Resulta un poco inexplicable y sorprendente que, a estas alturas de la temporada, con el primer equipo del Barça perfectamente alineado para luchar por tres títulos, el entrenador alemán Hansi Flick se haya encontrado en la contradictoria tesitura de sofocar un cierto estado de nerviosismo dentro del vestuario.
El incomprensible foco de tensión lo provocó un pequeño grupo de jugadores perfectamente identificados, Ansu Fati, Fermín, Ferran López y Héctor Fort, que exhibieron señales de malestar por haber sido sustituidos en el Barça-Celta o por no haber participado ni haber sido llamados a colaborar en dos partidos como los del Dortmund de Champions o el del sábado último en Liga, donde el equipo exhibió síntomas de justificada fatiga y tramos nebulosos en su juego. Flick reaccionó, por su parte, con un coherente y también lógico: «Puedo entender su decepción, pero no su reacción», dando a entender que le va a costar comprenderla y perdonarla.
La verdad es que la afición también se ha sorprendido por un episodio tan inesperado, coincidente, sin embargo, con la adopción de cambios en el día a día de la convivencia y hábitos del primer equipo decididos unilateralmente por Alejandro Echevarría, el excuñado de Joan Laporta, derivados de su progresivo aumento de poder interno y de la visibilidad de su propia figura.
Alejandro Echevarría ya no esconde como desde hace cuatro años bajo la necesaria discreción de su aparente papel de asesor. Ahora decide quien entra en la ciudad deportiva, quién tiene acceso al staff y jugadores, quién viaja con el primer equipo, quién forma parte de su entorno y también ya ha decidido ocupar en el palco el asiento detrás del presidente Laporta, que le confiere y ratifica su verdadero papel y posición en la organización como número dos del FC Barcelona, la única figura a la que el aparato obedece como si se tratara del mismísimo Laporta.
Las imágenes más recientes junto al presidente en el Torneo Godó, que han dejado bien clara su prevalencia absoluta sobre la directiva y sobre los ejecutivos, sin ser miembro de la junta ni ostentar tampoco ningún cargo en el organigrama azulgrana, han circulado por la amplísima capilaridad de las redes sociales del círculo del poder del Barça como la confirmación de su definitiva ascensión al cielo laportista, sentado a la derecha del padre en calidad de favorito con plenos poderes para ejercer su autoridad, absoluta, a falta de una jerarquía formal.
Por lo que afecta a la órbita del equipo de Flick, Alejandro Echevarría lo ha aislado de la propia área de comunicación del club, limitando la presencia y el contacto de sus miembros a mínimos imprescindibles, además de haber impuesto rígidas normas de control sobre qué directivos pueden acceder al Olimpo de las estrellas de Sant Joan Despí, solo autorizados por él, y cuántos pueden viajar, también bajo los parámetros dictados por él.
El periodista Salvador Sostres ha publicado detalles sobre las medidas adoptadas personalmente por Echevarría en las páginas de ABC, detallando que «también ha tomado el control del acceso a los jugadores, hasta el punto de que ha bajado del avión de los desplazamientos al equipo de comunicación del club. Ricard Franco y Sergi Nogueras ya no viajan con los jugadores, ni pueden almorzar con ellos como solían y han sido desposeídos del despacho que tenían en la zona de la Ciudad Deportiva reservada para el primer equipo. Es tal el poder que Echevarría tiene en el club, y tal el miedo que suscita en empleados y directivos, que el departamento de comunicación ha rogado a por lo menos tres medios de comunicación de Barcelona que iban a publicar esta información que no lo hicieran por temor a ser despedidos. Es especialmente mala la relación que Echeverría tiene con el director de comunicación del club, Àlex Santos».
Es notoria, también, su capacidad para hacer amigos dentro del vestuario, siempre de los más destacados e influyentes cracks como hizo en el primer mandato de Laporta, donde primero fue directivo, hasta ser expulsado por haber mentido -el presidente y él- negando su pertenencia a la Fundación Francisco Franco, y luego puesto en nómina como responsable de la oficina de atención al jugador. En el regreso del cuñado del presidente, con la mala experiencia anterior, ambos han construido una relación que, como también se explica en el mismo artículo, ha provocado hasta la intervención del compliance, Sergi Atienza, enfrentado al desafío de justificar que un extraño sin ninguna vinculación formal con el club viaje ocupando un asiento preferente en el avión, las mejores habitaciones en los hoteles, en los transfers, en las comidas y cenas, en el palco, local o visitante, y que además dé órdenes a empleados y ejecutivos desde la autoridad que solo le ha sido otorgada por el presidente y que, desde luego, nadie se atreve a discutir.
Más allá de que ha sido Alejandro Echevarría quien configuró y controla la dirección deportiva actual con Deco y Bojan, directamente elegidos por él -Deco con antecedentes de una relación profesional relacionada con negocios en la industria del fútbol-, y de tener la plena competencia en materia de seguridad del club, elección de proveedores (Barna Porters) y de la cúpula de mando, su ascendencia y creciente peso en el primer equipo y su entorno no es precisamente del agrado de Hansi Flick.
Como a todos los entrenadores, al alemán le gusta controlar el vestuario, es su obligación y parte fundamental de su trabajo y del equilibrio en su relación con el grupo, por eso lleva mal, aunque de momento en silencio, haber detectado que alguien por encima de él, que no es el presidente, mueve determinados hilos y toma decisiones presuntamente con la buena intención de blindarlo contra la propia toxicidad de los directivos, siempre peligrosa.
Otra cosa es dar por supuesto que la influencia, las maniobras y los tentáculos del número dos del Barça, Alejandro Echevarría, y el propio presidente no lo son.
Las malas caras de los jugadores descontentos no son una buena señal en esta recta final de la temporada en la que Flick también ha de resolver cómo gestionar el alta de Ter Stegen para seguir contando con el respeto y la lealtad de sus jugadores. El capitán debería ser el primero en echarle una mano al técnico y no provocar, como ya ha intentado, un debate anticipado. Los próximos días se adivinan importantes para que reine la paz en un equipo que lo tiene todo de cara y que no debería estar ahora mismo pendiente de esas pequeñas batallas que, con sus chispas, pueden llegar a provocar un incendio mayor. El único motivo es la excitante proximidad de un gran botín y la ambición de unos y otros por asegurarse una porción mayor del pastel.











