Ordenar el país para protegernos del fuego

Bluesky

Los brutales incendios que castigan a Cataluña en este inicio del verano tienen que servir para encender todas las señales de alarma. Los bomberos nos explican que tienen que luchar contra fuegos de sexta generación, caracterizados por su rápida velocidad de propagación, por los repentinos cambios de dirección y por la capacidad de producir una burbuja meteorológica propia que escapa al control.

Ante incendios de esta extrema virulencia –que, a causa del cambio climático, nos alertan que serán cada vez más frecuentes– los bomberos no pueden combatir las llamas con las técnicas tradicionales. Tienen que ensayar nuevas estrategias y, a la vista de los resultados, hay que felicitar efusivamente la capacidad y la eficacia mostrada por los bomberos de la Generalitat, con el apoyo de la UME y de los Agentes Rurales, en la tarea de rodear, atacar y liquidar los fuegos que se han ido produciendo.

Lo ha dicho el presidente Salvador Illa, y el consejero de Agricultura, Òscar Ordeig, lo ha expuesto ampliamente ante los sindicatos del sector primario. Cataluña tiene una tarea titánica pendiente: esponjar los bosques y reducir la masa forestal, creando valor con la explotación de la madera y fomentando la ganadería extensiva. Hay que ordenar el territorio de manera planificada, haciendo que los campos de cultivo y los bosques convivan como en un mosaico.

Esta es la única fórmula para evitar que el polvorín que tenemos en nuestras montañas, a causa del lamentable estado de abandono que sufren desde hace décadas, estalle por los cuatro costados. El Gobierno de la Generalitat tiene que hacer frente a muchas urgencias y emergencias, pero la preservación del territorio ante la amenaza del fuego es una prioridad esencial.

Sin naturaleza no hay vida, no hay agua, no hay actividad económica y no hay progreso. Con los incendios de sexta generación, la némesis llama a la puerta.

Hace falta una disciplina social y política para aceptar y hacer frente a esta amenaza vital. Tenemos un hándicap: somos mediterráneos, tenemos una visión relativa de las cosas y nos cuesta organizarnos para acometer grandes proyectos colectivos.

Pero, si queremos preservar el país, tenemos que cambiar urgentemente de chip. Sería positivo fijarnos en el espíritu y la determinación del pueblo chino. Objetivamente, no hay ninguna otra sociedad en el Mundo que haya protagonizado un milagro económico y tecnológico como el de China, desde el triunfo de la revolución de Mao Tse-Tung, el 1 de octubre de 1949.

Hace 75 años, China era un país devastado, después de años de guerra contra el colonialismo occidental, la invasión japonesa y una fratricida confrontación civil entre el Partido Comunista Chino y el Kuomintang. Desde entonces, el Imperio del Medio ha experimentado un fulgurante e imparable crecimiento y se ha convertido en la sociedad más avanzada del planeta.

Con todos los gravísimos errores, carencias y críticas que se quieran, pero la gesta heroica de la sociedad china -hoy, líder mundial en tecnología, infraestructuras, energías renovables, nueva movilidad…- es digna de admiración y de reconocimiento. La planificación y el pragmatismo son las herramientas que han fundamentado este incontestable éxito colectivo.

Legítimamente, pienso: ¿cómo abordarían las autoridades chinas el problema de la suciedad y expansión incontrolada de los bosques, la regresión y abandono de la agricultura y la amenaza permanente de sequía que tenemos en Cataluña? A buen seguro, habrían estudiado el problema a fondo, implicando a los mejores especialistas; habrían elaborado un plan exhaustivo para resolver este desequilibrio estructural y lo habrían acompañado con un cronograma; y habrían movilizado, en consecuencia, los recursos humanos y económicos necesarios para su implementación, con una constante vigilancia del cumplimiento de los plazos.

Para un país que ha sido capaz de hacer una colosal muralla verde para detener el avance de la desertificación o que ha solucionado el problema de la polución con una gigantesca apuesta por las energías renovables y la electrificación de la movilidad, los males endémicos que sufrimos en Cataluña y que amenazan nuestra supervivencia existencial son como coser y cantar.

Pero hay una diferencia sustancial. En China elaboran planes quinquenales, muy trabajados y debatidos y con unos objetivos claros y racionales. En Cataluña, por politiquería mal entendida, ni tan solo somos capaces de aprobar los presupuestos de la Generalitat o los del Ayuntamiento de Barcelona.

Inteligencia, responsabilidad y disciplina. Solo así salvaremos el país y salvaremos la democracia. Los incendios de estos días nos demuestran que tenemos un cuerpo de bomberos excepcional, y les debemos felicitar y debemos felicitarnos por su magnífica tarea. Pero el problema de fondo no es la demostrada capacidad de apagar los fuegos: el problema es el abandono de los bosques y de la agricultura.

Hay cuestiones capitales que hay que poner sobre la mesa, debatir y decidir: por ejemplo, la propiedad privada de los bosques, herencia de un pasado que ha dejado de tener sentido y que es un obstáculo para la gestión eficaz de la naturaleza; o la necesidad de eliminar el pino blanco -una “bomba” incendiaria- de nuestras montañas y su sustitución por especies más resilientes y propias del país, como la encina.

La conciencia catalana que tanto proclamamos y reivindicamos es esto. Somos una comunidad que confronta una amenaza ecológica sin precedentes. ¿Tenemos la convicción, tenemos la energía y tenemos la voluntad de hacerle frente y reaccionar? Ser patriota no es ondear una bandera estelada o hablar en catalán a la dependienta del Vivari: es, antes que nada, proteger y defender la integridad del territorio que hemos recibido y que se nos está quemando ante nuestra pasividad y pereza colectiva (después, todo son llantos y crujir de dientes).

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