El gran error de Jordi Pujol

Bluesky

Jordi Pujol afronta, a partir de este 24 de noviembre, el juicio que le pone ante el espejo de su vida. Como persona y como político, Jordi Pujol ha tenido aciertos y ha cometido errores, característica que es inherente a la condición humana.

No es mi trabajo juzgar. Pero sí que hay que dejar constancia de la enorme influencia que Jordi Pujol ha tenido, para bien y para mal, en la sociedad catalana, desde los años 60 del siglo pasado hasta el 2014, cuando explicó la historieta de la “deixa” de su padre Florenci en el extranjero y cayó fulminantemente en desgracia.

A pesar de sus convicciones democráticas, Jordi Pujol, en el nombre superior de la patria, siempre ha tenido un trasfondo totalitario, y esto es incompatible con los anhelos de libertad que caracterizan, secularmente, al pueblo catalán. Más allá de las costumbres que existen en los países occidentales, él decidió ocupar el poder de la Generalitat durante 23 años –un récord más propio de un dictador-, en un intento de modelar la sociedad para favorecer sus intereses personales y políticos.

Él tenía la obsesión, por influencia de un socio de su padre, Moisés David Tennenbaum, de hacer de Cataluña un Israel-2. De aquí sus problemas de interrelación con la migración castellanohablante que había llegado a Cataluña, tal como sus admirados sionistas con los palestinos, pero al revés.

Pero su gran error fue el intento de crear un sistema de transmisión del poder por vía hereditaria, como si fuera una monarquía. Y es que Pujol no era solo una saga política, sino un grupo de intereses económicos y empresariales, muy a menudo corruptos y con voluntad hegemónica, como ya se demostró en la fallida aventura de Banca Catalana. Si a su hijo Oriol no lo hubieran pillado, en 2012, en el caso de las ITV, hoy sería, seguro, el actual presidente de la Generalitat y, como mínimo, un nieto suyo ya sería diputado en el Parlament.

Y esto es imperdonable. Condenar una sociedad europea y moderna como la catalana a un régimen dinástico, fundamentado en el control mediático y la corrupción, es un delirio perverso que, más allá de lo que digan los policías, los fiscales y los jueces que han investigado a la familia Pujol, merece el rechazo absoluto.

Jordi Pujol cometió un segundo gran error, pequeño, pero no menos determinante. Pensaba, según dijo, que el secreto bancario existiría por siempre jamás en Andorra, como en Suiza. Pero el mundo gira y cambia cada día…

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