Laporta somete a la prensa con los mismos embustes y promesas de siempre

El periodismo se volvió a creer el repertorito de la excelencia económica y de la recuperación financiera de un presidente que al final admitió estar a 60 millones de la regla 1:1, sin perspectivas de firmar con Nike y sin garantías de poder inscribir a toda la plantilla el 31 de diciembre

Joan Laporta

No es tan complicado de entender, por más que sorprenda y sea un atrevimiento y un osado ejercicio de comunicación, la actitud agresiva y atacante de Joan Laporta en su comparecencia del martes, meses después de acumular agravios, disparates, frustraciones y chapuzas que lo siguen siendo indiscutiblemente y que marcan la desastrosa y caprichosa gestión presidencial, ruinosa y extremadamente delicada del Barça en el ámbito financiero, económico, patrimonial y social. Laporta apareció triunfal y al galope ante su asamblea mediática -igual o más dócil y controlada que el Senat o las telemáticas sin voz ni voto para el socio-, favorecido por el deslumbrante efecto del inesperado liderato del Baby-Barça de Hansi Flick, para proclamar la excelencia de las cuentas, el acierto de la planificación deportiva y el mérito de haber apostado por la Masia, tres principios fundamentales de su discurso que, desde luego, no se corresponden con el relato agitado y convulso de un verano marcado precisamente por la ridícula precariedad de los recursos de Laporta para fichar todo lo que quería, Nico Williams, Merino y dos o tres cracks más. Porque ese era el plan, seguir tirando de talonario, además de recuperar a Joao Félix y Joao Cancelo.

Para empezar, si se hace un poco de memoria, Laporta se cargó a Xavi porque al técnico que, en un delirante día de primavera, en el que había decidido cesarlo por la mañana, llamar a Flick para ofrecerle el puesto a primera hora de la tarde y acabar cenando sushi con Xavi después de renovarlo, se le escapó en sus confidencias que para esta temporada no caerían los refuerzos que él pedía por falta de dinero y que la afición debía hacerse a la idea de tirar con los juveniles.

Luego de echar a Xavi por ser sincero y asumir la realidad, una traición imperdonable según Laporta que le vino bien para despedirlo y traer por fin al entrenador alemán con el que siempre había soñado, hubo de embaucar a Hansi y al resto de la afición con esos sueños de grandeza de un verano en el que el Barça iba a ser el rey del mercado, iba a recuperar la ratio 1:1 para fichar y así, como prometió a través de su aparato de comunicación y el coro mediático sobre el que levantado su imperio laportista, alegrar el ataque con Nico Williams y esa extraordinaria entente con Lamine Yamal.

Para nada contaba con los hat-trick de Raphinha ni con esa apuesta por la Masia, nunca lo anticipó en ninguna de sus interlocuciones con la prensa, escasas y filtradas estos meses para mantener esa ilusoria pretensión de club solvente que, en los tres años de este mandato, ha certificado una política compulsiva de fichajes, tanto en verano como en invierno (24 refuerzos a costa de 1.000 millones en palancas) a base de estirar más el brazo que la manga, rematada con la barbarie de la operación Vitor Roque, paradigma del escándalo, el comisionismo y la prevalencia de cualquier otro interés sobre la defensa y verdadera confianza en la cantera. De hecho, por ejemplo, Laporta y Deco se deshicieron de Marc Guiu prontamente -por él sí que llegaban ofertas-, convencidos de que Hansi Flick vería en el joven brasileño un futuro que justificara pagar la locura de 30 + 31 millones por él.

Sobra decir, además, que los hechos desmienten rotundamente esa recuperación financiera y económica reiterada por Laporta en su reentrada del curso, presumiendo de margen salarial y liquidez contra la imposibilidad real de competir por los grandes jugadores, solo por Dani Olmo, al que se ha dado el trato indigno, como a Íñigo Martínez, inscribiéndole por la puerta falsa de una lesión tan sospechosamente estirada como la de Christensen. Laporta ni siquiera ha podido cubrir las 25 plazas disponibles, rellenando el vestuario con un pack de juveniles que, a la fuerza, se han convertido en el fondo de armario de Hansi Flick e, inopinadamente, en un valiente y disciplinado comando de asalto capaz de superar, por ahora, a todos los rivales que se la han puesto por delante.

El castillo de naipes levantado por Laporta ante un auditorio tan entregado alcanzó un tono de arrogancia y de fanfarronería exagerado cuando afirmó que “si no hemos llegado al 1:1 es porque no hemos querido, porque no hemos querido firmar con Nike precipitadamente, pensando que podemos conseguir un contrato mejor…”, dijo, reduciendo la amenaza de que Dani Olmo y Íñigo no puedan seguir jugando a partir del 1 de enero a cubrir los 60 millones que “nos faltan para estar en la regla 1:1 o bien firmar el nuevo contrato de equipamiento deportivo, con eso bastaría”, dijo.

Significativamente, no mencionó a Nike, que desde luego no está por la labor de renovar en los tempos ni las condiciones que tan urgentemente necesita Laporta, y admitió en la última pregunta que el pozo de Barça Studios sigue ahí, pendiente, incluido el impago de Libero, lo mismo que el vencimiento de 60 millones a 15 de septiembre (más otros 60 millones a 15 de junio de 2025) y que de los 25 millones de Aramark, LaLiga sólo le ha admitido 15 millones como inversión. El resultado, confesó el presidente, es que ahora el Barça posee el 53% de las acciones, antes era el 51%, de una sociedad a todos los efectos descapitalizada y ‘muerta’ en términos comerciales.

Bajo el reiterado anuncio de que “el ejercicio se ha cerrado con beneficios ordinarios por primera vez en siete años”, Laporta escondió que mientras no se cure la herida de Barça Studios el arqueo final seguirá arrojando números rojos. La falacia de que “este año hemos ingresado más de lo que hemos gastado” es solamente la consecuencia de esa limitación del gasto impuesta por LaLiga, en ningún caso de una administración sensata y coherente por parte de Laporta, y de realizar una interpretación contable sui géneris dejando fuera del concepto ordinario la deuda de Barça Studios, provocada precisamente para ocultar las pérdidas generadas por la torpe y desenfrenada necesidad presidencial de fichar jugadores mayoritariamente mediocres, por los menos comparados con ese talento de la casa, la herencia de Bartomeu que ahora es su único sostén y esperanza.

En definitiva, Laporta repitió los mismos embustes y promesas de hace dos años, de hace un año y de hace unos meses y que la prensa volvió a creérselos, en un acto de vergüenza y ridículo profesional cada vez más complicado de justificar y de entender. Tanto como el fichaje de Vitor Roque, un gasto enorme que Laporta y Deco han tenido que esconder a toda prisa, esa operación que, según Josep Maria Minguella, “no se sostiene si no es que ha habido reparto de dinero”. Tampoco los periodistas le preguntaron a Laporta por esa afirmación, claro.

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