Uno de los conceptos que expresó Salvador Illa en su discurso de investidura fue su voluntad de estrechar la colaboración entre la Generalitat y los ayuntamientos, un principio que también se puede hacer extensible a las diputaciones y a organismos supramunicipales, como la potente Área Metropolitana de Barcelona (AMB). Esta es una de las grandes asignaturas pendientes que tenemos que abordar en Cataluña y que nunca, por razones partidistas, hemos conseguido desencallar hasta ahora.Los recursos públicos siempre son limitados, las necesidades que hay que atender son múltiples y, por consiguiente, se impone una estricta racionalidad y prudencia en el gasto, aunque la Generalitat, con la nueva financiación pactada entre PSC y ERC, consiga incrementar fuertemente sus ingresos en el futuro. La optimización presupuestaria solo la lograremos con una total complicidad y coordinación entre las administraciones, respetando, eso sí, su ámbito de autonomía.Hoy, un ciudadano de Sant Boi de Llobregat, por ejemplo, soporta siete niveles de administración, con sus impuestos y tasas: el Ayuntamiento, el consejo comarcal del Baix Llobregat, el Área Metropolitana de Barcelona, la Diputación, la Generalitat, el Estado y la Unión Europea. Sencillamente, kafkiano.Toda vez que desmontar algunas de estas estructuras institucionales es largo, pesado y políticamente muy complicado, lo más práctico es promover una alineación de programas y presupuestos para obtener los objetivos prioritarios consensuados. El hecho que PSC y ERC tengan el poder y/o lo compartan en buena parte de las administraciones catalanas facilita, enormemente, esta imprescindible tarea de racionalización, contando además que el PSOE y Sumar (Comunes) comparten el gobierno de España, presidido por Pedro Sánchez. O ahora o nunca.Venimos de una larga y lamentable etapa, iniciada por Jordi Pujol, de confrontación partidista entre las instituciones, que tuvo su máxima expresión con la supresión de la Corporación Metropolitana de Barcelona. Los tiempos han cambiado y el presidente Salvador Illa tiene en sus manos una oportunidad histórica para “fusionar” el funcionamiento de las administraciones catalanas, lideradas por la Generalitat, con la única finalidad de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y de hacer más fácil su día a día.Cataluña, como todas las sociedades europeas, afronta grandes retos de civilización: la educación, la inmigración, la vivienda, la movilidad, la ocupación, la sanidad, el bienestar de los mayores… Son cuestiones transversales que conciernen al conjunto de las administraciones (local, comarcal, provincial, autonómica, estatal, europea…) y que requieren ser abordadas globalmente para encontrar las soluciones más oportunas en función de los recursos disponibles.Con Salvador Illa al frente de la Generalitat y las principales instituciones gobernadas por los socialistas (Ayuntamiento de Barcelona, AMB, Diputación de Barcelona, los ayuntamientos de Tarragona y Lleida…) la capacidad de entendimiento será mucho más fluida y fácil que no en las épocas en que CiU y PSC se dividían el poder en Cataluña y estaban enfrentados como perro y gato. No se trata de hacer partidismo sectario y excluyente, sino de ser más ágiles en la estructuración de los acuerdos de colaboración y a la hora de tomar y ejecutar las decisiones.En su discurso de investidura, Salvador Illa hizo referencia a una frase del presidente Josep Tarradellas, de quien se reclamó tributario de su praxis política: “Cataluña es un país lo suficientemente grande para que quepamos todos, y muy pequeño para que nos necesitemos los unos a los otros”. Este principio, aplicado a la acción de gobierno, implica una leal y honesta disposición de la Generalitat a trabajar codo con codo con el resto de las administraciones -en primer lugar, los ayuntamientos- para encontrar soluciones consensuadas a los problemas concretos, sumando las atribuciones normativas y las capacidades presupuestarias.Siguiendo el hilo de Josep Tarradellas, el presidente nos legó una lección que tendría que figurar en el frontispicio del palacio de la plaza de Sant Jaume: cuando los catalanes vamos a la una somos imbatibles y conseguimos altos logros colectivos. Después de siglos y de décadas de trifulcas entre nosotros -la última, parece que afortunadamente superada, entre independentistas y no independentistas-, tenemos en el horizonte inmediato un escenario político que invita, en democracia, al pacto y a la concordia.¿Sabremos aprovechar la coyuntura inédita que nos ofrece el acceso de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat? Yo lo creo así y, por ejemplo, interpreto de manera muy positiva que los sindicatos mayoritarios, la Pimec y el Círculo de Economía hayan acogido favorablemente la elección del candidato socialista.Obviamente, la legislatura que afronta Salvador Illa no será un camino de rosas. El hecho de presidir un gobierno en minoría y las turbulencias políticas que llegan de Madrid no ayudan. Pero su contrastada capacidad de resiliencia, de diálogo y de negociación son herramientas que invitan a la esperanza, después del larguísimo y pesadísimo Dragon Khan que hemos sufrido con los 12 años de procesismo.(Una acotación sobre la “tocata y fuga” protagonizada por Carles Puigdemont el día del debate de investidura. Con su actitud, la de ahora y la de los últimos años, el ex-presidente ha sumido el independentismo en la marginalidad “folclórica”. Escapándose, una vez más, se ha autocondenado a una larga ausencia del territorio español y catalán, hasta que los tribunales no enmienden las imputaciones que le hacen el magistrado Pablo Llarena y el Tribunal Supremo para excluirlo de la aplicación de la ley de amnistía. Junts x Catalunya, si quiere subsistir como partido nacionalista/independentista de centroderecha con vocación de gobierno, tendrá que prescindir de él como líder y referente, más temprano que tarde).
