En un contexto marcado por el avance del autoritarismo iliberal y por el colapso de los partidos socialdemócratas en Francia, Italia y posiblemente Alemania, el riesgo no solo afecta al sistema democrático, sino también al futuro social. Figuras como Trump o Milei encarnan propuestas de recortes sociales drásticos, como el intento del primero de desmantelar el Medicaid. Sin embargo, como afirma Edgar Morin, se impone cultivar una “esperanza lúcida y activa” que permita un renacimiento democrático.

Desde EE.UU. hasta Europa del Este, en Asia como en América Latina, emergen liderazgos que erosionan contrapesos institucionales, fomentan discursos de odio y dividen a la sociedad. Pero también surgen señales de resistencia y esperanza.
El apoyo al autoritarismo, aunque ruidoso, no es tan amplio ni uniforme. Encuestas recientes reflejan que mayorías —sobre todo entre jóvenes— aún valoran la democracia pese a que los autoritarismos aprovechan el desgaste institucional y la fragmentación opositora para fortalecerse.
Hoy día, florecen redes sociales y ciudadanas —feministas, climáticas, vecinales— que constituyen un contrapoder, aunque frágil. Estas iniciativas generan solidaridad y articulan respuestas frente al autoritarismo cultural y político.
La tecnología sigue siendo un terreno disputado. Si bien los regímenes iliberales han aprendido a manipular el ecosistema digital, también se han abierto espacios críticos, visibilizado abusos y tejido nuevas formas de acción colectiva. El papel de las nuevas generaciones es clave. Pese al aparente cinismo, existe sensibilidad hacia la igualdad, la diversidad, los derechos humanos y el medio ambiente. De este sustrato habrán de surgir liderazgos que reinventen y fortalezcan la democracia.
El problema, en el fondo, no es solo organizativo. La crisis de los partidos democráticos también es una crisis de relato: por alguna razón falla la narrativa que vaya más allá de la tecnocracia o del miedo al “mal menor” y que proponga horizontes de justicia, libertad y bienestar compartido.
Para responder al desafío iliberal no bastan cambios estéticos ni respuestas reactivas. Hace falta una estrategia clara, con liderazgos valientes capaces de confrontar el discurso polarizante, las amenazas y la manipulación. Esto implica superar la resistencia interna al cambio dentro de los propios partidos democráticos: estructuras cerradas, clientelismo, consignas desfasadas, censura de la disidencia y pérdida de conexión con sectores sociales que antes los respaldaban.
Los iliberales/autoritarios operan con métodos activos: desprecian las reglas, deslegitiman a los oponentes, difunden fake news, ejercen violencias “suaves” y proponen restringir libertades civiles, como hace Trump. No ofrecen soluciones mágicas, sino relatos simples y eficaces que apelan al sentido común de los sectores más perjudicados por el cambio social.
Una de las claves de su éxito ha sido centrar el debate en temas preocupantes: inseguridad, acceso a vivienda y servicios, precariedad, inmigración. En contraste, los progresismos parecen haber abandonado estos asuntos en favor de una meritocracia que solo celebra a los “triunfadores” y talentoso, dejando atrás a amplias capas sociales.
Otra tarea pendiente es cómo se comunica los logros. Las mejoras en salud, educación o servicios públicos no se traducen en percepciones positivas entre las clases medias y, especialmente, las medias bajas. Esto alimenta el resentimiento y facilita el terreno para las narrativas populistas.
Además, el incremento de población por migración, sin un crecimiento proporcional de los presupuestos públicos, ha generado tensiones distributivas. Sectores tradicionalmente protegidos perciben una pérdida de derechos o atención, alimentando un discurso excluyente.
De ahí la urgencia de un nuevo pacto social y económico que abarque:
- Protección laboral efectiva.
- Fortalecimiento de la sanidad y educación pública.
- Reforma del sistema tributario.
- Defensa de la industria local.
- Lucha contra el secuestro del Estado por las élites.
- Reinvención del modelo democrático hacia instituciones participativas.
- Regulación activa de la tecnología y la IA.
Como plantean pensadores como Guérot, Piketty o Raworth, es urgente construir instituciones que redistribuyan poder, controlen la acumulación de riqueza y prioricen el bienestar común por encima del crecimiento económico.
Sin estos cambios, desde posturas reactivas y defensivas, no se conseguirá neutralizar el embate del neoliberalismo y el autoritarismo iliberal, y no se contrarrestará el nuevo fantasma que recorre el mundo.






