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¿Quiere Netanyahu que vuelvan los coches bomba y los atentados suicidas?

Xavier Rius Sant

Periodista freelance i escriptor català, especialitzat en temàtiques de drets humans, conflictes internacionals, món àrab, immigració, ultradreta i terrorisme.
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A punto de cumplirse un año del inicio del actual conflicto de Gaza que estalló con el temerario salto de los milicianos de las Brigadas Izz ad-Din al Qassam, brazo armado de Hamás y otros grupos palestinos, acción ideada por Mohammed Deif, jefe militar de Hamás, y Yahya Sinwar, jefe de Hamás en Gaza, con la que se produjeron 1.200 muertos y 250 rehenes, ante la evidencia de que a pesar de los 40.000 muertos Hamás nunca será destruido, Netanyahu mira hacia el norte y con la explosión de cientos de móviles y buscapersonas en Líbano, parece que desea perpetuar una guerra que sólo si nunca acaba, le garantizará su supervivencia política y personal.

Es evidente que el deseo de mantenerse en el poder al precio que sea ha llevado demasiadas veces a un país a la guerra y la destrucción. Tenemos el ejemplo de Bashar el Asad en Siria. Hace catorce años que desató una guerra que provocó cientos de miles de muertos y la destrucción de ciudades como Alepo. Pero Siria ni era una democracia ni había libertad de expresión para denunciarlo ni detenerlo desde dentro. En cambio Israel, que ciertamente es o era junto al Líbano una de las pocas democracias de Oriente Próximo, tiene un líder elegido democráticamente que ha abocado al país a una guerra eterna en la que aunque logre derrotar algún día a Hamás, está generando un dolor del que van a surgir más y más combatientes con el único deseo de acabar con Israel. De poco sirve reconocer que en Israel hay cada semana movilizaciones de decenas de miles de personas pidiendo el fin de la guerra y su dimisión, si los más de setecientos mil colonos israelíes que ocupan tierras palestinas matan con impunidad cada día a ciudadanos palestinos a los que de forma ilegal según la ley israelí les arrebatan sus tierras para consolidar el sueño sionista del Gran Israel desde el Jordán hasta el mar. ¿De qué sirve repetir que Israel es una democracia, si el ejército ampara los asesinatos diarios de palestinos y la ocupación de sus tierras?

A los que quieren el Gran Israel ya les va bien esta guerra que no acaba para echar a los palestinos de las tierras que todavía conservan. Netanyahu es un político que no quiere dejar el poder por miedo a ir a prisión por los casos de corrupción que pesan sobre él. Y se mantiene en el poder gracias a los partidos de la extrema derecha racista, de los colonos y de los ultrareligiosos que quieren mantener sus privilegios de no tener que trabajar ni tener que enrolarse en el ejército.

Ahora que parecía que la invasión de Gaza tocaba a su fin al no haber mucho más que destruir y con Hamás dispuesto a aceptar un alto al fuego y devolver los rehenes que quedaban con vida, ataca con las explosiones de móviles y de los rudimentarios aparatos de buscapersonas para desestabilizar Líbano. Un país que no tiene presidente desde hace dos años al terminar el mandato del cristiano Michel Aoun y con unos ministros y gobierno digamos interino, y una crisis institucional como no la había tenido desde los tiempos de la guerra. Crisis que se agravó por la terrible explosión de hace dos años en el puerto de Beirut que destruyó buena parte de la capital en la que sólo tienen corriente eléctrica aquellos que pueden pagarse su generador privado.

Hizbulá pese a lanzar desde octubre miles de misiles hacia Israel, ha dicho una y otra vez que parará sus ataques cuando acabe de la guerra de Gaza. Israel se ha mostrado capaz de golpear al eje de Hamás, Hizbulá e Irán con acciones como el asesinato en Teherán del líder de Hamás, Ismail Haniya, y de matar en Beirut al jefe militar de Hizbulá, Fouad Chokr. Pero no puede hacer desaparecer a Hamás. Por eso con un Hamás debilitado, Netanyahu tensiona ahora el Líbano con la excusa de querer garantizar la seguridad de los ciudadanos israelíes que han abandonado sus pueblos del norte. Pero debemos recordar que aunque se intente debilitar a Hizbulá persistirá en ser el grupo político y militar más fuerte y cohesionado del Líbano.

Ciertamente ha sido un golpe muy fuerte la destrucción de esta semana de su capacidad de comunicación, quizás como paso previo a una posible invasión del sur de Líbano. Invasión que ya llevó a cabo Israel en mayo de 1982 con la operación llamada “Paz en Galilea”. Israel no ganó aquella guerra y tuvo que retirarse del país en 2000. Quizás a Netanyahu le importa poco la evidencia de que Israel nunca derrotó a Hizbulá y sólo quiere ganar tiempo. Pero hay que recordar que Hizbulá aunque momentáneamente vea afectadas sus comunicaciones y capacidad para lanzar misiles hacia Israel -que evidentemente recuperará en breve-, tiene un arma que dejó de utilizar hace décadas. Los atentados suicidas con coche bomba o un simple bolso de mano. Ayer el líder de Hizbulá Hasan Nasralá no dijo ni cómo ni cuándo sería su respuesta a los daños sufridos. Pero es evidente que si Netanyahu invade el Líbano ésta será muy sangrienta. Precisamente en el ataque que ha hecho hoy Israel en Beirut ha matado a Ibrahim Aqil, comandante que ordenó el ataque con un camión bomba en la embajada americana de Beirut en 1983 en el que murieron 300 personas.

¿Quiere Netanyahu que vuelva esta práctica terrorista a las calles de Tel Aviv, Jerusalén o Líbano si finalmente lo invade? Y si se va hacia aquí, los ciudadanos, los militares, los servicios de inteligencia y las instituciones israelíes serán corresponsables de recoger lo que ha sembrado su líder.

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