Donald Trump ha afirmado varias veces en la cumbre de Xarm el-Xeikh en la que Estados Unidos, Egipto, Qatar y Turquía han firmado el acuerdo de alto del fuego en Gaza, que este acuerdo de paz era el que esperaba Oriente Próximo después de tres mil años de guerras. No sé dónde ubica Trump el inicio del conflicto perpetuo, si en la bíblica expulsión de los judíos de Egipto que cruzaron el Mar Rojo en sentido inverso al vuelo que ha hecho hoy Trump desde Israel donde ha sido aclamado en la península del Sinaí, al no haber datación fiable de este hecho que narra la Biblia y la Torá. Pero si Trump se refería a la expulsión de los judíos de Jerusalén que fueron desterrados a Babilonia, por órdenes de Nabucodonosor, este hecho histórico tuvo lugar en el año 597 antes de Cristo, o sea que Trump se equivoca en cuatro siglos.
Cumbre de menos de cuatro horas que ha tenido tres actos, a la que no han asistido ni firmado los que teóricamente acuerdan la paz, Israel y Hamás. Y en cuanto a la debilitada Autoridad Palestina, su presidente Mahmud Abbas, tras saludar a Trump acompañado de Macron, no ha asistido al acto de firma quedando vacía su butaca junto a la del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, junto con los mandatarios mundiales entre los que se encuentra Pedro Sánchez.
Trump, primero en su discurso en el Knesset, Parlamento de Isarel, y después en Xarm el-Xeikh se ha atribuido a él y sus colaboradores haber conseguido una paz que durará hasta la eternidad con un convencimiento similar al que tenía en 1940 Hitler cuando se presentaba como fundador del Reich de Mil años. Pero ha eludido detallar en que se basará este plan de paz que debe ser eterno y qué opción de futuro se dará a los palestinos más allá de que la comunidad internacional con el dinero de la ONU, Europa y los países islámicos financien una reconstrucción que Trump y sus asesores empresarios y mediadores, Steve Witkoff y Jared Kushner quieren ganar dinero o conseguir contraprestaciones con más negocios en Arabia Saudita, los Emiratos y Qatar.
Donald Trump, postulándose de nuevo para ganar de aquí un año el Nobel de la Paz, no ha sido el único protagonista. Lo ha sido también el presidente y dictador egipcio, Abdelfatah al-Sisi, que ha reforzado su imagen organizando la cumbre y ha recordado al menos dos veces a Trump que la opción con la que debe acabar este plan de paz es la autodeterminación del pueblo palestino convirtiéndose en un estado. Al Sisi tiene el mérito de haberse negado a facilitar la limpieza étnica que Netanyahu, Trump y Elon Musk querían hacer de la franja para crear una Riviera, al rechazar abrir la puerta al flujo de palestinos que hubieran huido de las bombas o el hambre. De hecho muchos palestinos consideran una victoria el fin de la guerra, porque Netanyahu y sus ministros racistas Ben Gvir y Bezalel Smotrich no han conseguido lo que pretendían, expulsar al máximo de palestinos posibles. Y efectivamente han muerto setenta mil y probablemente ahora marcharán muchos enfermos y heridos hacia hospitales del extranjero, pero no ha habido una nueva Nakba o desplazamiento masivo de población fuera de Gaza.
El general Al Sisi ha salido reforzado y se ha legitimado ante los árabes y musulmanes al reivindicar la creación de un estado palestino. Él no acabará como Anuar el Sadat que firmó en 1979 la paz con Israel a cambio de que se retirara de la península del Sinaí que ocupaba y de que Egipto reconociera a Israel, que fue asesinado poco después en un desfile militar por un grupo de soldados islamistas. La paz o acercarse al enemigo demasiadas veces se ha cobrado la vida de algunos que lo intentaron, como Abdulá I de Jordania, bisabuelo del actual rey, asesinado en la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén en 1951, o como le pasó, en el lado contrario, al primer ministro israelí Yitshaq Rabbín asesinado por Yigal Amir, un judío ultranacionalista. Rabbin apoyaba el proceso de paz de Oslo que debía desembocar en la creación de un estado palestino. De hecho los herederos políticos del asesino de Rabbin, como Ben Gvir o Smotrich ostentan hoy carteras clave en el gobierno de Netanyahu. Pero por más que Al Sisi haya pedido la creación de un estado palestino, esta opción no sólo no está en la agenda de Trump y de Netanyahu, sino que sería difícil formalizarlo con 700.000 colonos en Jerusalén Este, Cisjordania y los nuevos asentamientos que pretende hacer ahora Israel en el norte de Belén, incomunicando el norte y sur de Cisjordania.
Sin saber qué se piensa ofrecer a los gazatíes ni si se aprobarán nuevas colonias y asentamientos, la paz resultará imposible si los colonos con el apoyo del ejército continúan asaltando, quemando casas y apropiándose tierras de palestinos en Cisjordania. Acciones que ya han provocado estos dos años mil muertos de civiles desarmados que han quedado impunes. Y evidentemente sin un retorno de la legitimidad a la Autoridad Palestina, si puede ser con líderes como el todavía encarcelado Marwan Barghuti, los palestinos no recuperarán la esperanza. Porque como decía en La Vanguardia días antes del 7 de octubre de 2023 el ex jefe del Shim Bet, los servicios secretos de Israel, el general Ami Ayalon, en Israel no habrá paz hasta que los palestinos tengan esperanza.
Hay un elemento positivo de este extraño acuerdo de paz y de la delirante escenificación que se ha hecho y le han hecho hoy a Donald Trump. Como ha dicho en la comparecencia final el primer ministro pakistaní, cuando Trump le ha pedido que cogiera la palabra, el gobierno de Pakistán ha vuelto a proponer a Trump para el Nobel de la paz. Por eso debemos confiar en que al menos durante los próximos doce meses Trump, para ganárselo, debe hacer que la paz se mantenga y el proceso avance, más allá del trabajo de las excavadoras, hormigoneras y los camiones con comida que entrarán en Gaza. Porque si Netanyahu, Ben Gvir y Smotrich continúan animando o tolerando que los colonos maten palestinos en Cisjordania y les quemen las casas y las tierras, la violencia continuará.
Pienso que ciertamente el alto el fuego y el fin de la guerra ha llegado ahora a Gaza por el enfado de Trump con Netanyahu que bombardeó Doha, la capital de Qatar, poniendo en peligro los negocios de su yerno Jared Kushner, del mediador y promotor inmobiliario Steve Witkoff, y de él mismo a quien Qatar dijo que le regalaba el nuevo Air Force One. Pero Netanyahu sin la armadura de la guerra y los tribunales acosándolo por los diversos casos de corrupción y con unos colonos ultrarreligiosos representados por Smotrich y Ben Gvir, harán todo lo posible para reventar la paz, ya que para ellos la guerra constante, o sea eterna, es el camino con que aspiran construir el Gran Israel bíblico mientras esperan el regreso del Mesías.







