Existen motivos de sobras para sostener que la sección de baloncesto azulgrana atraviesa la peor crisis en muchos años, en parte inevitable porque su presupuesto no es el de otras épocas y porque la gestión de los recursos al alcance del responsable de la sección, el directivo Josep Cubells, resulta manifiestamente deficiente.
Pero si un elemento imprevisto ha venido a crispar el ambiente en el Palau ha sido la impresentable actuación de Cubells intentando cerrar el caso Heurtel, de torpe fabricación propia y de vergüenza ajena, en una intervención en Barça One impertinente, boba e inexplicable, como queriendo acusar a los propios socios y seguidores de haberse inventado el intento ridículo e inoportuno de su fichaje.
Cubells quiso sacar pecho porque el equipo reaccionó cerrando filas contra esos entornos malignos que, según él, manipularon el caso Heurtel para desestabilizarlo. Con la mala suerte de que tras la bronca a la gente del Palau, el equipo no ha dado pie con bola y ha provocado que el fin de semana pasada, contra el Baxi Manresa en casa, la grada reaccionara de mala manera con una pañolada que iba, en conjunto, contra el conjunto de los responsables de la sección, el vestuario, el entrenador, el director deportivo y el palco.
Parece mentira que un directivo como Cubells, sin ser un personaje demasiado avispado, no fuera capaz, basándose en su experiencia, de medir las consecuencias de su desafortunado monólogo en Barça One y de prever que precisamente el deporte es la ciencia menos exacta de todas a la hora de suponer que si el Barça de básquet venía de ganar una corta secuencia de partidos, esta racha se iba a prolongar por mucho más tiempo.
Fue una imprudencia bastante absurda en la misma línea que la delirante operación de aproximación a Heurtel, propia de un responsable de sección como Cubells, cuya prioridad fue, abiertamente, desmontar la estructura del equipo heredado de Josep Maria Bartomeu.
Acabar con el eje Jasikevicius-Mirotic, de un peso y autoridad indiscutibles, tanto como su carisma y magnetismo de cara a la grada, fue el objetivo primigenio de Cubells nada más aterrizar en el Palau tras las elecciones, aunque en apariencia apostara por la continuidad del modelo, ratificando la dirección deportiva en la figura de Juan Carlos Navarro.
Aquella fue una decisión con trampa, pues Navarro no había escondido, al contrario, su condición de fan y topo laportista a lo largo del proceso electoral de 2020 y 2021, a pesar de haber sido incorporado por la junta anterior.
Navarro actuó antes y después del aterrizaje de Laporta comoun auténtico saboteador en beneficio del desmantelamiento del equipo a base de socavar la estabilidad del grupo y de fomentar entre la junta y los aficionados que ese tándem Jasikevicius-Mirotic no tenía futuro ni garantizaba el gran objetivo azulgrana de la Euroliga.
El esfuerzo conjunto de Cubells y de Navarro por hacerle la vida imposible a ambos -realidad que ambos han denunciado tras salir del Barça- chocó, sin embargo, con el vínculo emocional fortísimo establecido con una grada que, además, provocó un sustancial incremento de los taquillajes en ese periodo.
Finalmente, Josep Cubells con el visto bueno de Laporta, decidió cortar por lo sano con el pasado a base de despedir a ambos y a Higgins de la noche a la mañana, forma traumática de actuar que no ahorró al club la indemnización completa del contrato del entrenador ni una rescisión amistosa con Mirotic de 14 millones, 8 millones menos de lo que hubiera cobrado de contrato por los dos años que le quedaban por cumplir, que además le permitió seguir jugando y cobrando en otro club además de volver a Palau como un héroe con otra camiseta y otros intereses.
La operación económica, ruinosa, ha dejado tras de sí una evidente decadencia de la sección que, tras el año en blanco bajo las órdenes de Roger Grimau y su relevo por Joan Peñarroya, amenaza con provocar un fuerte desapego de la afición en relación con una junta directiva que parece haber perdido completamente los papeles.
Un síntoma añadido de la deficiente gestión del club a todos los niveles bajo la presidencia de Laporta, al que hoy solo le mantiene a salvo la herencia de la Masía, incluso por encima de las atrocidades cometidas contra el patrimonio del FC Barcelona.











