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“El islam es machista, como el cristianismo y el judaísmo”

Txell Feixas Torras

Periodista y escritora. Ha trabajado fundamentalmente en medios públicos catalanes. Ahora está en la sección de internacional de los informativos de Catalunya Ràdio. Corresponsal en oriente Medio, con base en el Líbano, durante seis años. Es autora de Dones valentes. Ahora publica Aliades. Les nenes de Xatila desafien les regles del joc (Ara Llibres / Capitán Swing).

¿Cómo es un campamento de refugiados palestino como el de Xatila?

Xatila no es el tipo de campo de refugiados que nos solemos imaginar. No es un descampado, con tiendas de campaña, más o menos organizado… Xatila es una miniciudad, dentro de una gran ciudad, que es Beirut, la capital del Líbano. Este campo fue creado en 1948 para acoger a 3.000 palestinos que huían de la limpieza étnica del Estado de Israel. Ahora son alrededor de 30.000 las personas que viven allí, y no son sólo palestinas, sino también sirias y de otras nacionalidades. El panorama físico te golpea porque es como una cárcel a cielo abierto, barracas de cemento que crecen en altura, porque no pueden hacerlo en anchura. Sólo tiene un kilómetro cuadrado. Hay calles laberínticas en las que casi no caben dos personas de lado, con un cableado con el que, a veces, se electrocutan niños. No dispone de electricidad durante la mayor parte del día y la luz del sol casi no entra. No tienen agua potable. En este paisaje urbano, hostil, dominan la calle hombres y niños, porque las mujeres no la pisan. Sólo se las ve cuando salen a comprar o hacer gestiones. Hay una atmósfera densa, como de invernadero. Todavía se respira el genocidio que se produjo en 1982, cuando las milicias falangistas libanesas, con la connivencia de Israel, mataron a miles de personas. En Xatila hay armas, drogas, milicias…

¿La gente sale del gueto? ¿Se relaciona de alguna manera con la ciudad?

Xatila viene a ser un gueto, porque, al final, las autoridades libanesas tienen a los refugiados palestinos en un régimen de semiapartheid. En el Líbano hay una docena de campos de refugiados palestinos, y no quieren que haya más lugares como Xatila. Fueron temporales, pero se han convertido en permanentes. Entonces, lo que hacen es ahogarlos, literalmente, con unas condiciones de vida al límite. Ya van por la quinta generación de refugiados palestinos que nacen en Xatila. No les dan la nacionalidad, de manera que son refugiados sin papeles. No pueden comprar propiedades fuera del campo. Tienen trabajos prohibidos… De alguna manera, se les condena a ser refugiados para toda la vida. En Xatila hay puntos de control, con soldados, pero es uno de los pocos campos de donde se puede entrar y salir con bastante facilidad. Habría que preguntarse por qué no huyen despavoridos, pero, en realidad, en la Pequeña Palestina, como así se denomina, se sienten mejor. Porque cuando salen los detienen, los humillan… Hay ONGs que ayudan, pero con el genocidio de Gaza y la guerra de Ucrania los recursos tienden a recortarse.

En este contexto, ¿las mujeres, niñas, adolescentes se encuentran, sin duda, doblemente expuestas al sufrimiento?

Para que se entienda el libro, la historia nace de un padre, Madji, que quiere apartar a su hija, Rasam, de 11 años, de las violencias estructurales que sufre este campo para las niñas. Este pintor de fachadas palestino se da cuenta de que hay amigas de su hija que las casan a partir de los 10 años, otras se quedan embarazadas y mueren en el parto, porque sus cuerpos no están preparados. Algunas caen en las drogas. Muchas dejan la escuela y acaban encarceladas entre cuatro paredes, como esclavas domésticas… Madji, que no tiene un manual de feminismo, pero sí sentido común, se plantea que no quiere eso para su hija y sus amigas. Crea así un equipo de baloncesto y una pista, en una quinta planta de un edificio. Cuando me citó para grabar, pensé que se había equivocado porque, después de una caminata entre callejones, empezamos a subir por una escalera de caracol… Abrimos una puerta y allí había un intento de pista de baloncesto. La pista se había convertido en un espacio de seguridad y liberación para estas niñas, que el primer día saltaban, reían, se tiraban al suelo… Nunca habían jugado. Madji les ponía la condición de que para entrenar tenían que estudiar.

¿Cuándo se creó el equipo?

El equipo se creó en 2012 y yo lo conocí en 2017. Continúa a día de hoy con nuevas generaciones. Lo más bonito es que, cuando se puso en marcha el equipo, Madji se dio cuenta de que tenía que hacer un trabajo puerta a puerta, para convencer a los padres de las niñas de que las dejen entrenar. Después, con la aquiescencia de los padres, recluta a las niñas. A algunas, cuando jugaban con el balón en la calle, las chillaban, las escupían, las insultaban…

¿En Xatila, las condiciones de vida de las mujeres están marcadas más bien por razones religiosas, de poder, de costumbres…?

En el campo, las mujeres hacen una vida entre cuatro paredes. Pero también descubrí que hay una resistencia, un empoderamiento, una revolución…, como ocurre también en Afganistán o en Irán, donde las mujeres también están recluidas. Hasta donde pueden, o las dejan, hacen su lucha diaria. En cualquier caso, la vida en Xatila es muy dura para las niñas y las mujeres. No porque el campo sea más machista que otros lugares de Oriente Medio, sino simplemente, porque es un agujero donde no entra nada. Así, las violencias se proyectan contra los más vulnerables, especialmente las mujeres. No creo, en cualquier caso, que el problema sea el islam, como de manera tópica se entiende a veces entre nosotros. El islam es machista como lo son el cristianismo y el judaísmo. La religión es manipulable, y puede serlo más en lugares vulnerables, como Xatila.

¿Siguen teniendo protagonismo las armas, las redes paramilitares, cosa que se da a entender cuando en Occidente se habla de Oriente Medio?

Hay milicias, con facciones, que son las que gobiernan el campo. El Ejército regular no entra. También hay, claro está, cada vez más armas. También más drogas. De todas maneras, sin la connivencia del poder y de las fuerzas armadas no habría una situación como la que hay.

¿Y cómo ha ido evolucionando el proyecto de Madji?

Al principio había muchos impedimentos. Niñas a las que, al cabo de poco tiempo, les prohibían entrenar o las encerraban en casa para que no fueran. Ahora muchos padres acompañan a sus hijas, y se emocionan cuando hacen una canasta. También las acompañan cuando van a otro país a jugar. Hay casos de niñas que, estimuladas por la experiencia, han estudiado, trabajan. Las primeras no tenían referentes. Ahora, las pequeñas, tienen unas predecesoras.

¿Se ha extendido, de alguna manera, la iniciativa de Madji en el campo de Xatila, o ha quedado limitada a una singularidad?

Cuando entré en el campo por primera vez, pensé que aquel era uno de los lugares más duros del mundo para vivir en él. El nombre me evocaba el genocidio que se había producido. Asociaba el campo a muerte, destrucción, violencia… Pero con el equipo de baloncesto descubrí que aquella lucecita de la quinta planta se replicaba en otros lugares del kilómetro cuadrado. Un día, un poco frustrada porque me costaba mucho que las niñas explicaran lo que les pasaba, pasó cerca de mí otra niña pequeña con un bate en la mano. La seguí, y descubrí que, en una calle, cerca de la de Madji, había una refugiada siria que llevaba un equipo de criquet con niñas. Ella, por ser mujer, mantenía una comunicación mejor con las chicas, y eso facilitaba las cosas a la hora de expresar las violencias que sufrían. No muy lejos, también conocí a Rima, una viuda, que tenía hijas, y que había recaudado la colaboración de otras mujeres para hacer ropa para mujeres del campo.

En el tiempo que ha pasado entre tus vivencias en el campo de Xatila y la edición del libro, ¿por dónde han ido discurriendo las cosas, particularmente en cuanto a la relación de la sociedad libanesa con los campos?

El libro acaba en 2023, que es cuando lo publicamos en catalán. Estoy en contacto con Madji, pero el libro abarca un periodo de casi 10 años, desde 2012. Hay una parte del Líbano que no quiere saber nada y otra que no sabe nada, y ya le va bien. El Líbano vive de espaldas a Xatila. De hecho, cuando iba al campo, algunos vecinos me decían: “¿Dónde vas? ¿A ese campo de terroristas? Allí no encontrarás nada bueno”. Intentaba convencerles de que no era para nada así. Y aquí, Madji también ha hecho algo que es muy importante: un proyecto inclusivo, porque participan palestinas, sirias y libanesas. Algo que incluso ha contribuido a hacer entender la causa palestina, en estos días de tanta dureza en Gaza. Este libro también es una manera de seguir hablando de Palestina, de Xatila, desde una visión diferente.

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