¿Y si fueran los partidos la izquierda los que han traicionado a los trabajadores?

Bluesky

Una buena parte de la izquierda ha reaccionado con la altivez que desgraciadamente empieza a caracterizarla a la victoria de dos milmillonarios que recuerdan a los supermalvados de los cómics Marvel. Vuelve el «que disfruten lo votado», que tantas veces hemos escuchado y leído después de una derrota, y también el sentimiento de haber sido traicionados por los obreros que han votado a Trump, a los que acusan, más por despecho que por otra cosa, de ser unos traidores faltos de conciencia de clase. Lo cual no deja de ser curioso, ya que la base del voto de Trump son las clases bajas sin estudios y trabajadores que no hace tanto votaban demócrata, mientras que el grueso del votante demócrata son universitarios de clase alta y media alta.

Susana Alonso

De pensar qué se ha hecho mal, muy poco, y las escasas reflexiones son para culpar a candidatos, revisar el corto plazo y, como acostumbra a ser habitual, excusarse en una comunicación deficiente. Algo de todo eso hay, pero las fuerzas que mueven la sociedad y el voto tienen raíces más largas y profundas. Raíces que llegan a tocar los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial, cuando había un enemigo, la URSS, que representaba una alternativa al sistema capitalista y el miedo al descontento de las clases trabajadoras, las que pagaron con su sangre el precio de la victoria. De esta manera en Occidente comenzaron a implantarse, con más o menos intensidad, sistemas de protección social y políticas destinadas a reducir desigualdades, como los sistemas públicos de salud y de enseñanza, de carácter claramente socialdemócratas, que fueron respetadas por los gobiernos de derechas.

El discurso de la izquierda, cuando menos de la izquierda más light, se había convertido en hegemónico. La izquierda se había convertido en el espectro conservador de la política sin haberse dado cuenta; ni siquiera ahora es consciente de ello. A cambio se moderó tanto que hoy ni siquiera aquellas formaciones que dicen que son la verdadera izquierda hablan de cosas como la nacionalización de la banca y de los modos de producción. Sí lo supieron ver Margaret Thatcher, que convirtió en una cruzada su enfrentamiento con los mineros británicos, y Ronald Reagan, que iniciaron, con la ayuda del debilitamiento progresivo de la URSS, la transformación ideológica de la derecha en un movimiento revolucionario, el único capaz de hacer cambiar a la sociedad.

Por el camino, acuerdos como el NAFTA, que hicieron que las fábricas de automóviles se marchasen de los estados ribereños de los Grandes Lagos hacia México, dejando a los trabajadores americanos sin trabajo. Hoy, treinta años después, se sigue recordando el desastre y estos obreros no han recuperado aún la prosperidad perdida. Por en medio las guerras en Irak y Afganistán -que costaron miles de vidas sin que nadie sepa aún de qué sirvieron-, el ataque a las Torres Gemelas -que hizo que América dejara de sentirse invulnerable y Occidente comenzara a sacrificar libertades a cambio de seguridad- y dos crisis económicas que han puesto en cuestión un sistema desgastado y que se ha mostrado incapaz de proteger a los más débiles.

Al igual que sus correligionarios europeos, Trump ha sabido leer esto. Y sus mítines son una buena prueba de ello. En los primeros minutos vierte todo tipo de provocaciones y exabruptos -los haitianos se comerán tus mascotas- que causarán la ira de los demócratas, que pasarán horas y horas hablando de él, haciéndole campaña gratis. «Épater les bourgeois«, como hacían los poetas malditos franceses para denunciar la hipocresía de las clases dominantes y evidenciando que ellos, sus adversarios políticos, son el establishment, mientras el club de multimillonarios que impulsa Trump son auténticos revolucionarios.

El presidente electo recoge el fruto sembrado por Reagan y regado durante años por predicadores evangélicos en forma de votos de gente que, hasta su llegada, se sentía ajena al sistema. Después habla de la industria. De poner aranceles para proteger sus empresas. De sancionar a las compañías americanas que se marchen al extranjero y de hacer que vuelvan aquellas que ahora operan desde México o Asia. Habla de los temas que preocupan a los trabajadores que conforman su base. Ante esto, los demócratas ofrecen sonrisas, una buena gestión, que, como el valor al militar, se le supone a cualquiera que se presente a unas elecciones, y un discurso centrado en cuestiones como el género o el racismo, que ya se dan por supuestas a cualquier partido progresista.

Las fábricas han quedado escondidas en algún rincón. Los obreros de Detroit o Chicago no han entendido nada de los que les decían los demócratas, porque no hablaban de sus temas y lo que les ofrecían les interesaban muy poco. Las mujeres han acabado votando a Trump, porque les ha preocupado más la inflación que las restricciones al derecho del aborto.

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