Laporta enfría dramáticamente Montjuic por miedo a la grada d’animació

Tomada la decisión de cerrarla para siempre porque cantaba en su contra, y de sustituirla más adelante por tropas leales a la junta y al presidente, el equipo de Hansi Flick ha echado de menos su apoyo y, tras el patético efecto charanga, le teme al partido del Atlético de Madrid

Joan Laporta - Foto: FC Barcelona

Ya es oficial, público y reconocible. El exterminio de la grada d’animación por parte de Joan Laporta, exclusivamente como respuesta a los gritos de «¡Barça sí, Laporta no!», proferidos en determinados momentos del curso anterior, pero sobre todo en el actual, no es un hecho puntual, sino un paso más de la política presidencial de represión y supresión del derecho de opinión y de expresión de los socios. Contra Las Palmas ya sucedió que, por orden directa del palco, la seguridad privada del club localizó y extirpó de la grada a algunos socios que se atrevieron a repetir esas mismas consignas. El domingo pasado, en la trágica noche de la derrota frente al Leganés, socios del club fueron testigos, además, de la actuación de miembros de los Mossos d’Esquadra que se apuntaron servilmente a esta misma afición laportista a jugar a los dictadores mediante técnicas disuasorias propias de los tiempos de Franco, reteniendo y coaccionado a algunos aficionados tras ser aislados previamente fuera de su localidad por la policía patriótica del laportismo bajo las órdenes directas de Alejandro Echevarría, el excuñado del presidente que ya hubo de dimitir en su día porque Laporta ocultó que había pertenecido a la Fundación Francisco Franco. De hecho, mintió en la asamblea a los socios asegurándolo.

Vuelven, por tanto, esos tiempos de totalitarismo que, por otra parte, ya es efectivo y absoluto por lo que respecta a la totalidad de los mecanismos de control y de las libertades más elementales y estatutarias aplicando un régimen de asambleas telemáticas como si el mundo, tres años después, aún estuviera sometido a las leyes y decretos que regularon la vida de los ciudadanos durante la pandemia de la covid. Con esa excusa barata e impresentable, aunque resignadamente aceptada por un barcelonismo anestesiado, Laporta ha podido experimentar, ahora al cien por cien, cómo sería ese Barça soñado por él de clientelismo, de turistas llenando las gradas y pagando miles de euros por disfrutar de los carísimos palcos VIP y de las zonas antiguamente repletas de abonados y socios del Barça, antipáticos y pesados según el criterio de Laporta, que pagan poco, exigen sus derechos, se quejan por nada, quieren votar y participar en las decisiones y, además de poder gritar contra la junta, siempre llevan un pañuelo en el bolsillo.

Laporta ya había conseguido recrear esas condiciones ideales en las asambleas, prohibiendo la asistencia de los socios, manipulando la señal emitida a través de Barça One y decidiendo arbitrariamente cuántos compromisarios virtuales votan y qué. Le faltaba limpiar y pulir la grada de Montjuic, finalmente y en apariencia sin apenas socios, a base de complicarles la vida con absurdas normas sobre el uso de su abono y ubicarlos de forma aislada en las peores localidades con la única finalidad de evitar cualquier tipo de manifestación.

La progresiva degradación del llamado oficialmente espai d’animació, que era otro de los objetivos de la higiene antidemocrática laportista, se aceleró gracias a la exigencia del pago de esas multas pendientes, resultado de acciones y cánticos que con la perspectiva del tiempo suenan cada vez más a sabotaje, más o menos el mismo recurso utilizado en su día cuando el domicilio del presidente apareció con pintadas atribuidas sospechosamente a los Boixos Nois de la época.

Aprovechando el exilio a Montjuic, la directiva de Laporta, que siempre había sospechado, o temido, cierta deslealtad por su parte, independencia de pensamiento y opinión, en realidad ya impuso una drástica reducción con vistas a despejar las gradas del nuevo Spotify a la vuelta. Hubo un conato de insurrección cuando el verano pasado la junta ya intentó otro recorte y diferentes protestas por asuntos propios pendientes del año pasado en torno a la figura de Xavi que con el paso de los partidos crisparon las relaciones y promovieron que, con independencia de los resultados, comenzaran a escucharse gritos de disconformidad con la presidencia.

La decisión de chapar la grada si los grupos no pagaban solo tenía que ver con el miedo de Laporta a que la grada de animación liderara una protesta masiva coincidiendo con un mal partido o un mal resultado. Fue una medida preventiva acertada porque de otro modo es posible que en los últimos partidos se hubieran dado las condiciones para una coreografía negativa para los intereses y la imagen de Laporta, que necesitaba llegar sin altercados ni daños colaterales a la asamblea del próximo sábado día 21 de diciembre, mucho más importante para él y para la millonaria comisión de Darren Dein gracias al contrato de Nike que el desenlace del partido de la noche frente al Atlético de Madrid.

Tristemente, el vaciado de la grada de animación lo que ha puesto al descubierto es la enorme tristeza y desapasionada frialdad de un partido del Barça sin las gargantas barcelonistas promoviendo una ambientación desde el sentimiento y la emoción real de su gente, esa que Laporta ha preferido sustituir contra Las Palmas por peñistas de los suyos, invitados, y ni eso frente al Leganés porque era tarde, aunque cómicamente evocada, gracias a alguno de los genios del marketing del club, por los integrantes de una charanga que no hizo sino subrayar la patética ausencia de la grada de animación.

Contra el Atlético de Madrid este sábado la solución será la de hacer una llamada por parte del presidente, de los jugadores, del entrenador y de todo aquel que pueda enviar a la afición una llamada de socorro. Su regreso está descartado porque ambas partes han entrado en un conflicto irreversible, la multa de 21.000 euros solo ha sido excusa para cerrarla y Laporta tiene decidido sustituirla en breve por miembros absolutamente bajo su control, renovados, no alineados con ningún grupo o peña, básicamente conocidos de la junta que, a cambio de entrada y facilidades, servirán lealmente a los intereses de la junta y, sobre todo, puedan sofocar, cuando sea necesario, proclamas contrarias o críticas a la gestión de Laporta.

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