«Las mujeres no dejaremos que nos arrebaten lo que hemos logrado»

Entrevista a Patricia Simón

Bluesky
Patricia Simón

Periodista y escritora. Defensora de los derechos humanos y feminista. Ha viajado por una treintena de países informando de conflictos. Ha publicado varios libros sobre el ejercicio del periodismo. Entre ellos, Guerra, paz y periodismo, con Jon Lee Anderson, y Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio . Ahora publica Narrar el abismo (Editorial Debate).

¿Qué es, dónde está el abismo, y cómo se narra?

Los abismos son esos lugares donde se violan los derechos humanos más básicos, y donde confluyen la impunidad y las formas más atroces de la violencia. Ahora, desde el punto de vista periodístico, los estamos narrando mejor que nunca, porque nunca ha habido tan buen periodismo. El problema es que, a la vez que tenemos esta eclosión de medios comprometidos con los derechos humanos y la buena narración, nos encontramos con una industria del odio, obra de supuestos medios que tienen más que ver con la propaganda política para deshumanizar a determinados colectivos y alentar a la ultraderecha.

¿Compartes las modas (distópicas) que nos presentan un mundo catastrofista, peor, en todo caso, que cualquier pasado?

A pesar de todo, estamos en el mejor de los tiempos posibles. Si eres mujer, una persona racializada, de la clase obrera, del colectivo LGTBIQ…, si formas parte de la mayoría de la sociedad, tus derechos se tienen más en cuenta. No en todas partes, es cierto, pero es manifiesto que con luchas se pueden conseguir. Este es un horizonte que no se había vivido nunca en la historia de la humanidad. El problema es que, a la vez que hemos conseguido derechos, o que tenemos la idea de que se pueden conseguir, asistimos a una reacción poderosa que, con ayuda de la tecnología, quiere revertir esta situación. Ante esto, los medios de comunicación debemos ser muy rigurosos a la hora de explicar las actitudes violentas, teniendo en cuenta el pesimismo que abunda en las sociedades del norte global, y eso lo aprovecha la reacción para paralizarnos. También hay que decir que, dentro de las sociedades prósperas, hay cada vez más bolsas de población que viven situaciones muy precarias.

Por un lado hay, está claro, manipulación. Pero, por otro, nunca ha habido tanta información y tan diversa a disposición de la gente…

Neurológicamente no estamos preparados para gestionar todo el caudal de información de situaciones muy diversas y complejas. Debemos aprender a manejar toda esta abundancia de información para poderla asimilar. Es cierto que nos encontramos en un ecosistema en el que la actualidad presenta los hechos como fenómenos naturales inconexos, que no nos permite profundizar en el contexto, las causas, los procesos. Son como episodios que pasan por encima nuestro y que, además, los olvidamos al día siguiente. No nos permiten entender que para ello existe el periodismo. La sensación de vernos desbordados y de pesimismo también está relacionada con la manera de producir información que tiene la actualidad.

Además de las limitaciones neurológicas, ¿no son quizás la ignorancia, la despersonalización, la regresión intelectual… factores que contribuyen decisivamente a confundirlo todo en el mundo de la información?

El canal en sí, que ahora es predominantemente el móvil, atrofia las capacidades cognitivas para filtrar, seleccionar, aquella información que merece nuestra atención. Hasta ahora, los medios de comunicación jerarquizaban las informaciones que merecían ser conocidas, establecían qué era lo que merecía la atención en nuestro tiempo. Lo que nos encontramos en el móvil es una corriente continua de inputs que supuestamente son todos igual de importantes, y no hay nadie jerarquizándolos. Aquí sí que hay un problema, porque, al final, hay disonancia cognitiva. Y hay, claro, mucho desconocimiento, incultura. Claro que el sistema educativo, en general, se ha mostrado muy ineficiente. Ha hecho que los conocimientos no se correspondan con el nivel de cultura que se podía tener. Pero también es verdad que durante la transición en España todavía había una tasa de analfabetismo muy alta. Se ha erradicado el analfabetismo funcional, pero no se ha elevado el nivel cultural. Es necesario establecer el conocimiento y la cultura como elementos aspiracionales. Se habla de la sociedad del conocimiento, pero también se desprecia el conocimiento. Además, hay que tener en cuenta las condiciones de vida de la población. No se pueden pedir imposibles cuando mucha gente tiene trabajos más precarios, jornadas laborales más largas… Y el ascensor social se ha detenido.

¿Dónde has tenido realmente la sensación de abismo, en el mundo? ¿Quizás en Gaza, donde más que una guerra se vive una operación de castigo?

Hay muchos abismos, igual de graves. Lo que pasa es que quien los ejecuta no es un aliado preferencial, que es la diferencia con la ocupación y el genocidio de Gaza. Israel no es un actor más. Ha sido posible como país gracias al apoyo institucional de EE.UU. y Europa, y a la impunidad de la que ha disfrutado desde su fundación. Por eso define nuestra era. Pero también hay abismos como la guerra de Sudán, que ha provocado la catástrofe humanitaria más grande y un hambre que avanza. Y eso en un momento en el que la producción de alimentos no es un problema político y eliminar el hambre es posible. Lo que pasa es que vivimos una regresión en términos éticos. Las víctimas de la hambruna son conscientes de que sus vidas valen menos que las de la comunidad internacional.

¿Qué se puede decir de las guerras latentes, silenciadas, híbridas…, como la que libran los colonos israelíes contra los palestinos en Cisjordania?

Para entender el genocidio de Gaza hay que entender cómo se ha desarrollado la ocupación. La deshumanización de la población palestina por parte de los colonos es un elemento. No existe ningún tipo de sentimiento de culpabilidad, porque durante décadas se les ha dicho que podían anexionarse las tierras, matar a sus habitantes, porque no son humanos. Ellos son el pueblo elegido y, por lo tanto, están cumpliendo el designio de Dios. Un mecanismo que tiene que ver con el de las sectas, en el que la capacidad de discernimiento se borra. Por eso será tan difícil acabar con la ocupación, el apartheid. Porque, al final, se trata de reconocer a los palestinos como seres humanos. El 87% de la opinión israelí está a favor de este genocidio.

¿Se puede hablar también de abismos cercanos, cotidianos, pegajosos, como el antifeminismo, la antiinmigración, el negacionismo climático…?

Tradicionalmente, se ha entendido como conflicto el modelo de la Segunda Guerra Mundial, pero hay muchísimos tipos más de conflictos por todo el planeta. Uno de ellos es el que la UE libra contra las personas migrantes. Si analizamos cuál ha sido la respuesta contra el movimiento de personas a partir de los años 80 por parte de Bruselas, se ve que ha sido en términos de defensa y militarismo. Esto se ha concretado en lo que se denomina la impermeabilización de las fronteras o la operativa del Frontex en las aguas internacionales. También en unas leyes de extranjería que se plasman en una serie de normativas que persiguen y convierten en un infierno la vida cotidiana de las personas migrantes. Esto entra en contradicción con los intereses empresariales, que necesitan una bolsa excedentaria de trabajadores y trabajadoras. Se trata de una guerra que tiene que ver con la operatividad del sistema capitalista. El negocio de la xenofobia se ha convertido en uno de los pilares de la UE. Además, ha alentado el crecimiento de la ultraderecha.

Todo esto no tiene una parte de fantasmático, de postureo… por parte de los que se definen ultras?

La política de la Unión en este terreno es una ficción, porque su objetivo era que no siguieran llegando migrantes, y no lo ha conseguido. Es una política equivocada desde que se aprobó, hace treinta años. Esto tiene que ver con performar que no se les necesita y no se les quiere. Después, las instituciones como el FMI, el Banco Mundial, la propia UE sacan sus informes diciendo que Europa necesitará tantos miles de inmigrantes…, en total contradicción con lo que proclaman sus políticas. Los ultras, la extrema derecha, también libran una guerra contra las mujeres por haber dejado de ser animales de compañía, como en tiempos de mi abuela, y ser sujetos de pleno derecho. Por ello, el feminismo, en términos de movimiento cívico, se ha convertido en caballo de Troya para la ultraderecha. Otra de las políticas de ficción. Pueden seguir alimentando el discurso del odio a las mujeres, a las personas migrantes, pero la sociedad, afortunadamente, es otra. Estamos en una sociedad mestiza en la que las mujeres ya ocupamos puestos en todos los ámbitos, y no permitiremos que nos arrebaten lo que hemos logrado.

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