El mundo está cada vez más interconectado. Durante mucho tiempo solo se hablaba de la economía globalizada y, tangencialmente, de los poderes globales. Pero en los últimos 5 años este tema ha cogido una dimensión mucho más importante.
Los factores geopolíticos se han convertido en una constante que moldea tanto las relaciones internacionales como las políticas locales. A medida que emergen y se intensifican los conflictos en diversas regiones, su influencia crece, generando nuevos riesgos e incertidumbres que afectan a países, gobiernos y ciudadanos de manera profunda y constante y, lo más complejo, esta percepción de riesgo e incertidumbre ha afectado, especialmente, a una sensación de desconcierto, miedo y desazón en la inmensa mayoría de la gente.
Cuatro fenómenos, por mencionar los más recurrentes han sido claves pese a su naturaleza diferente: la pandemia (salud); la crisis del gas y de los precios de la energía – y por ende la dimensión global del tema – a raíz del conflicto Rusia-Ucrania (guerra y recursos energéticos); el que está tomando una dimensión fundamental, las migraciones de personas; y el recurrente tema, vinculado con todos los anteriores, como son los vaivenes económicos de una economía globalizada, en un mundo bipolar.
Lo más importante es que los cuatro ponen en la escena geopolítica las fuertes interconexiones entre todos. Si analizásemos lo que ha pasado en España con el Polisario, la relación con Argelia y Marruecos, la política en el Sahel, y todos los vaivenes del gobierno Sánchez, podríamos observar la complejidad de fenómenos. En este caso afectan la participación de España y la mayoría de países en los conflictos globales, los alineamientos con las grandes potencias, los posicionamientos respecto a disputas territoriales, que no solo están influenciando sus relaciones exteriores, sino también en muchos casos las políticas internas, de gobiernos y oposición. Otro ejemplo lo vemos en el procesismo en relación con Putin y toda la influencia que Rusia intenta ejercer en las democracias occidentales con la finalidad de desestabilizar al bloque rival.
Hoy el mundo presencia cerca de 60 conflictos bélicos declarados, aunque los más mediáticos sean los cuatro principales (medio oriente, Rusia-Ucrania, Sahel, China-Taiwán) pero son solo ejemplos de cómo la geopolítica se ha vuelto omnipresente en nuestro caso y dibuja alianzas y posicionamientos extraños, inclusive en el parlamento y la propia mayoría que lo conforma.
De esta manera la influencia de la geopolítica, y directamente de la geoeconomía en las políticas locales se manifiesta de múltiples formas. Las incertidumbres hacen priorizar gastos, reformulan alianzas estratégicas, reorientan los posicionamientos internacionales (a veces con giros radicales), redefinen políticas energéticas y migratorias. Y siempre con el supuesto latente que algunos de estos giros se hacen pensando en los riesgos de polarización y extremismo que representa el auge de la ultraderecha en Europa y otros lugares del mundo.
¿Alguien podría suponer que la decisión, por ejemplo, del Reino Unido o Italia de crear “sedes externas” para alojar inmigrantes ilegales es ajena a la fidelización política de electorados? ¿O que las prioridades de acogida no tienen que ver con el origen de la emigración definida en términos culturales, religiosos y hasta étnicos? ¿Y eso no afectaría a la interacción a la relación con los países de origen? ¿Sino de donde saldría la propuesta del presidente Sánchez con una nueva relación con países del Sahel para reordenar el problema?
El multilateralismo, que durante mucho tiempo fue la base del sistema internacional, está siendo desafiado por el ascenso de políticas unilaterales y proteccionistas. La cooperación global se ve obstaculizada por intereses nacionales contrapuestos, lo que dificulta la resolución de problemas comunes como el cambio climático, la migración o las pandemias.
Lo que sí, es imposible negar, es que la geopolítica ha regresado como una fuerza que moldea la realidad global de manera profunda y duradera. En resumen, la geopolítica ha venido para quedarse.
