Si uno escribe la palabra ‘verano’ en Internet, encontrará que la mayor parte de imágenes que le salen son de playas. No es casual, ya que social y mediáticamente se ha querido asociar siempre este período del año con acciones como viajar, descansar, pasar unos días fuera de casa o salir de la rutina laboral. Es más, estamos tan acostumbrados a entender y a vivir así estos meses que solemos formular a familiares, amistades o conocidos la pregunta «¿dónde vas este verano?», como dando por hecho que todo el mundo tiene que irse de visita o de descanso a alguna otra ciudad o país del mundo. Los medios de comunicación también han contribuido a crear esa acepción del término. Sólo hay que recordar que la mayor parte de los informativos de televisiones, ya sean públicas o privadas, ofrecen cada verano imágenes de colas y colas de viajeros en las principales estaciones de tren y en los aeropuertos más importantes del país para que el telespectador tenga claro que esto es verano.
Y, ciertamente, esto es el verano. Pero sólo es una vertiente del verano. Una vertiente con la que, ciertamente, me siento bastante identificado porque siempre me ha gustado viajar y conocer otras realidades, pero que, sin embargo, no se puede reducir ni simplificar únicamente a eso. En otros términos, el verano, como cualquier otra cuestión social o económica, es una realidad mucho más plural, diversa y poliédrica. Una realidad como una biblioteca pública de Barcelona llena de usuarios a mediados de agosto. Una biblioteca en la que, por ejemplo, hay personas mayores que no tienen aire acondicionado en su domicilio y que van a leer el periódico; estudiantes que están preparando la selectividad o unas oposiciones y que no tienen el espacio o las condiciones en casa para concentrarse; niños cuyos padres no tienen ingresos económicos suficientes para ni siquiera irse unos días fuera; familias que acuden para utilizar un ordenador, ya que no pueden permitirse comprar uno; o simplemente conciudadanos que utilizan este espacio público como refugio climático.
Esta dimensión de la realidad, a menudo obviada o minimizada en los medios de comunicación, forma parte también de cómo vive el período estival una parte de la ciudadanía. Una parte de la ciudadanía que, a pesar de tener menor incidencia en el debate público y mediático que la que puede disfrutar de unas vacaciones fuera de su domicilio, también forma parte de nuestra comunidad y, por tanto, que necesita que la administración pública le garantice unos servicios públicos de calidad como el resto del año. De lo contrario, esto mermaría la cohesión social, agravaría unas desigualdades ya muy disparadas y alejaría la cultura a unos colectivos que, ya de por sí, por cuestiones socioeconómicas, tienen un difícil acceso.
En un momento en que en Cataluña y en todas partes están creciendo los discursos nacional-populistas y extremistas, hay que velar por que los poderes públicos sigan garantizando este tipo de servicios, sobre todo pensando en las capas sociales más invisibles de nuestra sociedad. Unos servicios públicos, por otra parte que, paradójicamente, toman protagonismo político cuando el gobierno competente los elimina o suprime. Basta recordar, en este sentido, que se da la coincidencia de que aquellas opciones políticas, como Aliança Catalana, que más alertan sobre el «peligro» que corre su comunidad, serían las primeras que, con la pretendida defensa de la nación por encima de todo, pondrían, precisamente, en peligro el acceso a los equipamientos públicos, y especialmente a los del ámbito cultural.
