Hoja de ruta para el nuevo curso político

Bluesky

¿Hacia dónde va la humanidad? El multimillonario Elon Musk, que considera que la Tierra será inhabitable dentro de unos años, nos quiere enviar a Marte. Parece mentira que demos algún tipo de credibilidad a este peligroso chalado, por mucho dinero que tenga. Nuestra obligación -a la cual tenemos que dedicar toda la inteligencia y los esfuerzos- es convertir el Mundo en un jardín, como cantaba Georges Moustaki, donde reinen la paz y la armonía entre las personas y los pueblos.

En este sentido, las Naciones Unidas -que celebran su 80ª Asamblea General este mes de septiembre- son la gran y la única esperanza que tenemos para construir este planeta posible y mejor que todos anhelamos desde el fondo del corazón y de los tiempos.

Hoy, la escena internacional está, desgraciadamente, condicionada por tres asesinos, con sed de sangre y de rapiña: Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu. Estos tres jinetes del Apocalipsis intentan romper el curso de la historia y hundirnos en una era oscura, dominada por las armas, la violencia y el autoritarismo.

Vladímir Putin quiere conquistar Ucrania; Benjamin Netanyahu quiere arrebatar Gaza y Cisjordania a los palestinos y Donald Trump quiere convertirse en el amo del mundo y de sus recursos naturales. Lo hacen sin ni un atisbo de sensibilidad humana por todo el inmenso dolor que provocan sus enfermizos delirios expansionistas.

Hay que combatir a estos tres psicópatas enemigos de la humanidad, hasta desposeerlos de su soberbia y de su poder. En este nuevo curso que empieza, la disyuntiva es clara: o ellos o nosotros. En el mundo hay 193 países y la inmensa mayoría estamos en contra de estos monstruos y de sus cómplices, que nos quieren tiranizar, esclavizar y aplastar. ¡Plantemos cara y confrontémoslos!

¿Hacia dónde va Europa? El proyecto de construcción y vertebración comunitaria está en una delicada encrucijada. La debilidad y la desunión de los principales líderes europeos han hecho que el Viejo Continente se haya convertido en un sándwich, emparedado entre las ambiciones criminales de Donald Trump y de Vladímir Putin. El presidente norteamericano nos quiere sangrar por partida doble -aranceles y rearme de la OTAN- y el presidente de Rusia amenaza con atacarnos si continuamos apoyando a Ucrania.

Los valores socialdemócratas, democristianos, liberales y ecologistas, que son los cimientos de la Unión Europea y del modelo de Estado de Bienestar que tenemos, están siendo carcomidos por una “quinta columna” fascista, que conecta directamente con la ideología y los intereses espurios de la Casa Blanca, el Kremlin y Tel Aviv. Gobernantes europeos, como Viktor Orbán o Giorgia Meloni, operan en esta órbita.

La excusa es la emigración que ha llegado durante los últimos años al Viejo Continente, procedente de países pobres o en guerra. La crisis demográfica y de envejecimiento de la población que sufrimos las sociedades europeas hace necesaria la incorporación de migrantes para rejuvenecer la pirámide generacional y cubrir la demanda laboral de las empresas.

El problema de la mezcla y la integración es siempre pesado y lento, como pasa históricamente con todas las migraciones, pero tenemos que encarar y ganar este reto. Es cuestión de dos o tres generaciones para conseguirlo y, en esta tarea, la educación pública y obligatoria tiene una función capital.

Los brotes fascistas y xenófobos que proliferan en varios países europeos, impulsados por el descontrol de las redes sociales (en especial, X y Telegram), tienen que ser bloqueados y erradicados sin contemplaciones con las armas de la política, la policía, la justicia y los medios de comunicación. Con la democracia y la libertad no se juega.

La Unión Europea necesita ser más fuerte, más autónoma y más valiente. Ya hemos constatado, con consternación, que Donald Trump y Vladímir Putin son unos embusteros compulsivos y que hay que evitar establecer relaciones y vínculos con ellos, más allá de los estrictamente diplomáticos.

El mundo es muy grande y diverso. La Unión Europea -prescindiendo de los Estados Unidos, de Rusia y de Israel- tiene la oportunidad de estrechar sus relaciones políticas y comerciales con el Reino Unido, Latinoamérica (en especial, Brasil y México), Canadá, China, India, Australia, los países musulmanes, África… en beneficio mutuo.

El modelo de libertad, democracia y bienestar social que hemos logrado en Europa es admirado en todo el planeta. Tenemos que reivindicar y sentirnos orgullosos de estos adelantos, conquistados durante décadas y siglos de combate político y sindical. Hay países que anhelan formar parte de la Unión Europea (Ucrania, Albania, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Macedonia, Moldavia, Montenegro, Islandia…): ¡facilitemos su adhesión y ampliemos la zona de implantación del euro!

El gran problema de Europa es nuestra dependencia de los hidrocarburos y del gas. No tenemos y debemos proveernos en países terceros. Por eso, es prioritario conseguir la soberanía energética del Viejo Continente y, entre otras medidas, hacer una transición intensiva hacia la movilidad eléctrica.

Las instituciones europeas están a medio hacer. Hay que convertir el actual puzle de 27 países interdependientes en unos verdaderos Estados Unidos de Europa, con unos poderes legislativo, ejecutivo, fiscal, judicial y militar con plena jurisdicción competencial sobre los 450 millones de habitantes.

En este sentido, Ucrania es nuestra piedra angular. Hay que ejercer toda la presión necesaria para conseguir que Vladímir Putin deje de matar y respete las fronteras que han dejado estos tres años de guerra absurda y sanguinaria. La Unión Europea se tiene que involucrar a fondo en la defensa y la reconstrucción de este país y acelerar su integración.

¿Hacia dónde va España? La DANA de Valencia y los incendios forestales de este verano han puesto trágicamente de manifiesto la incapacidad del bloque PP-Vox para gobernar. Por eso, el único liderazgo viable es el del presidente Pedro Sánchez, siempre que continúe contando con el apoyo de los partidos que lo invistieron.

Hay un objetivo irrenunciable: la presentación y aprobación de los Presupuestos para el año 2026. Si Pedro Sánchez no lo consigue, entonces la lógica democrática obliga a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de elecciones anticipadas.

La pelota está en el tejado de dos formaciones políticas: Junts x Catalunya y Podemos, que son las más reticentes, de entrada, a aprobar las cuentas. Sobre los hombros de Carles Puigdemont y de Ione Belarra recae la responsabilidad histórica de dar oxígeno a Pedro Sánchez o de acelerar la llegada de Alberto Núñez Feijóo, con el apoyo de Vox, a la Moncloa. Sus votantes no entenderían la segunda opción.

Pero sobre la vida política española plana una variable incontrolada: la tirria y el odio manifiesto de un sector -minoritario, pero muy poderoso- de las fuerzas policiales y de la judicatura contra Pedro Sánchez. Después del estallido de los casos Álvaro García Ortiz, Koldo García, José Luis Ábalos, Begoña Gómez y David Sánchez, ¿qué otros “conejos” guardan en la chistera el “Deep State” y los supuestos “guardianes de las esencias patrias” para derrocar a este Gobierno? ¿Conseguirán forzar la dimisión de Pedro Sánchez?

Hay un denominador común que une al PSOE y a las fuerzas políticas del bloque de investidura: la transformación de España en un verdadero Estado federal, que incluye la conversión del Senado en una Cámara de representación territorial. Los desastres climatológicos obligan a replantear el funcionamiento del Estado y el impulso del presidente Salvador Illa para ordenar el sistema de financiación autonómica dinamiza este debate imprescindible.

¿Tendrán inteligencia y responsabilidad política los grupos que confirmaron a Pedro Sánchez como presidente del Gobierno para aparcar sus arrebatos particularistas y hacer de esta legislatura la culminación de la transición democrática, comenzada hace 50 años con la muerte del dictador Francisco Franco? Esta es la cuestión que les interpela.

¿Hacia dónde va Cataluña? Salvador Illa conduce con mano firme y prudente la Generalitat. En solo un año, ha devuelto el prestigio y la solvencia a nuestra institución de autogobierno, a pesar de que el PSC está en minoría en el Parlament. Los grandes y los pequeños problemas de la sociedad catalana han sido diagnosticados y abordados por el potente equipo de mando que le rodea.

El Gobierno de Cataluña transmite hoy una imagen de seriedad y de profesionalidad. Los buenos datos de la economía catalana ratifican que el camino emprendido es el correcto. Es obvio que hay grandes retos (integración de la inmigración, falta de vivienda asequible, bajo nivel de la educación, disfunciones en el sistema sanitario, mal funcionamiento de Cercanías…), pero ya se han activado las estrategias y los mecanismos para solucionarlos.

Ahora, es importante mantener el ritmo y los compromisos adquiridos, en permanente diálogo con los representantes empresariales y sociales. Pero, para eso, hay que aprobar los Presupuestos de la Generalitat para el año próximo, que no dudo que el presidente Illa conseguirá llevar a buen puerto.

¿El independentismo tiene futuro político? No, ha quemado su credibilidad pública. ¿La lengua catalana está en peligro? No, pero hay que impulsar, de manera empática, su conocimiento entre los recién llegados.

Cataluña tiene dos grandes asignaturas pendientes: su organización interna y su proyección exterior. Con 947 municipios, 42 comarcas y el Arán, ocho ámbitos funcionales territoriales, más cuatro diputaciones provinciales y el Área Metropolitana de Barcelona es un laberinto administrativo y competencial que hay que racionalizar con criterios del siglo XXI.

El presidente Salvador Illa, recogiendo la antorcha encendida por Pasqual Maragall, tiene que apostar fuerte por la dimensión eurorregional de Cataluña. El hecho que el PP gobierne en Aragón, las Baleares y la Comunidad Valenciana no ayuda, pero hay que perseverar en la estrategia de diálogo, entendimiento y colaboración con los vecinos. La región de Occitania, que preside la socialista Carole Delga, es receptiva a “romper” la barrera de los Pirineos y hay que aprovechar esta sintonía para intensificar la cooperación transfronteriza.

Como bastión del Mediterráneo, Cataluña tiene también una misión histórica en clave de futuro: promover la integración de Portugal -fachada atlántica- en el proyecto de valorización y revitalización de Iberia, como “hub” privilegiado donde convergen cuatro continentes. Los justificados recelos portugueses hacia la dinámica centrípeta de Madrid tienen que ser contrapuestos con los enormes beneficios que implica una alianza inteligente entre el Atlántico (Portugal) y el Mediterráneo (Cataluña), que daría equilibrio a la península.

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