El movimiento independentista -partidos y entidades- está desconcertado y desorientado. Lógico. Estamos en el siglo XXI y Cataluña está plenamente insertada en la Unión Europea y en el bloque occidental atlántico de un mundo irreversiblemente globalizado (esta es la consecuencia y el destino de la civilización de Internet).
Plantear y trabajar, en estas coordenadas históricas, por la secesión de una porción del territorio comunitario -un proyecto que solo beneficia a la estrategia de Vladímir Putin de debilitar a Europa- es una utopía suicida, sin pies ni cabeza. ¿Es legítimo ser independentista? Sí, por supuesto. Pero esto no obsta para que, ahora y aquí, sea un colosal error de concepto y de percepción.
ERC, Junts x Catalunya y la CUP están inmersos en procesos congresuales, intentando mantener y reanimar una llama que está apagada. Los liderazgos de Oriol Junqueras y Carles Puigdemont están totalmente amortizados, después del fracaso del proceso y de los desgraciados sucesos del otoño del 2017. A pesar de todo, uno y otro quieren continuar al pie del cañón, sin darse cuenta que las tropas que arrastran son cada vez más menguadas y están desmotivadas. Ya se lo guisarán, ya se lo comerán.
Mientras tanto, el presidente Salvador Illa y el Gobierno de la Generalitat se ponen manos a la obra, a toda máquina. Con el nombramiento de los consejeros y de la estructura de altos cargos, el PSC ha construido una sólida columna vertebral para poder gestionar con solvencia y eficacia las competencias que tiene asumidas la administración autonómica.
Empezaremos a ver los primeros resultados del cambio con rapidez. Dirigir y administrar un territorio europeo, próspero y moderno, de 8 millones de habitantes no es una tarea sobrehumana. Al contrario, es agradecida. El PSC tiene una acreditada cantera de cargos municipales, bregados en la gestión del día a día, que serán fácilmente capaces de trasladar su contrastada experiencia a la dimensión autonómica.
La potencia de los mandos socialistas que ocupan el organigrama de la Generalitat merece mucho respeto. No estamos ante un Gobierno de aprendices. Salvador Illa está al frente de una maquinaria muy poderosa que, sabiamente dirigida, será implacable e inexpugnable para la oposición que pueda aglutinar y ejercer Carles Puigdemont.
No es solo la Generalitat. El PSC gobierna en el Ayuntamiento de Barcelona, en las principales ciudades del país (L’Hospitalet, Tarragona, Reus, Lleida, Sabadell, Mataró…), en el Área Metropolitana de Barcelona, en tres de las cuatro diputaciones, tiene presencia en el Consejo de Ministros y militantes del partido presiden importantes empresas públicas (Renfe, Aena, Indra, Enagás, CZF…). Nunca en la historia democrática un partido catalán ha concentrado tanto poder como la organización que dirige Salvador Illa.
Estamos ante un fenómeno nuevo, sin parangón. Por supuesto, no hay ningún otro país ni territorio de la Unión Europea donde el partido socialista y las izquierdas acumulen tanto (ERC y Comunes) como en el caso de Cataluña.
Por consiguiente, el presidente Salvador Illa tiene una doble responsabilidad. Dirigir, de manera inteligente y ejemplar, la gestión de la Generalitat -estoy convencido que lo hará- y, a la vez, convertir Cataluña en un referente y baluarte de la socialdemocracia europea y mundial, alternativa práctica del neoliberalismo caníbal.
La historia de Cataluña ha sufrido muchos altibajos. Desde la muerte de Franco, el nacionalismo ha sido el vector político predominante, tanto con las presidencias de los convergentes (Jordi Pujol, Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra) como con las de los tripartitos de Pasqual Maragall y José Montilla. Y así nos ha ido: decadencia económica, destrucción de las cajas de ahorros, fuga de grandes empresas (La Caixa, Naturgy, Banco Sabadell…), imperdonable retraso en la implantación de las energías renovables, desprestigio institucional, retroceso del uso social de la lengua catalana, degradación de la educación, etc.
Con Salvador Illa iniciamos una nueva etapa, que estará marcada por la recuperación de la ilusión y la excelencia. Los ataques recibidos desde el independentismo hiperventilado, acusándolo de ser el presidente “más españolista”, son totalmente gratuitos y sobreros.
Un presidente de la Generalitat que propugna una mejora sustancial de la financiación autonómica, que promueve la federalización del Estado, que defiende la gestión propia de las Cercanías, que ha creado, por primera vez, una Conselleria de Política Lingüística, que defiende la extensión del uso social del catalán y su reconocimiento en la Unión Europea, que tiene como prioridad la mejora del sistema educativo, basado en la inmersión lingüística… no puede ser tildado de “españolista”. Por las mismas razones, la “caverna” política y mediática madrileña lo acusa de ser un “submarino de los independentistas”. Esto quiere decir que vamos bien.
Comenzamos septiembre con zapatos nuevos. El nuevo Gobierno de la Generalitat -con el apoyo de los empresarios, de los sindicatos, de los ayuntamientos, de las diputaciones y del presidente español, Pedro Sánchez- puede y tiene que liderar las grandes transformaciones que necesita la Cataluña de los 8 millones para devenir una comunidad territorial europea puntera. Ante la pujante amenaza -aquí y en todas partes- de la extrema-derecha xenófoba y populista, tenemos una oportunidad de oro para demostrar que en Cataluña, con hegemonía socialista y de izquierdas, somos capaces de construir una sociedad cohesionada y guiada por la democracia y la justicia social.
En este sentido, podemos ser un ejemplo y un revulsivo para el resto de España y para la Unión Europea, más desorientada y paralizada que nunca. Paz en las calles, prosperidad en las empresas y para los trabajadores, agua para los agricultores, ampliar el parque de viviendas a precio accesible, mejora de los barrios desfavorecidos, educación de calidad en las escuelas y hospitales descongestionados. He aquí el programa de gobierno del “españolista” Salvador Illa.
Yo le ayudaré para que pueda materializarlo. Por primera vez en muchas décadas tenemos en Cataluña un Gobierno que une y tenemos que hacer piña para fortalecerlo. Puedo decir alto y claro que mi largo combate personal, profesional y político, como ciudadano catalán, periodista y editor, ha sido culminado con éxito, que quiero que sea el éxito de todos.