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Tiempo de autocrítica (1)

José Ramón Martínez

Ànima de reporter, formar a l'escola catalana d'El País, a les muntanyes de Montserrat i a les Rambles. DNI: Almería. Identitat: President de l'Asociación de Amigos de Cataluña
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La gente quiere vivir bien, ya no quiere morir: quiere divertirse… Antes la política nos trajo soñar y eso nos trajo el desastreGilles Lipovetsky

La cita del filósofo francés conecta directamente con las sociedades actuales, más complejas que nunca, instaladas en el hiperconsumo y el entretenimiento. Y cómo no, también en un universo digital que parece hecho para los agoreros del miedo, los intolerantes y fanáticos que pueblan las redes y los medios. El gobierno de Twitter -ahora X- como dirían algunos. La realidad es que se ha construido un clima de pesimismo y de desesperanza, en este mundo globalizado en el que vivimos.

Pues bien, es la generación crecida entre pantallas la que ha tomado el poder en estos últimos quince años. Y, sobre todo, la que ha dominado y hegemonizado el relato político: unos con la bandera de la libertad y otros con los de una sociedad más justa. El caso es que se va a poner en marcha un dispositivo narrativo de captación de las atenciones. Una historia de héroes y villanos, de intrigas, de golpes de efecto. Era la nueva comunicación política que se mueve en el universo virtual donde todo parece posible y nada tiene consecuencias. El resultado, para decepción de todos, ha sido lo contrario de lo que se pretendía. Y es que se ha construido un discurso político con tintes autoritarios, alejado de lo que debería ser un debate civilizado y democrático.

Ante eso, hoy más que nunca, se hace necesaria  una lectura crítica de la política española de las últimas décadas. Y empezaremos por Catalunya, espejo en el que tantos nos hemos visto reflejados. Se podría decir que ha sido el laboratorio político que ha hegemonizado portadas, artículos, libros, documentales, al mismo tiempo que movilizaba a miles de personas.

Como diría el cronista barcelonés recientemente fallecido, Arturo San Agustín: “¿Cuándo se jodió lo nuestro?”. Desde luego, el discurso de Jordi Pujol con aquella frase memorable -“A partir de ahora, de ética y moral hablaremos nosotros. No ellos”-, marcó el inicio de una cosmovisión política, origen de muchos de los males del presente. Volvía el “nosotros y el ellos” más propio del guerracivilismo de épocas pasadas.

Sin embargo, lo peor fue la criminalización de la disidencia, con miles de personas en la calles gritando “Mateu-lo, mateu-lo”, al líder de la oposición Raimon Obiols. Cualquiera iba a osar ya levantar la voz. A partir de ahí, se perdieron la formas y las maneras. Fue casi imposible construir una alternativa y el nacionalismo catalán gobernó casi cuarenta años.

Luego llegó la nueva izquierda. Ya no se trataba de la división radical entre derechas e izquierdas que nos había llevado a la confrontación directa, sino de otro lenguaje, de un nuevo estilo de hacer política. “Cuando nos insulten, sonreíd”, decía Pablo Iglesias, con su aspecto hippie, contestario y rebelde. Un soplo de aire fresco y de ilusión que conquistó a millones de personas. Pero ese espíritu inicial, que representaba el universo femenino de ayuda y colaboración trasladado a la política, muy pronto se vendría abajo cuando se entró en la batalla por el poder, y los cainismos y los egos se hicieron dominantes.

Hay dos libros recientes que reflejan muy bien esta época de la política catalana: Pujol i Jo y Los años irrecuperables. Se puede decir que en Catalunya ha empezado una época de autocrítica, sin elevar la voz, que a todos nos compromete. Sin duda, la llegada de Salvador Illa representa ese cambio. Su discurso de Vuelve Catalunya es lo mejor que hemos leído en la política catalana y española en muchos años, por su sensibilidad democrática. Un cambio significativo, revolucionario, comparado con el discurso político anterior.

En este nuevo tiempo político que parece nacer, lo mejor para la democracia sería que Catalunya se alejara de ese discurso de fobia a todo lo español -que alcanza a veces límites paranoicos- y también de esa política más cercana a los lobbies, que tanto malestar produce. Un modelo, éste, que ha terminado por imponerse en la política española y que solo busca sacar tajada, réditos electorales y poder. Lo peor es que todo ello se ha normalizado con naturalidad e incubado en el inconsciente de miles de personas.

Quizás sea ya el momento de un nuevo software para la Catalunya del siglo XXI, una nueva cultura política, una nueva ciudadanía.  Se puede y se debe hablar de todo, incluida la independencia, pero hagámoslo con otro talante. Y qué mejor que transitar hacia ese universo afectivo que representa la amistad, el amor, la empatía y que, casi, ha desaparecido del discurso político. ¿Por qué me odias, si soy tu vecino, tu compatriota, tu amigo?, sería la pregunta a hacerse. Y esto sirve para todos, para unos y para otros.

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