En este punto de la pretemporada azulgrana, el conjunto del barcelonismo -entendido como la suma de la junta, afición, prensa, redes sociales, entornos varios y hasta el propio vestuario- ha digerido el revés de Nico Williams con una especie de frenazo en seco a la exhibición de mercado que Joan Laporta intentaba proyectar tras el fichaje de Joan García y las prisas por cerrar la llegada del delantero navarro, finalmente frustrada.
De pronto, parece que se han acabado todas las urgencias del equipo de Hansi Flick y hasta la necesidad de fichar un jugador de banda. O, cuando menos, se llega a la conclusión de que si Nico Williams no viene tampoco se acaba el mundo.
Un estado de opinión también prefabricado oportunamente desde la junta sobre la traición y el despecho del barcelonismo contra Nico Williams, pero que al mismo tiempo sintoniza y responde más con la verdadera y precaria situación financiera que Laporta trataba de ocultar a los socios, a su auditor, a Goldman Sachs, al resto de los inversores, al Ayuntamiento, y, si pudiera, también a LaLiga.
En realidad, la espantada de Nico Williams es la demostración más evidente de que si Laporta no sufriera esa recurrente falta de fair play financiero desde hace tres años, la operación se hubiera cerrado en un segundo. Bastaba con abonar la cláusula y formalizar la inscripción, trámites ordinarios que, para Laporta, sin embargo, se convirtieron en desafíos inasumibles e inalcanzables en los plazos a los que se había comprometido con el futbolista.
Por varias razones. La principal, asociada a los asientos VIP que ahora también traen de cabeza a la constructora, al auditor y al fondo de titulización -un asunto que sigue sin resolverse y que, según las fuentes más optimistas, solo repara parte del agujero en el fair play financiero azulgrana-, la operación que recuperaría el 1:1 a partir del cual sería necesario vender y ceder futbolistas para hacerle hueco a los nuevos y a los renovados.
El ruido apresurado de Laporta en las operaciones de Joan Garcia y de Nico Williams respondía, por lo que se ve, a la urgencia de generar esa imagen mediática de club saneado, recuperado y con capacidad para reforzar al equipo de Hansi Flick en aquellos flancos demandados por el entrenador en apenas dos o tres semanas.
Se trataba, como siempre hace Laporta, de cuidar las apariencias para favorecer los movimientos internos y externos que realmente necesita. Lo que nadie esperaba ni sospechaba es que Nico Williams y el Athletic echasen por tierra ese decorado con una maniobra tan imprevista como contundente que ha servido para propalar en el mundo del fútbol la imagen completamente contraria del Barça pretendida por Laporta.
En el día noveno de mercado, la cuenta atrás de cara a la primera jornada de trabajo, el balance es de pocas operaciones importantes encarriladas ni cerradas. Ronald Araujo, transferible por 60 millones hasta el día 15, y Ter Stegen, por el que Laporta espera una oferta que mueva la testaruda posición del portero de no irse del Barça, se adivinan como una posible solución de emergencia para las inscripciones necesarias como la del portero Joan Garcia y, llegado el caso, de ese delantero de banda que ahora ya no parece clave para los planes de Deco y de Hansi Flick.
A la fuerza, el aparato laportista se ha visto obligado a modificar el relato, casi a invertirlo, y a no filtrar sus movimientos ni dar pistas a la prensa en lugar de retransmitir las negociaciones prácticamente en streaming, como sucedió con Joan García y con Nico Williams.
En este modo de perfil bajo que tan poco le gusta a Laporta, los deberes siguen pendientes y los posibles objetivos de la dirección deportiva no acaban de convencer o, sencillamente, están muy lejos de las posibilidades de la tesorería azulgrana. No falta quien sigue sospechando que, si Laporta se hubiera visto en la tesitura de pagar la cláusula de Nico Williams, el problema de traerlo habría sido doble, el de encontrar los 62 millones de hoy para mañana y el de inscribirlo.