Icono del sitio El Triangle

«El 90% de los anuncios de «kilómetro cero» son una falacia»

Ángel Calle Collado

Agricultor ecológico en el valle del Jerte y fundador de varias cooperativas: EcoJerte, La Cabra tira al Jerte, En Quesería…). Trabaja también en la universidad, en temas de ecología ambiental y cooperativismo. Es autor de Revoluciones naturales. Ahora, publica, con Isabel Álvarez Vispo, Territorios que alimentan (Icaria Editorial).

¿Qué son los territorios que alimentan?

Son propuestas (muy arrinconadas ahora por parte del sistema agroalimentario global) para cuidar los territorios, las personas y poder tener derecho a una alimentación sostenible y una nutrición adecuada. Estos territorios, que deberían inspirarse en una perspectiva agroecológica, están siendo muy atacados porque el sistema agroalimentario lo que hace es conducir la alimentación hacia la comida. Es decir, todo lo que puedes ingerir. Alimentación es lo que nos nutre. La comida, controlada por multinacionales, desde la producción hasta que llega a la mesa, cada vez es más problemática. En términos de salud, de superar los límites ambientales… Y también de la erosión de estos territorios que alimentan. Erosión de prácticas de cooperación social, de las culturas campesinas, de entender la alimentación como nutrición y no como una mercancía. Y garantizar, a través de circuitos cortos, que necesitamos una autonomía alimentaria para una comida más cercana, de temporada, y acorde con las variedades locales.

Habláis en el libro de la agroecología. ¿De qué se trata?

La agroecología no es más que una perspectiva histórica, que hay que actualizar, para la construcción de sistemas agroalimentarios sostenibles, que nos traigan territorios que sostengan a las personas que producen, y cuerpos con una nutrición adecuada. La agroecología es un paradigma científico y un movimiento social que dice «ya basta de este sistema alimentario global controlado por multinacionales». Recuperamos principios del pasado para cerrar ciclos de materia, energías, producción, mercados más cercanos, y de esta manera poder garantizar que la gente pueda vivir de lo que produce. Algo que, actualmente, es casi imposible para el pequeño productor. Y, además, que llegue alimentación adecuada a pueblos y ciudades, con productos de temporada y variedades locales.

¿Quién mueve los hilos de la comida, a escala global, europea…?

Tenemos dos picos. Uno economicista, que son los mismos fondos de inversión, ya que otros fondos de mercado para la especulación han dejado de funcionar. Desde 2008 hasta aquí se ve un intenso aterrizaje de estos fondos en sectores como actualmente el del aceite. Los fondos presionan a las grandes empresas con las que trabajan, Nestlé, Monsanto, etc., que, a su vez, con políticas de puertas giratorias, lobbies, etc., establecen las normativas sanitarias, comerciales… adecuadas a sus intereses, a Bruselas y a la Organización Mundial del Comercio (OMC), a nivel internacional, y posteriormente en los espacios regionales.

Está muy de moda en alimentación el factor «kilómetro cero». ¿Responde la realidad a lo que anuncia o, básicamente, es una falacia, una estratagema publicitaria?

El 90% de los anuncios de «kilómetro cero» son una falacia. Puedes estar alimentando un cerdo cerca de donde vives, pero si lo haces con soja procedente de Brasil, no tiene sentido. Puedes decir traigo semillas de aquí, pero quizás proceden de una patente de un laboratorio de Canadá. Además, la producción de alimentos no es sólo una cuestión agraria. Es también social, económica, ambiental… La agroecología tiene tres variables: la económica, que sea viable; la cultural, adecuada al territorio y, por supuesto, la agronómica, en términos de sostenibilidad fuerte, como mantener los suelos, la biodiversidad…

¿Qué se puede decir de la sobreexplotación de la mano de obra agraria, a veces en condiciones de semiesclavitud?

En general, toda la economía está orientada a la satisfacción de las necesidades de las élites, que, en particular, se concentran en territorios privilegiados. A partir de ahí, se construyen cadenas globales de suministro de mano de obra –incluidos los cuidados de las personas mayores de los países occidentales–, a cargo de personas latinoamericanas, gente de Marruecos, del Este y otros lugares, que vienen a cosechar fresas y otras frutas, en condiciones que no soportaríamos. Todo obedece a cadenas globales. Se repiten los mismos mecanismos del capitalismo global. Con una manera de entender la vida muy patriarcal, productivista, que no obedece a cuestiones esenciales de sostenimiento de la vida.

Eso de disponer de todo, durante todo el año, a costa de, por ejemplo, producir espárragos en Perú y venderlos aquí, ¿tiene algún sentido?

El sistema agroalimentario global funciona por el sistema de las tres M: mundializar los mercados, producir sobre la base de monocultivos y únicamente interesarse por la comida como mercancía, en esta lógica de una sociedad de consumo con muy poca diversidad. Es una aberración, pero no puntualmente, porque no disponemos de autonomía económica para satisfacer necesidades básicas. Los espárragos de Perú representan para quien los cultiva allí, y para el Estado peruano, una fuente de ingresos.

¿Cómo es la foto actual del movimiento del que tú formas parte?

La iniciativa corresponde a la gente que vive en el territorio y lucha por él. Las experiencias foráneas son interesantes, pero minoritarias, a veces porque se dirigen a nichos de mercado en ecológico o no están muy insertadas en la cultura de la población. Me interesa mucho más el desplazamiento que se está produciendo hacia el cuestionamiento de la agricultura superintensiva, entendiendo que hay que volver a cuidar el suelo, a prácticas más aconsejables en el uso del agua… Son movimientos muy subterráneos, culturales, muy de ir poco a poco. Se están dando entre los que quieren permanecer en el territorio y hacer las cosas de otra manera. Lo importante es arrastrar y defender la pequeña producción.

¿Internet constituye una herramienta significativa en esta vía, mediante, por ejemplo, la venta directa del productor al consumidor?

Existen canales, algunos con miles de personas, que de tanto en tanto compran fruta, transformados artesanales… Es una posibilidad, pero se enfrenta a un escollo, como la pequeña producción en general, que es el tema de la logística. Los transportes son caros para una producción pequeña. Hasta que las grandes ciudades no se den cuenta de que la alimentación es un problema y colectivicen sus decisiones, nosotros no podemos hacer casi nada. Nos gustaría que hubiera logísticas compartidas.

¿Se abre algún rayo de esperanza de cambio, vía administraciones públicas?

Un informe europeo reciente sobre la agricultura ecológica propina una sonrisa tremenda a los responsables, que no tienen políticas coherentes, y su acción consiste en un reparto de caramelos, que no apunta hacia alternativas viables. Tenemos pequeñas cosas, y formas de lavado verde. No hay políticas transversales que faciliten a la pequeña producción vender en proximidad y diversificarse.

Hizo mención en el libro a la Confédération Paysanne francesa, como referencia de buenas prácticas…

Aquí no tenemos el paisaje ecologista de Francia, con movimientos o sindicatos con suficiente músculo social, arraigo en el territorio, y defensa de lo rural. Hay algunas iniciativas en Cataluña, sobre todo a raíz de la sequía, en Galicia, Asturias… Acabamos de participar en una iniciativa de Nos Plantamos, una red para la transición agrícola.

¿Las bioregiones, de las que también hablan, trascienden las fronteras?

Los Pirineos son una región que comparte muchas cosas. Las fronteras se dibujan en el papel, pero en geografía, en paisajes, culturas… no entendemos de estas fronteras. Esto es muy significativo en toda la Raya de Portugal y España. También es significativa la región de Gredos, desde el norte de Madrid hasta la Sierra da Estrela, en Portugal. Esto es una biorregión, con un potencial para autoabastecerse y hacerlo con las zonas limítrofes.

¿Cómo se puede hacer frente a situaciones de emergencia, como los cerdos en Cataluña o la contaminación del Mar Menor?

Eso es la punta del iceberg. Lo que estamos viendo es la desaparición salvaje de la biodiversidad, un calentamiento exponencial, la desertificación… Esto es un gigante con los pies de barro. Hemos perdido nuestra conciencia de especie y trabajamos contra nuestro hábitat. Y eso es algo material, de pura supervivencia… Desde el punto de vista ideológico, somos consecuencia de un modelo de hombre-rey de la creación. En cualquier caso, la mayor parte del mundo sigue alimentándose con productos de proximidad.

Salir de la versión móvil
Ir a la barra de herramientas