Laporta llega al extremo de impedir a los jugadores agradecer el apoyo de la grada

En un gesto de autoritarismo sin precedentes, el president del Barça se atrevió a impedirles saludar a su gente en Butarque por miedo a que miembros de la grada de animación puedan usar la empatía del vestuario para reivindicarla

Joan Laporta - Foto: FC Barcelona

Una de las consecuencias del laportismo es la tensión social que provoca, soterrada, aunque perceptible e incómoda, por debajo de esa sedación masiva de los enormes reflejos y sensibilidad que hasta el regreso de Joan Laporta a la presidencia en 2021 había sido uno de los rasgos más identitarios de la vida del club, la capilaridad y multivariada visión de un mismo club desde el prisma de cada uno de los más de 100.000 socios azulgrana. Era un entorno de disparidad y debate permanente en el marco del respeto y de esa tendencia también tan culer a polemizar prácticamente por todo.

Hoy, el Barça ha asistido a un episodio que no debería volver a repetirse nunca más y que, de largo, supera hasta el más estricto canon de totalitarismo. El sábado por la noche, en el estadio de Butarque, al acabar el partido, miembros de la seguridad del club azulgrana, por orden directa de la presidencia, prohibieron a los jugadores saludar al sector de la grada azulgrana que les había animado, como siempre, desde la pasión y el sentimiento por encima del marcador y de las circunstancias, entendiendo, porque es una evidencia, que los futbolistas lo habían dado todo.

Los propios jugadores no entendieron muy bien lo que pasaba. Lógico. Los grupos de animación fueron los que rápidamente denunciaron lo ocurrido, manifestando su repulsión e indignación por una medida de vergüenza para todo el barcelonismo que pretendía nada menos que evitar cualquier expresión de complicidad y de conexión del primer equipo con muchos de los miembros de la grada de animación que han sido expulsados para siempre de Montjuic, y que ya saben que no volverán al Spotify. Socios leales que, en la medida de sus posibilidades económicas, siguen al Barça y viajan cuando pueden, como en este caso a Madrid, para alentar a los suyos.

Cuesta imaginar, porque roza lo enfermizo, que una directiva recurra a la bajeza de creer que el contacto de los futbolistas con sus aficionados más predispuestos y entregados pueda contaminarlos. En realidad, a Laporta le preocupa que un día de estos algún capitán denuncie o simplemente verbalice ante la prensa que el equipo echa de menos el estímulo y la incondicionalidad de la grada de animación, purgada solamente por proferir gritos de «¡Barça sí, Laporta no!». Nunca había ocurrido que una directiva, por razones puramente de libertad de opinión y de expresión, actuara represivamente de este modo vengativo y ruin contra sus propios socios.

La medida sigue la trayectoria de un presidente que se valió de su carisma y populismo para ganar las elecciones en 2021 para, inmediatamente después, recortar ampliamente, por no decir del todo, los derechos y las libertades fundamentales recogidas en los estatutos. Sobre todo las asamblearias y las que permitían ejercer un control efectivo sobre la gestión económica y patrimonial de la directiva, como era posible desde la reforma de los estatutos de 2012, lo mismo que vivir y sentir los colores desde esa rica plataforma de contraste de pareceres y de pluralidad de visiones bajo un mismo techo de armonía y entendimiento básico y compartido del barcelonismo.

A la vuelta de pocos años, sin embargo, este modelo de convivencia que históricamente había enfrentado a sectores de socios a favor de un jugador (Kubala o Suárez, Neeskens o Sotil, Schuster o Maradona) o de presidentes, más modernamente provocada por la longevidad de Núñez en el palco (22 años) y la impaciencia de la oposición, pero también en las pequeñas cosas de la vida barcelonista, aunque sin perder nunca las formas ni el respeto, ha evolucionado a un estado de crispación y de totalitarismo sin precedentes, atribuible inequívocamente al estilo Laporta de imposición de un pensamiento único.

El problema es que esa necesidad de controlar el relato e inyectarlo en la vena social a la medida y capricho de los intereses del poder laportista es igualmente cambiante y esquizofrénica, una especie de locura permanente que, aderezada con una represión ideológica propia de la Gestapo, ha tenido como resultado este estado catatónico.

Y es que no hay forma humana de digerir que en coliseo laportista del pan y circo un día se celebre la renovación de Messi y al día siguiente su despido; que se acepte reformar el Camp Nou sin exilio y el equipo juegue dos temporadas enteras en Montjuic; que Xavi pase en cuatro meses de una dimisión propia a una rectificación y de una renovación y ampliación de contrato, públicamente celebrada, a un cese de la noche a la mañana; que se pierdan 450 millones en una temporada, a la siguiente entren 1.000 millones netos y, además de seguir con casi 100 millones de fondos propios negativos, el Barça no disponga de margen salarial para fichar ni a Pau Víctor.

Más ejemplos. Se anuncia la venta de Barça Studios con un valor de 408 millones y hoy el auditor dice que vale cero euros. Laporta criticaba que, en tiempos de Josep Maria Bartomeu, la directiva denunciase como un robo perder una Liga ante el Atlético de Madrid por un fuera de juego perversamente señalado que no lo era, y ahora el presidente sale gritando de los juzgados que un penalti no pitado en Getafe en la jornada 20 es un «escándalo».

Y como más sintomático, el giro de criterio en favor del dinero árabe, que si venía de Catar durante la presidencia de Sandro Rosell entraba manchado de sangre, de intolerancia, era dictatorial y producto de un régimen sanguinario que mataba a niños y mujeres indiscriminadamente, mientras que ahora, para Laporta, proviene de países aperturistas, con un talante empático y de buena gente que comparte los valores del barcelonismo.

Este tinte fascistoide del neobarcelonismo es el que, en síntesis, conduce a que sea el propio presidente quien discrimine entre buenos y malos barcelonistas, llegando incluso a negarles ese barcelonismo en público si no secundan las directrices y el pensamiento sin fisuras de un Barça entendido como una unidad de destino en el universo laportista. Es evidente la influencia de su excuñado franquista y la cosecha propia de un presidente hastiado de las demandas democráticas de los pocos socios que aún le plantan cara, cada vez menos si además los líderes de la oposición, temerosos de la ira de Laporta, también se baten en retirada. ¿Qué será lo siguiente?

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