Uso el servicio de Rodalies todo el año, pero en verano me toca subir y bajar cada día a Barcelona. Mi línea es la R2, una de las mejores de toda la red de proximidad ferroviaria catalana, lo que desde luego no es ningún don, sólo un consuelo por ir un poco mejor que los demás.
La pasada semana todo fue un desastre algo que, unido a la ola de calor, hizo de todos los viajes una pesadilla. El lunes, la locomotora se paró en un túnel entre passeig de Gràcia y Clot, donde a la mañana siguiente como eso es algo normal, pues el retraso en el horario fue superior a quince minutos.
En previsión de este imprevisto, ¡Viva Catarella!, RENFE habilitó vagones de dos pisos de la posguerra, donde los usuarios hablábamos resignados, entre risas. En una charla alguien dijo eso de “ja se sap, és Rodalies”. No pude contenerme, de nuevo entre carcajadas de la gentil concurrencia, de esgrimir mi opinión, confirmada durante las jornadas sucesivas, donde, entre otros problemas, circulé de Sant Celoni a la Ciudad Condal a oscuras, sin luz en el interior, situación muy romántica dado el crepúsculo, pero horrible a nivel de lo que juzgo normal en un país del mal llamado Primer Mundo.
Todo esto ocurre una vez no existe ya más el abono recurrente. Todo, según el ministro Puente, mucho más discreto estos últimos meses por causas que desconozco, para mejorar la actual indecencia, vergonzosa, como vergonzosas son las nuevas tarifas para muchos ciudadanos que residen lejos de la capital catalana.
No he olvidado mi opinión. Como bien es sabido todos tenemos una. La mía en esta cuestión es bien simple y sorprende ver cómo no se ha expresado en ningún medio de comunicación. Durante estos últimos meses los socialistas han optado por anunciar su inexorable intención de ampliar el aeropuerto del Prat, operación que supondrá aumentar en veinticinco millones el número de pasajeros, destrozar una parte de la Ricarda y, según la señora Paneque, evitar la fuga de cerebros.
Este verano leo la biografía de Borja de Riquer sobre Francesc Cambó. Hay un fragmento glorioso en que habla de cómo en 1918 el gobierno español destinaba una cantidad irrisoria a la Sanidad, con un presupuesto diez veces inferior al del ministerio de Defensa. El autor, brillante, continúa diciendo que, por aquel entonces, la vida y la salud de las personas importaba poco o nada a los mandamases.
A veces me planteo si en la Catalunya de 2025 los gobernantes tienen algún tipo de interés en la existencia de los ciudadanos, que para ellos son consumidores y papeletas en las urnas. Rodalies es un horror y no mueven un solo dedo para resolverlo. En cambio, apuestan por el Prat desde movientes económicos que poco o nada tienen qué ver con lo público, sino con beneficios directos para privados, oblidándose de nosotros mientras exhiben un cinismo de primera porque el problema es tan visible que, paradojas, quizá es más fácil de esconder.
Además de esto último se aprovechan de una peligrosísima bala: la indiferencia del ciudadano y la educación de la pasividad fomentada por el neoliberalismo. Hay muchas opciones para la protesta. Con tambores no funciona. Manifestándose si, si no se hace com en Serbia, tampoco. ¿Revolución? No hombre, eso en el siglo XXI es imposible. ¿Así pues? Denunciar, denunciar sin freno con todas las armas pacíficas a nuestra disposición. La mía es el verbo. ¿La vuestra?