La vida resulta difícil, se escapa de la comprensión y remodela todos los horizontes que un día quisimos alcanzar. El advenimiento de la tragedia recorre el camino emprendido, recordándonos la fina línea que nos separa de la miseria. Desempleo, sobreexplotación, se presentan como temores al alcance de nuestra mano, males que afectan a miles de personas. Sin embargo, imagínense que fuese a más, recibir avisos de un día para otro que exigen tu evacuación inmediata de lo que un día llamaste hogar; contemplar la muerte instantánea de tus allegados, presenciar un fundido en negro cegador únicamente acallado por el rugido de unas tripas desprovistas de alimento alguno. Todo eso y más, es hoy la Franja de Gaza bajo la ocupación israelita. El recuerdo de una humanidad deshumanizada.
La tragedia de Palestina es la constatación de la Realpolitik, la victoria de los consejos de dirección ante un pueblo que se dirige al ocaso. Es la demostración de una geopolítica ausente de ética que durante tiempo quiso sacar pecho a raíz de la guerra de Ucrania. Lo que en aquélla fueron rápidas penalizaciones y vetos a Rusia, hoy son cómplices silencios. Resulta paradójico que un enfrentamiento entre dos ejércitos reciba mayor condena que la masacre perpetuada por tropas especializadas ante una población civil indefensa. Quizás, solo quizás, simplemente importase el quién y no el qué.
En paralelo, los expertos estiman unas cifras de 680.000 muertos gazatíes desde el inicio del conflicto, de los cuáles, se calcula que la mitad podrían pertenecer a menores de cinco años. Unos números que hacen palidecer las falsas dicotomías de dos bandos enfrentados, víctimas del rugir fervoroso nacionalista. No se trata de un combate de igual a igual, tampoco de un David contra Goliat, Hamás es hoy el “casus belli” que el sionismo necesitaba para cumplir sus deseos más inconfesables.
Ante las falsas clarividencias de quiénes apuntan a la devolución de los rehenes como el fin de las hostilidades, yace un ambicioso proyecto inmobiliario que dotaría a los capitales israelíes y estadounidenses de enormes ingresos económicos. Puede que exista la remota posibilidad de que la destrucción de la Franja de Gaza se ciña al deseo de Theodor Herlz de un estado judío que abarque “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, como dictaba Jehová a Abraham en el Génesis (15:18), no obstante, de lo que no cabe duda es del deseo de establecer una “Riviera de Oriente Medio” tal y como ha manifestado recientemente Donald Trump. El sionismo de hoy es precisamente eso, devoción al dinero encubierta de victimismo y religiosidad intransigente.
Lo que un día fue un territorio repleto de personas con miles de proyecciones de cara al futuro, será pasto de la turbo especulación urbana previa fase de devastación, el drama mercantilizado que hace crecer el pletórico mercado capitalista. Mientras, Israel mantiene su continuidad en lucrativos eventos deportivos y del entretenimiento en general, solamente opacados por la voz de una valerosa parte de la población que sigue preservando la empatía que hizo evolucionar a nuestra especie. Resulta encomiable el ímpetu de estas protestas, encontramos en ellas el coraje del que carece una clase política rendida a la magnitud de los sucesos, cuya única idea de cooperación pasa por el envío de figuras del espectáculo errantes a través del Mediterráneo. Por no hablar de la derecha, más concretamente de la española, después de la resaca de la beatificación de Charlie Kirk, surgen las voces que sitúan a Israel como último bastión de Occidente en Oriente Próximo. Amor por el sionismo de los que enarbolan su admiración por los Reyes Católicos, un auténtico galimatías solo comprensible en la sociedad del espectáculo del siglo XXI.
El drama de los que han perdido todo se muestra en las miles de imágenes que circulan en periódicos, televisores y redes sociales, trágicas instantáneas que salpican el imaginario colectivo y alumbran de esperanza nuestros corazones. Un renovado optimismo surgido no por la esperanza de una rápida resolución a la masacre palestina, sino por la constatación de que nuestra existencia podría ser peor de lo que creemos. Ignoramos la oleada migratoria masiva que generará tanta violencia israelí en tierra árabe, muy pronto la burbuja estallará ante la llegada de los que huyen desconsoladamente de la muerte y ése será el precio que pagar por años desoyendo las lágrimas de un pueblo harto de tanto dolor.
