operarte porque antes pasan moras y moros; y negros.

Creo fervientemente en el karma. No le deseo nada malo al señor Albiol porque estoy convencido de que le va a llegar. Y me lo imagino debajo de un puente, a la intemperie, sin tienda donde refugiarse, pidiendo ayuda. Y solo, muy solo. Temblando, al borde de la muerte, un negro se le acerca y le ofrece una manta y un bocadillo. Me imagino su reacción. Lo aparta de un manotazo y sigue pidiendo ayuda de un blanco, claro. No aparece nadie. A pesar de su estatura, llora. Tampoco se manifiesta la Virgen María ni el Niño Jesús. Lo veo desesperado. Siguen llegando negros a aquel refugio bajo la autopista. Entra en pánico.

El orgullo y la soberbia del personaje impiden un mínimo de empatía. Las personas perversas, las que no creen en la dignidad de las que no son como ellas, suelen tener un mal final. No se trata de una película. La película de la vida arrastra a esos seres hasta el infierno, al real, al de aquí. No se lo deseo al alcalde de Badalona, pero mucho me temo que va a pasar. Tengo ya una edad y la experiencia me dice que el que la hace, la paga. En vida.

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