La posibilidad de una isla (illa)

Bluesky

El proceso languidece tal y como deseábamos que lo hiciera: como resultado de unas elecciones. Ni jueces ni policías podían terminar con él, era necesario que la ciudadanía lo cerrara con sus votos. Tal y como ha ocurrido. El cambio acaba un discurso que nos ha angustiado a todos (independentistas y no) durante más de una década, que nos ha enfrentado y que nos ha empobrecido en todos los aspectos, que nos ha dividido entre buenos y malos catalanes, entre botiflers y puros, traidores y tibios y equidistantes, patriotas y ñordos. No puedo esconder la alegría (moderada y atenta) ante el giro. Una alegría atenta porque hay que ver cómo evolucionan las cosas y moderada porque estamos en Catalunya.

Puigdemont aseguró que se retiraría de la política si no ganaba las elecciones, pero parece improbable que cumpla con su promesa. Es probable que opte por el espectáculo, visto que tantos réditos mediáticos le ha dado la performance dadaísta de Arco de Triunfo. Y esto significa que procurará hacer todo el daño posible al nuevo gobierno. La prensa procesista más enloquecida no le ha dado ni un minuto de margen: señala rostros españolistas, de extrema derecha y muy conservadores, como si los gobiernos nacionalistas no hubieran sido gobiernos conservadores: al fin y al cabo, el nacionalismo nunca es progresista.

Aún no me he hecho a la idea de lo que podría empezar a cambiar. O, más que cambiar, volver a la racionalidad y al debate sensato. La consejera de Educación había manifestado en varias ocasiones que es necesario replantear la cuestión de la lengua castellana en las escuelas, desde una perspectiva de respeto institucional. Y cultural: no parece nada inteligente desterrar la tercera lengua del planeta por el enorme potencial cultural y artístico que contiene. Es evidente que se puede proteger el catalán sin agredir al castellano: basta con hacer del catalán una lengua amable en lugar de hostil y agresiva, abandonando esta inmersión al más puro estilo pasivo-agresivo que ha caracterizado todo el ‘procés’, no tan sólo en el ámbito lingüístico.

No hace falta vigilar los patios de las escuelas ni obedecer las imposiciones de la Plataforma per la Llengua, que parece inspirada por el odio a la lengua castellana -una lengua que no sólo es cooficial en Cataluña sino que es la lengua (materna o de adopción) de más de la mitad de la ciudadanía.

La Plataforma parecía querer invertir los términos de la represión franquista, en un extraño acto de amor por la guerra: ¿qué sentido tiene fiscalizar los usos lingüísticos y señalar a los tibios, bilingües o castellanohablantes? ¿Qué sentido propositivo y amable tiene señalar a la dependienta recién llegada de Argentina o de Ecuador que vende el pan en castellano en la panadería del barrio?

Se abre la posibilidad de un cambio hacia el sentido común, lejos de la fe nacionalista irracional y agresiva. Se abre un espacio hacia la convivencia natural y sin las estrictas vigilancias. No sé si sería el momento (quizás incluso sería urgente), antes de que comience el curso, de enviar un mensaje de pacificación al mundo educativo y rebajar la presión sobre estos conceptos que se han hecho antipáticos y odiosos, redefinir la «lengua vehicular», revisar los porcentajes y entender que no ocurre nada si los maestros cambian de lengua en función de la situación comunicativa: el mensaje debe ser de tolerancia y de convivencia en la diversidad. De la misma forma que se hace en tantas otras diversidades justamente porque la diversidad es un valor.

Quizás bastaría con un mensaje de paz y de mediación ciudadana, a la vez que hay que actuar con contundencia en la recuperación de la sanidad y afrontar de una vez el problema que tal vez sea el más grave: la crisis demoledora de la vivienda. Si las cosas se hacen bien, es probable que incluso el votante más nacionalista se lo piense cuando vuelvan las elecciones.

Hay que explicar con hechos que el nacionalismo ha sido un camino estéril y nocivo, y debe hacerse con el ejemplo de políticas eficaces que nos mejoren la vida. Empezando por la convivencia y continuando por los servicios públicos.

(Nota: La posibilidad de una isla es el título de una novela de M. Houellebecq)

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