A propósito de la cumbre en China de la Organización de Cooperación de Shanghái, el anfitrión ha exhibido su capacidad de alianzas geopolíticas que podrían afectar directamente el orden actual, derivada de una etapa marcada por la incertidumbre y las contradicciones que está generando la política de Trump. En el marco de guerras abiertas en Europa y Oriente Medio, crisis climática, tensiones comerciales, migraciones desbordadas y una polarización política que erosiona las democracias, lo que más reclaman gobiernos y sociedades es una palabra tan simple como ambigua: orden.
Si bien personajes como Donald Trump aparentemente se presentan como referentes de autoridad, fuerza y capacidad de imponer reglas claras donde parece que reina el caos, los resultados van exactamente en el camino opuesto. Lo que se observa es una política errática, diseñada a golpe de ocurrencia y de pulsión personal, que raya más con un personalismo acentuado que con decisiones meditadas. Sus primeros cuatro años en la Casa Blanca dejaron clara la contradicción ya que mientras decía ser el gran garante del orden, su gestión internacional fue puro desorden, marcada por desplantes a sus aliados, rupturas con organismos multilaterales y un estilo que confundía la política con el espectáculo. Basta recordar sus cumbres con los líderes europeos en las que una Europa humillada solo debía escuchar.
Está claro que hay un vacío de liderazgo institucional internacional y China, con muy poco ruido y, con una estrategia paciente, casi burocrática, que no necesita aspavientos va ocupando. Su propuesta no es más justa ni más igualitaria porque nadie cree que Pekín establezca relaciones simétricas. Pero se cuida de dar la apariencia de “trato de tú a tú”, y ese gesto, en un mundo cansado de la arrogancia occidental, resulta seductor. La influencia china alcanza ya a casi la mitad de la población mundial ya que una parte nada menor de África, ausente de los grandes foros occidentales, hace tiempo que entró en la órbita de Pekín, atraída por infraestructuras, créditos blandos y promesas de desarrollo. A más, cierra la cumbre con un desfile militar, con una escenificación con los “archienemigos” actuales de occidente, y una advertencia respecto a los riesgos de guerra si no se construye la paz, seguramente con los criterios de Xi, al día de hoy desconocidos.
Aquí reside una diferencia clave. Mientras Trump concentra su energía en humillar a sus aliados europeos o en usar la política exterior como teatro de consumo interno, Xi Jinping puede permitirse aparecer como un líder que pondrá orden. No porque sea un garante de paz —no sabemos si lo pretende—, sino porque sus redes de influencia y dependencia económica le otorgan un poder que ni Washington ni Bruselas parecen dispuestos a ejercer. Y China tiene claro que su política es la de import – export: tecnología e infraestructuras por alimentos y otros productos que no puede o no le interesa producir internamente.
Occidente, atrapado en su propio relato, paga ahora las facturas de una soberbia acumulada durante siglos. Frente a ello, China ofrece el relato de un imperio que no sermonea sobre democracia ni derechos humanos, sino que habla de comercio, infraestructuras y “cooperación”. Que esas promesas generen dependencia o endeudamiento es otra historia, pero aparenta respeto.
La paradoja es que, frente al caos, el mundo busca orden, y lo encuentra más en Pekín que en Washington. Porque lo que Trump ofrece no es orden, sino un juego personalista que confunde hegemonía con espectáculo, autoridad con humillación, defensa de los intereses americanos con vaivenes geopolíticos.
La pregunta que queda abierta es qué hará Occidente. Europa sigue dividida, atrapada entre el seguidismo hacia Estados Unidos y el miedo a reconocer que ya no ocupa el centro del tablero, y amenazada por fuerzas internas iliberales que cuestionan la propia unidad. Estados Unidos, por su parte, oscila entre el aislacionismo trumpista y el intento de mantener a la fuerza su liderazgo. Y mientras tanto, China expande silenciosamente su influencia, suma socios, consolida rutas comerciales y ofrece la ilusión de estabilidad.
Al final, Occidente podría pagar caro su soberbia. Pagará por haber creído que la supremacía era eterna, por no haber rectificado a tiempo, por no haber entendido que el mundo buscaba interlocutores más horizontales. El orden que venga —porque vendrá— puede que no sea democrático ni justo. Pero si el caos se convierte en insoportable, muchos aceptarán el orden que imponga Pekín antes que el espectáculo desconcertante y lleno de incertidumbres de Trump. Europa no puede quedarse de brazos cruzados, necesita redefinir su papel y posición y actuar como lo que es y representa. Y, si no endereza su rumbo, puede que sea tarde para lamentarse.
