Toni Comín, el espontáneo sospechoso

Bluesky

Os confieso, y mucho no me tomaréis por loco al pasaros lo mismo, que durante el Procés me enfadaba ante y con el televisor. Uno de los momentos estelares de estos cabreos era cuando aparecía Toni Comín, uno de los personajes más abyectos del circo de aquellos años.

Por eso, cuando bajó el suflé, mis reacciones cambiaron cuando irrumpía en la caja tonta. De vehículo de odio se transformó en motivo de mofa y bromas muy marcadas, pues cuando lo ponían casi era para celebrarlo, como si fuera un espontáneo del telediario, algo que, antes del desmorone, siempre fue.

De su malogrado padre Alfonso sólo heredó el apellido, pero bien es sabido que eso aquí es garantía para apuntalar carreras, la de Toni muy de Girauta en una órbita catalana; primero maragalliano, luego de ERC para devenir, ¡madre de dios!, conseller de Sanitat y más tarde, hasta hace nada, fanboy incondicional de Carles Puigdemont en el exilio, ese reino subvencionado en un lugar con nombre de batalla.

Eso, lo de Waterloo, demuestra la ridiculez del personaje, una plétora de virtudes admirada por todos los independentistas, los cuales le tendrán algo de afecto después de soportarlo durante casi una década, hasta votándolo como muy particular candidato a las Europeas, no para defender nuestro Continente, sino para continuar con una vida regalada llena de claroscuros.

Primero surgió el tema de cómo usó para sí mismo dinero del Consell de la República, esa institución que uno de mis vecinos prefiere llamar La Casa de la pradera. Nadie sabe  cuál es su utilidad más allá de su artificialidad. En las redes también se hablaba de las aventuras del presidente de l’ANC, Lluís Llach, y Comín, quien dentro la espiral inconsciente de propagar su esperpento por el mundo tocó el piano para los pobres pasajeros que esperaban su vuelo en el aeropuerto de París, es más, tocó Que tinguem sort, emocionado y con esa mirada enloquecida que le caracteriza, de ojos poseídos por el fanatismo de cada temporada.

Esto último es una hipotética predicción de futuro. Si Toni acaba esta etapa empezará una nueva y no podemos descartar que sea en la CGT o la CNT. Bueno, no, esto podemos borrarlo de la lista porque tienen dignidad. ¿Recalará en algún otro partido tras su adiós belga? Emigrará del país de Tintín y los mejillones? ¿Hablará valón en la intimidad?

Ignoro cuáles son sus deseos políticos. Sería precioso verlo en la CUP, la guinda a su pastel soberanista. No, todo eso ya es quimérico porque nuestro antihéroe ha llegado a su particular cénit con las acusaciones de acoso sexual y maltrato laboral por parte  de uno de sus asesores de campaña, quien denunció tocamientos, gritos y palabras subidas de tono desde múltiples sentidos, prueba de una personalidad desequilibrada, bien alejada de las convenciones que rigen los días.

Este distanciarse de la realidad tampoco es nada raro, más bien confirma un código de conducta inherente a la clase política independentista, con profundas dificultades para comprender lo que les rodea, posible explicación de su poco empeño legislador durante la década del Procés, cuando se divertían en la rememoración de las excursiones con los curas de su adolescencia entre manifestaciones, proclamas y una sensación de ser intocables que, de repente, terminó.

Es lo que suele ocurrir  cuando te das cuenta de vivir entre adultos partidarios de un orden normal basado en las leyes. Lo que peor me sabe es que Puigdemont, un ser con bula monclovita para transcurrir sus vacaciones de agosto en Barcelona, lo haya rechazado, cuando es algo que jamás debe hacerse con un gemelo.

Hace muchos año me topé, a eso de las dos de la madrugada, con el antiguo alcalde de Girona en el carrer de Joaquim Costa de Barcelona. Primero me asusté y luego comprobé, de lejos, que no fuera Enriqueta Martí.

Sé que tarde o temprano, no importa nada el dónde o el cuándo, me encontraré de noche con Toni Comín. Me imagino sentado en el sofá en la casa de unos amigos. Llaman a la puerta. Suben unos desconocidos. Entre ellos veo al sospechoso espontáneo. Hablo con el anfitrión. Lo echamos. Da igual. Pocos minutos después repetirá la misma acción en otro piso. Ding dong. Bolsas de alcohol. Venga, vete de una vez, por favor. Hay hombres que nacen con un destino y no pueden escapar del mismo.

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