La chapuza del ‘ticketing’ del Barça-Alavés fue culpa del clientelismo

La obsesión de Laporta por aplicar precios dinámicos en las entradas y, en función de la demanda, mover a los socios a última hora a las peores ubicaciones en beneficio de los turistas, provocó la caída del sistema, que no será la última.

La chapuza del sábado pasado a la hora de facilitar las entradas a los socios, tarde, mal y de manera caótica, ha sido una muestra más del abismo que separa el relato y la propaganda oficialista de la decadente y envenenada organización interna laportista integrada por un ejército de familiares, amiguetes, enchufados y de incompetentes sin nivel profesional a la altura de la grandeza del club.

La propia vicepresidenta del club, Elena Fort, tuvo que admitir la magnitud de un desastre sin precedentes en la historia del FC Barcelona y que «un total de 7.500 personas no han podido entrar hasta que el partido ya había empezado y que 300 ni siquiera lo han hecho». Fort pidió disculpas en nombre del club y de la junta directiva sin precisar, en cualquier caso, si la mayoría o sólo un porcentaje de este amplio volumen de afectados eran socios abonados o no.

Las excusas presentadas por tratarse de un estadio remodelado no colaron porque el club ya tenía la experiencia de gestionar un aforo de más de 98.000 espectadores antes de las obras y las dimensiones y capacidad de Montjuïc no difieren tanto de la ocupación parcial del Spotify en esta primera fase de apertura. Con más motivo, además, no se justifica ni se explica una negligencia así solo una semana después del primer partido contra el Athletic en el proceso de algo tan sencillo como asignar localidades a los socios abonados y al resto de pago. Fort, sin saber del todo qué decir, se refirió a «una ralentización al bajar las entradas a través del QR» como único argumento. O no sabían lo que acababa de pasar, o bien no se podía explicar.

No era la primera vez que, por culpa de esta absurda y enfermiza obsesión de la directiva de reservar las mejores localidades para los turistas que más pagan —sea en Montjuïc o en el Spotify—, las entradas de los socios no se asignaban hasta el último momento vía telemática. De los sustos individuales y de la incomodidad general causados por esta mecánica se pasó, contra el Alavés, a una hecatombe, un fallo del sistema que dejó sin asiento a unos 7.800 socios (o buena parte de ellos) que acabaron protestando ante las taquillas, furiosos y enfadados por una situación incomprensible.

El caos llegó precedido de un fatal error de cálculo del departamento de ticketing a la hora de fijar estos precios dinámicos, inestables, para miles de entradas que, por falta de demanda, se empezaron a revender por debajo de la mitad de su precio facial horas antes del partido. La espera nerviosa se tradujo en un retraso a la hora de ubicar a los miles de socios con pase de temporada y, fruto del nerviosismo, al arrojar una tecla equivocada, causando el primer gran desastre en el Spotify: el borrado y desaparición de miles de entradas electrónicas.

La solución de enviar rápidamente en formato PDF las entradas volatilizadas tampoco fue del todo efectiva, de manera que finalmente se abrieron puertas descontroladamente provocando que centenares de los afectados vayan por las gradas y decenas de ellos acabaran sentados en las escaleras de la primera y de la segunda gradería imaginando que cualquiera de las localidades podría haber sido la suya si la hubieran tenido a tiempo. Un factor de riesgo añadido en caso de evacuación que la directiva debería haber evitado y controlado, sin éxito.

Este mismo fallo informático amenaza con reproducirse en los sucesivos partidos en el Spotify por la sencilla razón de que, detrás de esta dinámica de no asignar asientos hasta pocas horas antes del partido, no hay ningún algoritmo ni rastro de inteligencia —artificial, o no—, sino el factor humano, vector más que susceptible de volver a cometer errores cuando se repitan las circunstancias.

Es la consecuencia directa de haber implementado en lluís Companys el hábito peligroso y detestable de exigir a los socios, propietarios de un pase de temporada, que comuniquen al club anticipadamente su intención de asistir a cada partido. Una iniciativa de la directiva orientada a agotar y desanimar al socio abonado, que ha decidido repetir y trasladar al Spotify a pesar de las numerosas quejas y lamentaciones por la nefasta experiencia vivida y manifestadas por los socios en Montjuïc.

A Joan Laporta le ha sido igual, al menos hasta el sábado cuando una multitud visiblemente enfadada y ruidosa se puso a llamar consignas contra el presidente en reacción lógica y legitima a que pocos minutos antes del inicio del partido nadie les proponía una solución satisfactoria a la desaparición de sus entradas.

Si Laporta y su ejército de incompetentes están pensando de verdad en implementar este mismo criterio en el Spotify a pleno rendimiento de aquí a unos meses, más vale que no lo revele ni lo anuncie antes de las elecciones. E incluso tendría que cubrirse los hombros antes que los más de 60.000 socios abonados que llevan tres temporadas —o más si se añade la de la pandemia— sin renovar su abono empiecen a sospechar que el futuro se parecerá más al del Barça-Alavés que a los tiempos pasados en que cada socio sabía exactamente cuál era su asiento.

Seria millor, en la mesura del possible, que un desgavell d’aquesta magnitud no es repetís dimarts davant l’Atlètic de Madrid i molt menys el dia 9 de novembre en el partit de Champions contra l’Eintracht.

Por cierto, que Josep Maria Minguella ha vuelto a plantear a la junta, desde los medios y sin respuesta, donde fue a parar el gran negocio de la reventa de aquel famoso partido de Europa League a más de 35.000 aficionados alemanes que pagaron una millonada para conseguirlas. Entradas que, como recuerda Minguella, sólo podían salir del área de ticketing de la actual junta directiva.

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