La Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) ha dado marcha atrás y recupera las marcas históricasTV3 y Catalunya Ràdio tras semanas de presión interna y polémica política. El proyecto de marca única —que pretendía unificar todos los contenidos bajo el paraguas de 3CatInfo— queda parcialmente desactivado.
La decisión se ha tomado tras un rechazo casi unánime de las redacciones y de una fuerte oposición en el Parlamento, donde varias formaciones acusaron al Govern de querer «desnacionalizar» los medios públicos. El equipo directivo había defendido que la nueva marca respondía a criterios digitales y de eficiencia, pero dentro de la casa se interpretó como una maniobra para diluir la identidad de los medios más reconocidos del país.
El comunicado interno que anuncia la rectificación permite que los periodistas vuelvan a firmar crónicas con el nombre de TV3 o Catalunya Ràdio y que los micrófonos recuperen los logotipos tradicionales. En paralelo, la marca 3CatInfo continuará existiendo como etiqueta de plataforma digital y canal 24 horas, pero sin sustituir los nombres históricos.
Ganan los trabajadores y los comités profesionales, que habían advertido de una pérdida de prestigio y de confusión entre la audiencia. También los partidos que ven en TV3 y Catalunya Ràdio «marcas de país», símbolos de una etapa que el nuevo Govern quería superar.
Pierden, en cambio, los defensores de la integración total, que ven como su proyecto se agrieta antes de aplicarse. El equipo directivo de la CCMA deberá replantear el modelo de «universo informativo único», y ello abre interrogantes sobre su continuidad.
Dentro de la casa, fuentes internas describen la situación como «una victoria moral de las redacciones», pero también como una «fisura de dirección». El debate ya no es solo de logotipos: refleja la lucha por el control del relato público y el peso que la política sigue teniendo sobre los medios de la Generalitat.
En plena etapa de redefinición bajo el gobierno de Salvador Illa, la CCMA se convierte otra vez en campo de batalla simbólico. El paso atrás muestra hasta qué punto el poder político puede hacer temblar la dirección de unos medios que, a pesar de querer proyectar modernidad, siguen atrapados entre la presión partidista y la necesidad de credibilidad ante sus propios profesionales y de la audiencia.

