Los valores asociados a la democracia generalmente buscan promover la igualdad, la participación y el respeto mutuo en la sociedad. Sin embargo, en algunos casos, estos valores pueden generar sentimientos de frustración y resentimiento, especialmente cuando las personas se sienten marginadas cuando sus derechos no están representados adecuadamente, sus necesidades no se atienen o incluso cuando se viven desigualdades profundas que no se abordan de manera justa. En algunos contextos, estos sentimientos pueden alimentar demandas de igualdad de manera irracional, emocional o reactiva, en lugar de basarse en un diálogo constructivo.

Aunque los valores de igualdad y democracia en sí mismos buscan promover una sociedad más justa y participativa, en la práctica, pueden estar trufados de resentimiento cuando las experiencias de desigualdad o injusticia se extienden en la sociedad. Pero también es importante destacar que estos sentimientos pueden ser una oportunidad para entender mejor las necesidades de toda la sociedad y fortalecer los principios democráticos a través del diálogo y la empatía. Dicho brevemente, aunque la democracia busca promover la igualdad y la participación, también puede, en ciertos contextos, generar o alimentar resentimientos si no se maneja con cuidado y justicia. Todo ello, puede llevar a una actitud de rechazo o desconfianza hacia las instituciones democráticas y los grupos sociales.
Hoy en día, el resentimiento juega un papel crucial en la dinámica de las democracias. En muchas sociedades, las personas que sienten que sus necesidades, derechos o intereses no están siendo atendidos o que han sido marginadas, pueden experimentar sentimientos de resentimiento a la hora de votar o en la forma en que se relacionan con las instituciones democráticas. En tales circunstancias, el resentimiento se manifiesta de diferentes formas: descontento y desconfianza hacia los políticos e instituciones y como hemos visto últimamente el resultado es de apoyo a partidos o grupos que proponen medidas autoritarias, simplistas y falsas, que acaban socavando el sistema democrático establecido. Se convierte en una fuerza divisoria, alimentando la polarización, la intolerancia o incluso actitudes populistas que desafían los valores democráticos. Soy de los que piensa que ese tipo de resentimiento es lo que ha encumbrado a Trump, Milei, Meloni y los diferentes movimientos de extrema derecha en Europa y América especialmente.
Sin embargo, el resentimiento también puede ser un motor de reivindicación y un desafío, que dependiendo de cómo se gestione y de si se canaliza hacia soluciones inclusivas y justas, puede mejorar y fortaleces el sistema democrático. Es un elemento que, si se entiende y se aborda a tiempo y con empatía, puede contribuir a fortalecer los procesos democráticos. Desafortunadamente, si el resentimiento se deja crecer sin control y sin atacar a sus causas primeras, puede socavar la cohesión social, la confianza en las instituciones y a la propia democracia.
En el resurgimiento de las tendencias autoritarias en las democracias liberales también intervienen otras causas. Por ejemplo, cuando en muchas democracias hay desafíos como la desigualdad económica, la inseguridad, la pérdida de confianza en las instituciones y la percepción de que el sistema no responde a las necesidades de todos. Estos sentimientos pueden abrir la puerta a líderes o movimientos que prometen soluciones rápidas y aparentemente sencillas, que aparte de no ser eficaces socavan las libertades y los derechos. Además, en un contexto de globalización y cambios tecnológicos acelerados, es frecuente que las personas sientan que sus identidades, empleos o formas de vida están siendo amenazadas, lo que acaba generando miedo y rechazo hacia las instituciones democráticas tradicionales.
Por otro lado, la desinformación y las campañas de manipulación en redes sociales pueden contribuir a crear desconfianza y a difundir ideas que cuestionan la legitimidad de las democracias liberales, promoviendo líderes que concentran poder y coartan las libertades. En resumen, el resurgimiento de tendencias autoritarias en democracias liberales se explica por una combinación de insatisfacción social, miedo, desinformación y la búsqueda de soluciones rápidas a problemas complejos. Es un recordatorio de la importancia de fortalecer las instituciones democráticas, hacerlas más eficaces, promover la inclusión y mantener el diálogo social abierto.