Leo que Brigitte Macron y su marido Emmanuel, hoy presidente de la República Francesa, presentarán pruebas científicas para demostrar que ella es una mujer. Insólito. Lo hacen para desmentir la insidia de la influencer de extrema derecha de los Estados Unidos, Candace Owens, después de que esta difundiera una y otra vez que Brigitte nació hombre. Relata la creadora de contenidos, sin aportar prueba alguna, que la primera dama francesa es en realidad Jean-Michel Trogneux, el hermano de Brigitte. Según la descabellada teoría, ella habría muerto muy joven y su hermano se habría cambiado de sexo asumiendo su identidad. La invención ha alterado la vida en el palacio del Elíseo, hasta el extremo de que el matrimonio Macron haya denunciado ante un tribunal de EE.UU. Owens, que sorprendentemente les obliga a demostrar que ella es una mujer, cosa que la pareja está dispuesta a hacer, aportando fotografías de Brigitte embarazada, entre otras pruebas. No deja de ser kafkiano que tenga que ser Brigitte quien demuestre que es mujer, y no la influencer, que es quien abre el relato, afirmando que es un hombre. Desconcertante. ¿En qué mundo vivimos?
Salvando distancias y temáticas, el despropósito me recuerda el caso del expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, que en su día —cuando era presidente— se vio obligado a demostrar que, muy al contrario de lo que defendía el magnate Donald Trump —ahora presidente—, había nacido en Estados Unidos y no fuera, mostrando su certificado de nacimiento, que acredita que nació en Hawaii y que, por tanto, fue legítimamente presidente de los Estados Unidos no lo puede ser quien —no ha nacido en el país—.
¿Por qué debe ser Brigitte quien demuestre que es mujer —u Obama que es estadounidense— y no Owens —o Trump— lo contrario? La lógica debería ser inversa: quien acusa debería presentar pruebas sólidas, y no quien es víctima de la calumnia verse forzado a justificar la evidencia de su existencia. Este mecanismo de vuelco, tan propio del populismo, convierte a la víctima en sospechosa y al agresor en portador de una supuesta verdad alternativa. Es la victoria del ruido sobre la razón.
Nos encontramos ante un fenómeno que ya no es marginal y que erosiona la confianza colectiva en los hechos. Y cuando los hechos son cuestionados, la democracia queda desarmada. ¿Cómo se puede deliberar sobre políticas públicas, sobre decisiones de gobierno, si ya no hay acuerdo en lo más básico, en lo constatable y medible? La paradoja es que Owens, Trump y tantos otros no deben asumir ninguna responsabilidad por las falsedades que esparcen. La carga de la prueba recae sobre los demás, que pelean por desmentir lo que no debería ni ser escuchado. El resultado es perverso: los que mienten imponen el marco del debate y los que dicen la verdad son arrastrados a un terreno donde siempre salen perdiendo.
Por eso el caso de Brigitte —como el de Obama antes— es más que una anécdota grotesca. Es un aviso sobre la fragilidad del espacio público ante la desinformación organizada. No se trata solo de un ataque personal, sino de un mecanismo para desgastar instituciones, para erosionar la credibilidad de los líderes y, en última instancia, para hacernos dudar de todo. Y si dudamos de todo, todo vale. Quizás la pregunta de fondo no es por qué Brigitte debe demostrar que es mujer, sino por qué nosotros, como sociedad, toleramos que la mentira tenga el mismo rango que la verdad. Lo que hay en juego no es la identidad de una primera dama, sino la salud democrática de un mundo que parece dispuesto a dejarse gobernar por las sombras.
