La sorprendente maniobra rectificadora de Marc-André ter Stegen el viernes por la noche permitió a Joan Laporta encarar a un Gamper aparentemente feliz y tranquilo, alejado de la turbulencia que suponía empezar la temporada en casa con el capitán expedientado y, quién sabe si queriendo hablar en nombre de la plantilla y el club impidiéndolo recurriendo al personal de seguridad. La perspectiva no podía ser peor, no sólo por las formas, el fondo y la absurdidad del conflicto. Lo que Laporta no se podía permitir era perder la única vía posible de inscribir a Joan Garcia, en este caso por la lesión de Ter Stegen, susceptible y razonablemente superior a cuatro meses.
Algo pasó a última hora de la tarde que lo cambió todo y provocó este giro copernicano del portero alemán, un episodio aún no revelado y ofrecido al gran público a través de un relato oficialista que destacaba la noble, esperada y coherente reflexión de alinearse con las necesidades del club y de abrir la puerta a la inscripción de Joan Garcia. Para que la tozuda y determinante postura de Ter Stegen dejara de ser un obstáculo insalvable de un día para otro, pasó algo que de momento debe permanecer oculto y fuera de especulaciones, pero que se acabará sabiendo y que, sin duda, no lo provocó un repentino ataque de sensibilidad y de barcelonismo del capitán. Las evidencias de su egoísmo probado no dejan lugar a dudas.
En el trasfondo de este hecho confluyeron diferentes vectores, principalmente tres. Por un lado, la urgencia del presidente por aferrarse a la tabla de salvación y única de aprovechar el 50% del salario de Ter Stegen para encajar como sea la inscripción de Joan Garcia. Por otro, la evidente inseguridad legal y la ausencia de motivos para abrir un expediente disciplinario al portero alemán, un hecho que sólo habría conducido al ridículo y a aumentar la imagen de negligencia y compulsión de un presidente muy enfadado, según se hizo público.
Y, finalmente, con más peso que todo lo demás, la amenaza real del vestuario de adoptar una postura pública y activa de apoyo a su capitán, no tanto en defensa concreta de su pulso por el conflicto médico, sobre el plazo de recuperación, como por la injerencia y la decisión arbitraria de la directiva de retirarle la capitanía. Sin llegar a ser un motín, la imagen del equipo en la previa del Gamper mostrando y manifestando abiertamente una postura de grupo discrepante con la reacción directiva contra su capitán habría sido una fotografía negativa, la peor publicidad para Laporta y un problema interno que Hansi Flick ni merecía ni le tocaba solucionar.
Cuando este cóctel estaba a punto de explotar, se produjo una negociación rápida y, por supuesto, secreta, en la que Ter Stegen cedió y aceptó dar a Laporta lo que más necesitaba a cambio de lo que el presidente le pudo ofrecer y que a Ter Stegen le convino desde esa posición de fuerza y con el apoyo de sus compañeros. ¿Cuál fue el elemento material, económico o de condiciones que causó la mejor solución para todas las partes? No se puede ni debe saberse, igual que el año pasado su compañero Christensen aceptó de buen grado estar de baja médica dos meses más de lo diagnosticado inicialmente por su lesión en la pretemporada.
Si se supiera que el jugador y el club aceptaron jugar esta carta a cambio de, quién sabe si un aumento del sueldo o del contrato, LaLiga podría invalidar la fórmula, ahora recurrente, con la que Dani Olmo finalmente pudo ser inscrito. La historia se repetirá ahora con Joan Garcia porque la directiva de Laporta, una vez más, no es capaz de llegar al 1:1 esta semana ni al fair play suficiente dentro del límite para que el gran fichaje de la temporada pueda debutar el próximo sábado.
Analizado el escenario, quien menos estaba contra las cuerdas era Ter Stegen, que al fin y al cabo sólo recibirá el alta cuando su estado físico lo permita, sea en diciembre o en enero, aunque nunca antes del plazo que validará LaLiga de cuatro meses mínimo, porque si no el club sería fuertemente sancionado y se destaparía el pastel, o lo que sea que haya pasado durante las negociaciones del viernes con Laporta bajo una presión insoportable.
El conflicto acabará, pues, de la única manera posible para Laporta, aferrado a este plan de urgencia por la lesión de un futbolista para inscribir a otro, como adelantó al acabar el Gamper: «Estamos trabajando para inscribir al resto de jugadores y si no puede ser en la primera jornada tenemos margen», dijo.
No se puede ser más explícito ni admitir de una manera tan abierta y normalizada el fracaso de no poder inscribir a los fichajes -un año más- por la negligente y descuidada gestión financiera del presidente, maquillada por una prensa oficialista y servil que volverá a celebrar esta nueva gesta del presidente de conseguir la licencia de un jugador, sospechosamente facilitada por la lesión de otro.
¿Dónde está el mérito? Si radica en el cambio de postura de Ter Stegen, plegado ahora a los intereses y a la urgencia del mercado, resulta evidente que quien estaba dispuesto a todo por aquella firma del capitán, en conformidad con el parte médico de baja superior a cuatro semanas, era Laporta, más consciente que nadie de que todo el mundo y todo tiene un precio. Por el bien del Barça, en este caso más vale que no se sepa.











