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Entre la fragilidad humana y la irresponsabilidad política

En el contexto de un auge tecnológico sin precedentes y donde la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta imprescindible en muchos campos profesionales y ámbitos, los fuertes incendios de los últimos días, que han afectado -y aún afectan- a varias comunidades autónomas, nos han hecho volver a tocar de pies en el suelo y nos han recordado el grado de fragilidad de la especie humana. Una especie humana que, en la mayor parte de los países occidentales, se ha visto encorsetada por la fuerte velocidad de los avances tecnológicos y que se ha acabado creyendo con la capacidad de resolver cualquier situación que tiene por delante. Pero no: la naturaleza es más poderosa que nosotros.

Precisamente, sobre la irrupción de la tecnología en todas las esferas sociales, fenómenos como la covid-19, la DANA de Valencia o los recientes incendios en varias zonas de nuestro país han sido un recordatorio de que quien salva vidas; protege terrenos, hogares o establecimientos; cuida a los colectivos más vulnerables; o vela por la salud física, mental o psicológica de quienes lo han perdido todo son personas: desde los bomberos, los agentes rurales y/o forestales y los policías a los servicios de emergencia, los psicólogos o los médicos pasando por los transportistas o los profesionales que mantienen limpios los pabellones donde permanece la ciudadanía que ha sido evacuada. Es evidente que los avances tecnológicos y la digitalización de diferentes procesos facilitan (y mucho) su tarea, pero únicamente con las máquinas no iríamos a ningún sitio. Las crisis sanitarias o ecológicas de los últimos tiempos son la prueba de que el individualismo que generan las redes sociales y que propugnan determinados grupos políticos responde a una realidad falaz.

Sin embargo, resulta evidente, al mismo tiempo, que el auge de lluvias torrenciales, calores extremos o fuertes vientos debería hacer replantearnos nuestro paradigma de crecimiento económico y, consecuentemente, nuestro modelo de vida.

Aparte de la constatación de que el ser humano es más frágil de lo que parece en apariencia, también hay otro factor que explica la fuerte virulencia de los incendios: la falta de inversión y los recortes en materia de prevención por parte de las administraciones públicas y, muy especialmente, de aquellas en las que Vox tiene la llave de la gobernabilidad. O, dicho de otra manera, la asunción, por parte de los gobiernos locales y autonómicos del PP, de buena parte de la agenda política de la extrema derecha con el fin de asegurarse la aprobación de sus proyectos o de sus presupuestos. Y no estamos hablando únicamente de la agenda verde, sino también de cuestiones como las políticas sociales o migratorias. Una agenda y unas políticas que sitúan a los populares cada vez más a la derecha. Y ya se sabe que la población entre el original y la copia suele escoger el primero.

Paradójicamente, quien saca más rédito del malestar social que se genera en este tipo de situaciones dramáticas son formaciones como Vox. Formaciones que, en otras palabras, canalizan las crecientes críticas a la clase política (como si ellos no formaran parte de ella) y que se erigen, con propuestas populistas, autoritarias y a menudo fuera de la realidad, como la única opción capaz de cambiar el sistema de arriba abajo y de «garantizar» una vida digna a la ciudadanía.

Al PP, a pesar de la fuga de votos al partido de Abascal, el auge de la desafección política no le va mal porque suele ser un factor que desmoviliza a los votantes progresistas. En cambio, para las fuerzas de izquierdas la desconexión de la ciudadanía de las instituciones públicas acostumbra a tener consecuencias muy nefastas.

Por ello, soy de los que piensa que, a pesar de ser relevante que las formaciones progresistas señalen la vinculación entre el aumento de los incendios, el cambio climático y los recortes económicos de los ejecutivos conservadores, no constituye éste un elemento suficiente para erigirse en alternativa de cara a los comicios locales y autonómicos. En este sentido, a mi entender, es fundamental que estas organizaciones trabajen para frenar la distancia cada vez mayor que existe entre los cargos públicos y los electores, eviten caer en un ruido cada vez más estéril, y apuesten por una política constructiva, creíble y resolutiva que escuche los problemas que tiene la ciudadanía. Una política, en otras palabras, pedagógica y con capacidad de afrontar los retos que tiene la población. De lo contrario, la irresponsabilidad política que hemos visto estos últimos días a raíz de los incendios tendrá más números de ser premiada en las urnas. Y seguiremos igual… o peor.

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