Gabriel Rufián. El portavoz de ERC en el Congreso dedicó a Sílvia Orriols una de sus habituales y punzantes intervenciones, en una entrevista televisiva donde advirtió del «pelotazo importante» que, según él, puede dar Aliança Catalana.
Lo hizo con un discurso duro y calculado, pensado para situar a Orriols en un espacio político que, a su entender, beneficia a los sectores más contrarios al independentismo. Llegó a decir que, si él fuera «un contrario absoluto del independentismo y encima un fascista del carajo», estaría encantado con la líder de Ripoll. Una expresión similar a la pronunciada por su líder, Oriol Junqueras.
En este marco, Rufián fue encadenando argumentos hasta llegar al punto que nos ocupa. No acusó explícitamente a Orriols de cobarde, pero sí le dibuja un perfil que lleva inevitablemente hacia este calificativo. Insistió en que determinados discursos no son «valientes», porque «culpar al chaval que llega en un cayuco o en los bajos de un camión» no lo es. El mensaje era transparente: quien señala a los más vulnerables en lugar de señalar a los poderosos, practica una política que evita los conflictos reales. Y, siguiendo la lógica de Rufián, esto equivale a cobardía.
La carga política que añade es doble. Por un lado, pretende situar a Orriols en el mismo saco que otros líderes de extrema derecha, a quienes acusa de alimentar un relato cómodo para quienes quieren desgastar al independentismo. Por otro, sugiere que el ascenso de Aliança Catalana es bienvenido por ciertos sectores que, según él, buscan polarización y fractura. En este esquema, Orriols aparece como una actora que no solo no planta cara a los poderosos, sino que contribuye a un clima que beneficia a los adversarios del soberanismo.

