La llegada del verano es sinónimo de muchas cuestiones. También del regreso, un año más, del mercado de fichajes de fútbol. La elevada y la creciente cantidad de recursos económicos que mueve, temporada tras temporada, es el típico tema que centra la sobremesa de las comidas familiares, pero sin que se identifique nunca una solución clara. La sensación imperante es que este mercado es el síntoma más claro de un sistema capitalista cada vez más salvaje y donde el alma social defendida por las opciones políticas y sociales de izquierdas se ha ido diluyendo con el paso del tiempo.

Por poner un ejemplo conocido: hace unas semanas el Barça presentó al portero Joan García como nuevo jugador del equipo azulgrana tras pagar al Espanyol 25 millones de euros. No es, ni mucho menos, de los fichajes más caros que se han hecho en las principales ligas europeas. Son 25 millones para un portero, ciertamente, de mucha calidad. Con todo, y como cualquier otro futbolista, sus tareas y sus deberes, que podrían resumirse en asistir a los entrenamientos, estar físicamente preparado para cuando el técnico lo convoca y jugar bien durante los enfrentamientos, son de responsabilidad menor respecto a otras profesiones.
En ningún caso resta mérito a su labor, pero comprenderán que tiene muchas más obligaciones e impacto sobre el día a día de la población el presidente de una comunidad autónoma (el ejemplo de la DANA de Valencia es la prueba más evidente), el mandatario de un país (miren las últimas decisiones adoptadas por Trump), los médicos de un hospital, los maestros de una escuela o los periodistas de un diario.
Además, fíjense si la cifra es desorbitada o irreal que ninguna persona de clase media o trabajadora llegará nunca a ver tanto dinero en su vida aunque cotice todos los años que le corresponden. En otras palabras: 25 millones de euros sólo está al alcance de unos pocos.
Hay quien podría responder que el fútbol mueve un número muy elevado de seguidores y aficionados y que, por tanto, necesita preservar los elementos que lo hacen especial, como el mercado de fichajes y la pugna continua entre los diferentes clubes para ver quién pone más dinero sobre la mesa por los futbolistas de mayor calidad.
No seré yo quien niegue este aliciente a los socios y fans, pero este tira y afloja propio del mercado estival podría darse igualmente si todas las entidades aceptaran reducir sustancialmente las cantidades económicas que pagan y moverse en las cifras en las que se sitúa la inmensa mayoría de ciudadanos y empresas. No tiene ningún sentido, desde el punto de vista económico, que mientras en España 2,4 millones de personas cobran el Salario Mínimo Interprofesional (SMI), un equipo le pague a otro 25 millones de euros por un jugador. Y aún menos desde el punto de vista ético, ya que, según las Naciones Unidas, 1.100 millones de personas viven en situación de pobreza extrema en el mundo.
En todo caso, no soy ingenuo y sé que esta situación, lejos de arreglarse, irá a más en los próximos años, ya que son demasiadas las manos que participan en estas operaciones millonarias: los jugadores, sus representantes legales, los equipos, los patrocinadores, empresas externas…
Sin embargo, el fútbol, como actividad física mundial y de masas con unos valores, es mucho más que el dinero. Hay tres casos que son muy paradigmáticos en este sentido: el primero es el del Paris Saint-Germain, que ha ganado la Liga de Campeones después de haber invertido (o de haberse gastado, depende de cómo se mire) más de 2.000 millones de euros en las últimas temporadas. ¿Le ha salido a cuenta al equipo francés? ¿Tiene alma un proyecto deportivo basado principalmente en estrellas y grandes fichajes? ¿Cuál es el límite económico (y ético) para ganar títulos?
El segundo caso, y en contraposición a conjuntos como el del PSG, lo encontramos en el Mirandés, un club con uno de los presupuestos más modestos de la categoría de plata del fútbol español que se quedó a las puertas de primera división.
Y, finalmente, está el caso de los equipos más humildes del fútbol catalán (Sant Andreu, Sabadell, Nàstic…), que han sido capaces de movilizar y animar a todo un barrio o toda una ciudad. La fuerte afluencia de vecinos, sobre todo en el tramo final de la temporada, demuestra que, como todo en esta vida, los recursos económicos son importantes, pero que no lo son todo.