El 25 de julio es una fecha curiosa del calendario. San Jaume. En 1835 un toro salió rana en la plaza de la Barceloneta y fue la excusa para ir a quemar conventos. En 1943 el gran consejo fascista decidió defenestrar a Benito Mussolini y en 2014, una tarde de verano aún con cierto aire sin noticias, saltó la forzada confesión de Jordi Pujol.
Recuerdo que, entonces, pensé con mucha velocidad en torno a cómo ese hombre cantó porque, desde Madrid, debió considerarse que había llegado la hora de golpear más fuerte al haberse roto cierto límite catalán. Los partidarios de la independencia, los antiguos pactistas de CiU, habían ido demasiado lejos, por lo que debían pagar, mostrándose así los00 trapos sucios escondidos hasta ese mismo instante.
No me causó gran sorpresa el tema. Todos los presidentes con poder de larga duración en las Autonomías han metido mano en la caja, salvo los vascos, al menos por lo que sabemos hasta ahora.
Pujol no era distinto y, además, acumuló tantísimo crédito que le resultó más fácil robar. Maragall lo advirtió, lo tomaron por loco; a saber si eso precipitó otros males, pero donde quiero llegar es a la duración temporal y al cambio que se vincula más bien con el deseo del anciano de permanecer en la Historia.
Han pasado once años desde la confesión. Primero parecía que iba a devenir un paria. Quizá por eso dijo ese día lo de mover el árbol, como un mafioso. Más tarde todo siguió igual y parecería que iba a morir demonizado, pero ops, publicó un libro, las aguas de calmaron y encima llegó un presidente socialista que, más de una vez, tiene ademanes convergentes.
Illa, a mi parecer de manera inaceptable, convocó a Pujol a palacio cuando hizo la ronda con sus predecesores en el cargo. Era un modo de rehabilitarlo, más tarde confirmado por la presencia del prohombre en actos de todo tipo, como un homenaje a Paco Candel, a quien hurtó la frase de catalán es aquel que vive y trabaja en Catalunya, eso antes de volverse soberanista.
En esa presentación, uso el término para dar algo de sinonimia al texto, nuestro protagonista no fue silbado ni nada por el estilo. Algunas personas me comentaron su frustración por ver a un delincuente en la mesa principal como si no hubiera roto un plato en su vida: es lo que suele llamarse proceso de normalización.
Mis fuentes me confirman que, cuando muerta, si lo hace en el actual mandato socialista, tendrá su funeral de Estado. La Historia no lo absolverá, lo hará Salvador, quien así quizá gane el boleto para ir con su maestro a un hipotético infierno.
La semana pasada se comentó como, dada su incapacidad a causa de un principio de demencia senil, se quiso exonerarlo del juicio por sus fechorías. De haber sido así no hubiera recibido condena, algo perfecto para corroborar su reingreso en los anales de la Historia sin penas graves que mancharan su maltrecho expediente.
Estos once años tienen muchos inputs con relación a su duración temporal. La pandemia los ha hecho más largos. También ha aumentado la longevidad de la población. El nonagenario quiere ser inmortal sin pecados de cara a la galería para figurar limpio en los libros, donde saldrá, pero si somos una sociedad sana debería aparecer en las páginas cargado de toda la suciedad y el cinismo que escondió mientras mandaba con mucha prepotencia. Le agradecemos ciertos servicios prestados, lo que no excluye tildarlo de indeseable, pues un servidor público debe dar el 100% por la ciudadanía, sin transportar dineros afuera ni sustraer un 3% a urgencias capitales como la sanidad o la educación.








