La especialidad de Joan Laporta, una vez más, consiste en llevar sus más ridículas y vergonzantes chapuzas a un estado de normalidad asombroso por lo que comportan de aceptación, resignación y pasotismo en los tres frentes del entorno azulgrana: el mediático, el social y el institucional. A poco más de dos meses del clásico de la Liga, lo único realmente constatable es que el FC Barcelona no tiene dónde jugarlo ni sabe qué hacer frente a una situación tan descontrolada e inaudita.
A Laporta, como en el caso Olmo, por poner el ejemplo más reciente, o con el contrato de Nike un mes antes, se le ha echado el tiempo encima por falta de previsión, pero sobre todo de profesionalidad y de seriedad. Siempre habrá quien quiera ver en este nuevo drama a un Laporta taumaturgo que convertirá otro episodio de esta negra presidencia en otra oportunidad que acumular a la épica de sus absurdas y ruinosas decisiones, pero se mire como se mire es un despropósito que a día de hoy, tras la reunión de la junta ordinaria del mes, celebrada el martes, la única estrategia conocida sea la mediática. O sea, la de cómo aparentar, contrariamente a la realidad, que Laporta tiene la situación controlada.
La dinámica de siempre, de infundios y de trolas propagadas desde la junta, aplicada con el éxito habitual a una prensa domada y al contubernio digital de las redes laportistas. El mismo día, de fuentes solventes de dentro de la junta -o sea, filtraciones-, los medios dieron por buenas cuatro versiones/soluciones que están sobre la mesa: una, que Limak garantiza poder jugar normalmente el clásico y los otros dos posibles partidos de mayo, una semifinal de Champions y el de Liga frente al Villarreal; dos, que la alternativa es el estadio Johan Cruyff con gradas supletorias que (risas) triplicarían el aforo -es decir, con más asientos provisionales que fijos-; tres, que se busca un estadio en Europa cerca de Barcelona o jugarlo en Miami, si el Real Madrid está de acuerdo; y cuatro, que el Barça negocia con los promotores de los conciertos para cambiarlos de fecha y así poder seguir en el Olímpico.
Por guasa que no falte, pues, para empezar, si es cierto que Limak da su palabra ya no habría motivos ni para especular ni para buscar alternativas. Con emitir un comunicado confirmando que el Spotify estará a punto para mayo, fin de la polémica.
El problema es que Limak ni se plantea ahora mismo modificar sus planes, que ya van con bastante retraso, para la misión absolutamente imposible de acondicionar el estadio deprisa y corriendo para tres partidos en mayo.
La posibilidad de convertir el Johan Cruyff en el escenario de un clásico en el que probablemente se va a decidir la Liga excede de la tomadura de pelo, más aún si algún loco apunta a triplicar su capacidad a base de mecanotubo. Imposible también.
En cuanto a alquilar estadios por Europa, parece más insensato todavía para el descrédito del club y de unos socios que nadie sabe cómo están viviendo este otro rocambolesco e inexplicable despiporre laportista. Solo saben que con la excusa de las extensiones del pase de temporada debido las dudas -a las mentiras de la junta, sería más correcto decir- de cuando se volverá a Les Corts ya les han cobrado a estas alturas casi lo mismo que por toda la anterior. También están contentos.
Lo de acabar en Miami podría resultar, con el espaldarazo de LaLiga, la oposición de la Federación Española y la negativa del Real Madrid a favor de los intereses de Javier Tebas en el aire, una gran operación de marketing que, por otro lado, no resolvería dónde disputar una posible semifinal de Champions o el partido ante el Villarreal.
La hipótesis más segura ahora mismo, la única que se sostiene, es que Laporta no estudia ningún plan que tenga en cuenta los intereses del equipo y de la institución por la sencilla razón de que ese plan no existe, ya no da tiempo a reparar el enorme lío en el que se ha metido.
Otra cosa es que trame, al más puro estilo Darren Dein, una de esas operaciones de intermediación como la que ha apuntado en ABC el periodista Salvador Sostres, poco dado a la imaginación en este tipo de asuntos de tan enorme trascendencia, con el agente Arturo Canales -socio de Gerard Piqué- actuando como enlace para que ese clásico se pueda trasladar a Arabia Saudí. Como una Supercopa más. La cuestión es que la gente de Kosmos sabe mejor que nadie como engatusar a los saudíes y que Laporta, con su encanto recién descubierto para los negocios en Oriente Medio, se ve capaz de rematar una faena que debería aparentar ser limpia y exenta de pagos extra o comisiones. O si las hubiera, que con Laporta siempre suele haberlas, se camuflarían en forma de un fichaje como el de Rashford, jugador del Manchester United que el entrenador ha desterrado y apartado del equipo. «Antes que contar con él -ha dicho- pongo en la banda al entrenador de porteros», un técnico de 60 años.
Da igual que Rashford sea mejor o peor, ni se trata de entrar a calibrar su actitud, lo importante es que la factura -ahora se habla de una cesión por el problema del fair play financiero del Barça, qué raro- pueda servir para solucionar que el clásico se juegue, por segunda vez este año tras la Supercopa, en Arabia Saudí.
Si al final se juega o no ahí, no será porque Laporta no haya intentado, una vez más, pescar en este río revuelto del último show mundial del Barça, que se queda sin estadio para el mes de mayo. Algo se le ocurrirá al presidente, esta es hoy la estrategia interna del club para todo. Suerte de los Darren Dein que hay en todas partes, amigos de Laporta.











