Mientras el lenguaje continúe marcando la pauta, mientras podamos seguir hablando los unos con los otros, hay esperanza para la civilidad (George Steiner)

¡Libertad, amnistía, estatuto de autonomía! Ese fue el grito que llevó a miles de jóvenes a las calles al final de la dictadura franquista. Era el inicio de su militancia política, y el Partido Comunista, junto con las diversas izquierdas -no había otros referentes políticos-, se convirtieron en el eje vertebrador de aquellas manifestaciones y del espíritu de reconciliación y democracia que comenzaba a abrirse camino.
Unos años después, el PCE pasaba de los cien mil militantes, que había llegado a tener a apenas diez mil. Aquella generación de jóvenes que vivieron la Transición había llegado a su final político. Ahora tocaba pensar en el futuro personal y el país iba en la misma dirección. Para algunos fue un tiempo de desencanto; para otros, una vuelta a la normalidad.
Simultáneamente, la sociedad española iniciaba una etapa de cambios extraordinarios. Pasamos de medio millón de universitarios a más de un millón y medio, de siete millones de coches a catorce millones, de mil trescientos kilómetros de autovía a diez mil. España ingresaba en la Unión Europea, y las Olimpiadas del 92, junto con la Expo de Sevilla serían el corolario de un país que cada vez se parecía menos a su pasado.
La sexualidad, el ocio, la nueva cocina… se convirtieron en los nuevos valores, que el cineasta Pedro Almodóvar supo reflejar con agudeza. Valores marcados por el fin de las ideologías, el negocio por encima de todo, la lucha por el poder y la búsqueda de nuevos consumidores. Otros valores, como la función social del periodismo o el dialogo democrático, serían conceptos trasnochados de los progres, dirían algunos.
El cambio en el mapa informativo español fue mayúsculo: una verdadera mutación del sistema comunicativo en un mercado en plena expansión liberalizadora. Las disputas por el control de los medios fueron de órdago. Las alianzas políticas entre banqueros, políticos y periodistas estaban a la orden del día. Figuras como Silvio Berlusconi, J. María Aznar, J. Pujol, Mario Conde, Javier de la Rosa, Ruiz Mateos, Luis María Anson, Pedro J. Ramirez y tantos otros, son ejemplos de ello. “Y es que, controlando un banco y un grupo multimedia, no habría gobierno que se les resistiese” decían.
En este contexto, el campo quedaría libre para los lobos y las hienas. Llegaron los superhéroes mediáticos, los periodistas estrellas, con contratos millonarios, que se convertirán en los grandes protagonistas de nuestra democracia y en hacedores de la política. No tardó en ponerse en marcha una oficina justiciera: un periodismo de escándalos y venganzas, donde se gastaban verdaderas fortunas en la compra de información.
Se impuso el periodismo de queroseno, como diría el exdirector del The Washington Post, Ben Bradlee: la semántica denigratoria, insulto, linchamiento, demonización y satanización del rival ideológico. La primera víctima fue el gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, quien pedía a gritos que “lo dejaran morir en paz”, tras sufrir una entrevista que se asemejaba más a un interrogatorio inquisitorial.
Como decía Vargas Llosa, las ideas, las palabras no son irresponsables y gratuitas. Generan acciones, modelan conductas y mueven, desde lejos, los brazos ejecutantes de los cataclismos. El general Alfonso Armada contaba en su retiro, en una aldea de Galicia, cómo “la lectura de periódicos como El Imparcial o El Alcázar le producían un estado de ansiedad y crispación enorme”. Todo ello nos lleva a preguntarnos qué tipo de ciudadano estaban construyendo los nuevos medios.
Las nuevas narrativas de consumo, que crean adicción y viven de tensionar al máximo, de buscar culpables y de fomentar antagonismos irreconciliables, se hicieron hegemónicas desde los noventa. Y ahora, en la era de Internet, de las emociones y de la sobreinformación, su poder es omnipresente. El resultado: un periodismo derivado hacia el sensacionalismo y las prácticas autoritarias. Ese es el discurso político que se impone en España. En Madrid fueron los Pedro. J. y compañía la avanzadilla de ese relato; en Barcelona los David Madi, V.Partal y adláteres. Se trataba de ganar por encima de todo. Se perdieron las formas, la cordialidad y el respeto.
“Todo lo que es podría ser de otra manera” decía el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein. Y es que los sistemas democráticos no pueden sobrevivir sin el respeto mutuo entre los adversarios, la tolerancia y la educación: valores sobre los que se asienta el edificio de la convivencia. El consenso y el dialogo, claves de la cultura democrática de la Transición, se destruyeron por completo. ¡Volvíamos a las andadas! ¡Y en esa estamos!






