Evitar un Trump 2.0

Bluesky

Ya hace semanas que Donald Trump es presidente de Estados Unidos, concretamente desde el 20 de enero. Es cierto que en todo este tiempo el nuevo inquilino de la Casa Blanca no ha parado de firmar decretos, de escribir tuits, de intervenir en actos o de hacer declaraciones explosivas; y en cada cosa que hace siempre hay un mensaje preocupante, una amenaza latente o un comentario despectivo.

También es verdad que el mundo democrático en general y el español en particular no ha descansado ni un día en su crítica hacia el líder de los republicanos, hacia sus primeras decisiones y hacia el equipo que lo rodea. Pero tenemos que hacernos la idea de que este señor se sentará en el Despacho Oval durante cuatro años, porque el sistema electoral de su país se lo permite y porque tiene un considerable apoyo popular en Norteamérica. Nos queda el consuelo de que no se podrá presentar en 2028, pero muy seguro que elegirá a un delfín, un sustituto o un heredero que continúe el desmantelamiento que él ha empezado.

Hace décadas que el mundo baila al son que toca el presidente americano de turno –desde Nixon hasta Clinton, desde Reagan hasta Obama, desde Bush hasta Biden–, y el mundo, Europa la primera, lo ha permitido. No ha habido contrapesos políticos, al contrario. Hemos visto con impotencia cómo se impulsaban golpes de Estado en Chile y en Argentina, seguimos en las revistas la Guerra de Vietnam, hemos justificado la invasión de Afganistán, de Kuwait y de Irak, y hemos asistido estáticos a la venta de armas a países como Israel.

Mención aparte merecen las multitudinarias manifestaciones ciudadanas y los movimientos populares antibelicistas, los cuales sí que han mantenido los estandartes a favor de la paz y del diálogo. Pero los gobernantes occidentales han mantenido siempre un equilibrio entre el apoyo y la reivindicación, entre la complicidad y el reproche, y entre los intereses y los compromisos adquiridos.

Todo ayuda, claro, y el cuerpo nos lo pide, pero a Trump, y lo que representa, no lo derrotaremos con miles de tuits, con multitud de artículos y con largas tertulias televisivas. El próximo presidente o presidenta de EE.UU., si quiere encauzar todo lo que el novato está implantando e implantará, debe salir del Partido Demócrata, auténtica alternativa a los republicanos. Es a los demócratas a los que debemos pedir actitud, una firme oposición, determinación y acciones contundentes; y sobre todo que busquen cuanto antes un liderazgo.

La democracia va de eso: de mantener a un dirigente si nos gusta o de sustituirlo por otro si no nos convence. Los grandes cambios, y evitar un Trump 2.0 lo es, no se llevan a cabo unos meses antes de las elecciones. Hace falta terreno, mirada larga, programa, equipos y un electorado movilizado; y por ahora el Partido Demócrata se está lamiendo todavía las heridas y poca cosa más. Hay gente que escucha día sí día también lo que dice Donald, pero no oyen ningún mensaje en sentido contrario, ninguna voz díscola, ninguna frase asombrosa, ninguna otra visión; y seguro que lo están esperando.

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