Durante años, muchos ciudadanos educaron sus expectativas democráticas soñando con El ala oeste de la Casa Blanca, donde los gobiernos debatían con rigor, los asesores citaban a Tocqueville y las decisiones se tomaban tras horas de análisis sereno. Aquella ficción ofrecía un ideal normativo sustentado en instituciones adultas, dirigentes responsables y una ética pública.

Pero la deriva hacia la política-espectáculo no es nueva. La sociedad del espectáculo que en su día anticipó Guy Debord ya anunciaba un mundo donde la representación sustituyera a la realidad. Y antes incluso de Debord, los totalitarismos del siglo XX entendieron el poder de la escenificación: Hitler y Mussolini convertían cada mitin en una coreografía política milimetrada. La derrota del fascismo parecía desterrar aquel estilo, pero lo desplazó temporalmente.
Con Silvio Berlusconi y Beppe Grillo, Italia reabrió la puerta a una comunicación política casi exhibicionista, mezcla de histrionismo y marketing. Poco después, líderes tan dispares como Trump, Farage o Bolsonaro consolidaron un estilo donde la forma devora al contenido, y la exageración se vuelve estrategia. Hoy, esa estética ha penetrado incluso en democracias maduras, acelerada por redes sociales.
Parecería así que la política real se parece mucho más a Veep o incluso a Sí, Ministro: un lugar donde el caos, la sobreexposición y la improvisación se han convertido en método. Los casos de corrupción mutan en cuestión de horas en memes virales —ahí está el “caso Koldo”, convertido en combustible humorístico antes incluso de comprenderse su alcance real—, y los lapsus de Rajoy circulan por redes más que cualquier debate parlamentario. El humor político ya no es el de Los guiñoles, sino el de programas que caricaturizan sin distinción a todos los partidos, líderes y circunstancias.
La polarización contribuye decisivamente a esta deriva, pues convierte cada matiz en una batalla cultural y cada discrepancia en un sketch. En el ecosistema mediático actual, un gesto se interpreta más que un argumento. El resultado es una política de superficie, donde el entretenimiento mediático importa más que la lectura de un informe técnico y el frame emocional sustituye al análisis.
En este escenario, los líderes globales actúan como si vivieran en un plató permanente. Macron multiplica la gesticulación teatral; Putin transforma cada aparición en un ejercicio de solemnidad autoritaria cuidadosamente coreografiada; Netanyahu maneja la comunicación con con una agresividad que busca impactar y dividir. Incluso en los episodios más trágicos, la lógica del espectáculo impone su cadencia. Zelenski, con su capacidad para convertir la comunicación en herramienta geopolítica, ofrece quizá el ejemplo más revelador: un actor cuya experiencia previa potencia —y no reduce— su habilidad para movilizar apoyo internacional. La frontera entre política y relato se ha disuelto.
La vida interna de los gobiernos tampoco escapa a esta mutación. En lugar de los debates casi académicos de El ala oeste, hoy predominan ruedas de prensa improvisadas, rectificaciones apresuradas y equipos de comunicación convertidos en bomberos digitales. En España, muchos gabinetes funcionan más como unidades de damage control que como espacios de diseño de políticas públicas. La gobernanza se vuelve reactiva, dependiente del trending topic del día.
Sin embargo, confundir esta estética con la esencia de la política sería una derrota cultural. La sátira funciona porque señala la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Veep nos describe; El ala oeste nos recuerda que cabe aspirar a algo distinto. Entre Selina Meyer y Jed Bartlet, parece imponerse la primera, pero aceptar resignadamente que la política solo puede ser espectáculo equivaldría a renunciar a la propia democracia, … y sin guionistas brillantes.
Quizás la clave esté en recuperar un compromiso básico: deliberación seria, instituciones que no dependan del ciclo de la viralidad y dirigentes que gobiernen más de lo que posan. Algo tan elemental como volver a la política que no busca likes sino soluciones. Porque, si renunciamos a esa ambición, quedará un país gestionado como una sitcom… pero con la mala suerte de que nadie escribirá un buen capítulo final.









