Es sintomático que si la revista Forbes anuncia que el Barça es el tercer club de fútbol del mundo en valor económico, la prensa catalanolaportista de régimen lo destaca como un hito sin precedentes, presentándolo como un mérito exclusivo de su presidente, Joan Laporta, en el contexto de una recuperación financiera cierta e imposible sin su habilidad, talento y audacia en la gestión. La misma prensa minimizaba, ocultaba y menospreciaba ese mismo ranking de Forbes cuando el Barça ostentaba la primera posición durante dos años seguidos, por delante del Real Madrid, el Manchester United y el City, en tiempos de Josep Maria Bartomeu.
La misma reacción que el aparato mediático laportista ha exhibido, disimulando y mirando hacia otro lado, para ignorar un informe de The New York Times, poniendo seriamente en duda la capacidad de Laporta para liderar ese camino de vuelta a la sostenibilidad financiera y destacando, sobre todo, que la actual directiva ha parcheado torpemente el impacto de la pandemia a base de palancas fantasmas. Analizar las cuentas del Barça en los últimos años es, según Chris Weatherspoon, autor de un extenso artículo bajo el título de «El Contable», «como enfrentarse a la Hidra», invitando a crear una imagen mental de ese monstruo de la mitología griega con muchas cabezas al que, cada vez que le cortaban una, le crecían dos más.
Comparativa acertada y exacta del Barça de las palancas empleadas por Laporta para fichar en 2022 y que ahora, tres años después, además de no haber servido para recuperar suficiente fair play financiero para acudir al mercado con margen y normalidad (1:1 o en positivo como el Real Madrid), ya han generado más de 200 millones en pérdidas ocasionadas por el deterioro de las presuntas sociedades falsamente alimentadas por ingresos y negocio inexistentes.
El artículo del NY Times analiza en profundidad la evolución financiera del FC Barcelona en la última década, abordando la compleja maraña de decisiones económicas, deudas y maniobras contables de los últimos años, cuyo seguimiento hasta la era Laporta era comprensible en el contexto económico. A partir de que Laporta entra en escena, cada paso erróneo, improvisado y perversamente orientado a los intereses personales del presidente, a favor del esmaltado de su imagen, de la imposición de un relato mediático tan conveniente como irreal y de la prioridad de producir millonarias comisiones para sus amiguetes Darren Dein, Pini Zahavi y Jorge Mendes, ha generado una telaraña de trampas contables y de vaciado patrimonial que el Barça pagará de verdad (hipotecas y deuda millonaria) cuando Laporta ya no sea presidente y hasta el año 2052, como mínimo.
A partir de que Laporta comete la barbarie de aumentar artificial y absurdamente las pérdidas de la temporada 2020-21 hasta los 480 millones, la opción de «monetizar activos no deportivos» para recuperar el equilibrio patrimonial y mantener la competitividad -o sea, las palancas (Sixth Street por 667,5 millones por los derechos de TV de la Liga y la enajenación de participaciones en Barca Studios por 408 millones)-, el artículo del NY Times explica que solo se recibió una fracción del dinero comprometido, lo que llevó a posteriores ajustes contables negativos e incluso a la sustitución de auditores por discrepancias en la valoración de estos activos.
Sostiene que, aunque las palancas ofrecieron respiro inmediato, su coste a largo plazo es elevado: el Barcelona ha renunciado a cientos de millones en futuros derechos televisivos y ha visto erosionarse su estructura patrimonial. LaLiga y la UEFA han examinado y, en ocasiones, sancionado al club por el reconocimiento anticipado de ingresos y el uso de estas operaciones para cumplir con las normativas financieras. La UEFA, por ejemplo, multó al Barcelona por intentar contabilizar la venta inicial de derechos de TV como ingresos ordinarios y, tras nuevas infracciones, le impuso un acuerdo de liquidación y la amenaza de sanciones más graves si no cumple con los objetivos de ganancias.
En cuanto a la reforma del estadio, el ambicioso plan de remodelación del Camp Nou y sus alrededores (Espai Barça), que inicialmente iba a costar 600 millones de euros, ha visto multiplicado su presupuesto hasta los 1.500 millones. Los retrasos en las obras y la mudanza temporal al Estadi Olímpic Lluis Companys han supuesto pérdidas adicionales por ingresos de taquilla y han retrasado el retorno de la inversión prometida, que podría ascender a 250 millones anuales. Para financiar este megaproyecto, el club ha recurrido a préstamos sindicados, refinanciaciones y fondos de titulización, duplicando y luego triplicando su deuda: de 217 millones en 2018 a una cifra actual de 1.450 millones (y previsiblemente más alta cuando se consoliden todos los pasivos asociados al Espai Barça).
La gestión financiera ha estado marcada por un constante ajuste de cifras, cambio de auditores (de Grant Thornton a Crowe, pasando por una firma intermedia no revelada) y polémicas sobre la transparencia de la junta. Restar valores de activos como Barca Studios o asumir retrasos en el reconocimiento de pérdidas ha servido tanto para mejorar la imagen a corto plazo ante reguladores como para ocultar debilidades estructurales.
A pesar de que la temporada 2024-25 arrojó una pérdida reducida (8,4 millones), el club aún depende de ingresos extraordinarios, como la venta de licencias de asientos VIP por 100 millones (de los que solo 71,6 millones se reconocieron en el ejercicio). La ratio de salarios sobre ingresos ha descendido al 52%, el nivel más bajo en 12 años, y ha vuelto el beneficio operativo. Los ingresos comerciales, impulsados por acuerdos con Nike (108 millones anuales, subiendo a 120 en 2028) y Spotify (55 millones anuales), así como el crecimiento de la filial BLM (merchandising), han sido clave.
Sin embargo, la deuda sigue siendo enorme, los activos a corto plazo no compensan los pasivos inmediatos y la liquidez es limitada. El club aún debe importantes sumas por fichajes recientes (Raphinha, Olmo, Koundé, etc.) y su deuda neta por traspasos es la más alta de LaLiga. Las ventas de jugadores se han reducido en comparación con la época de Bartomeu y la plantilla actual, aunque valiosa por sus jóvenes canteranos, tiene un valor contable bajo que no refleja su potencial de mercado.
Naturalmente, destaca que si el Barça sigue a flote mínimamente es por el aporte de talento y de excelencia futbolística de la Masía, de la generación heredada de la etapa de Bartomeu (Lamine Yamal y compañía), aunque enfatiza que retener el talento joven implica aumentar de nuevo la masa salarial, como ilustra el nuevo contrato de Lamine Yamal, valorado hasta en 40 millones anuales.
El FC Barcelona sigue siendo un enigma financiero, concluye, pues aunque LaLiga le impone restricciones y control en el gasto deportivo, que son los únicos pasos hacia una estabilización -bastante quimérica por la erosión estructural causada por Laporta-, el club todavía se enfrenta a grandes retos: deudas colosales, presión regulatoria nacional e internacional, necesidad de ingresos extraordinarios y la urgencia de concluir el Espai Barça y reabrir el Camp Nou a pleno rendimiento. El legado de años de mala gestión y gasto sin control sigue pesando, y aunque la creatividad financiera ha permitido sortear el colapso inmediato y mantener la competitividad, el futuro depende de lograr un crecimiento sostenido de ingresos ordinarios y de una gestión más prudente.
El caso del Barça es un ejemplo paradigmático de cómo la grandeza deportiva puede verse amenazada por el desequilibrio económico, y de cómo la innovación financiera puede ser tanto una tabla de salvación como una fuente de riesgos a largo plazo. El club sigue siendo «más que un club», pero su supervivencia y éxito futuro dependerán de la capacidad de aprender de los errores recientes y de priorizar la sostenibilidad sobre la inmediatez.
Esta es la realidad aumentada objetiva que la prensa laportista y su poderoso entorno tratan de invisibilizar, como lo hace la presidencia en las asambleas, donde se tapan, ocultan y manipulan pérdidas millonarias, por ahora de 230 millones en el mandato, gracias a la gestión pésima de Laporta y a pesar de ingresos limpios, beneficios netos, de 1.000 millones.
Ni The New York Times, sin embargo, sabe dónde están.











