«¡Qué escándalo! ¡¡He descubierto que aquí se juega!!», exclama el comisario Renault mientras que un camarero deposita en su quepis, sin mucho disimulo, el dinero que ha ganado en la ruleta. Algo así es lo que ha ocurrido con los cambios que Putin precipitó en el Ministerio de Defensa el pasado 12 de mayo a raíz del cese de su amigo Sergei Shoigú tras hacerle aterrizar como secretario del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, cargo ocupado anteriormente por Nikolai Patrushev, un halcón del que se habla, de vez en cuando, como uno de los posibles sucesores de Putin y que fue el cerebro del asesinato de Yevgeny Prigozhin.
Los subordinados de Shoigú no han tenido tanta suerte. Pocos días después de su cese, las fuerzas de seguridad rusas detenían al general Vadim Shamarin, responsable de las comunicaciones de las fuerzas armadas, quien ahora se enfrenta a una condena de hasta 15 años de cárcel por aceptar sobornos del director de la empresa de telefonía Telta “en cantidades suficientes para interferir en el buen funcionamiento del ejército”. También fue puesto bajo arresto Vladimir Verteletki, encargado de las compras estatales por el ministerio de defensa, acusado de abuso de poder y corrupción, mientras que Ivan Popov, excomandante de las fuerzas armadas al frente de la ofensiva de Ucrania, caía acusado de fraude.
Igualmente han sido acusados de corrupción y detenidos Yuri Kutnetzov, jefe de personal del ministerio, y Timur Ivanov, conocido por su relación con la «socialidad» rusa Svetlana Moinovich, mujer de gustos caros y gran cliente de joyeros y modistas parisinos, a los que había pagado un piso en la capital francesa y unas cuantas vacaciones en yate por el Mediterráneo
El Kremlin enmarca estas detenciones en «el gran esfuerzo que el gobierno ruso hace para acabar con la corrupción que rodea a los contratos militares relacionados con el conflicto de Ucrania». Una guerra que será larga, pues se ha convertido en el motor de la economía rusa y una de las grandes fuentes de ingresos de la oligarquía. De ahí que el sustituto de Shoigú sea un hombre de marcado perfil económico.
Sin ningún tipo de experiencia militar, Andrei Belousov, nuevo ministro de Defensa, está considerado uno de los mejores economistas de Rusia. Anteriormente ocupaba la cartera de Desarrollo Económico y lo que se le pide es que ponga orden en el gasto militar ruso, que asciende a 141.300 millones de dólares anuales, lo que representa el 8,9% del PIB, la cifra más alta desde los tiempos de la URSS.
El principal defecto -o virtud- de Belousov estriba en no tener un equipo propio, con la excepción de Eldar Muslinov, que lleva 10 años al frente de su secretaría.
Sin embargo, su primer reto no ha sido de orden económico, sino gestionar la salida del ministerio de numerosas mujeres, presuntas amantes y examantes del anterior ministro y otros altos cargos, que tienen como rasgo común haber alcanzado el grado de general antes de los 27 años. Mujeres con carreras sospechosamente deslumbrantes, como Rossjana Markovskaya, que a finales de mes dejó su cargo de portavoz del ministerio, o Maria Kitaeva, una de las asesoras más cercanas a Shoigú. Kitaevava empezó como general de brigada en 2014, pero hace tiempo que no aparece por Moscú. Se pasea rodeada de lujo por Europa, donde alquila villas por el módico precio de 32.000 euros la noche y compra relojes Breguet y Rolex de 40.000.
El nombramiento de Belousov fue recibido con una mezcla de esperanza y escepticismo. Esperanza de poder hacer frente a la carencia de atención de las necesidades de los soldados que luchan en primera línea. Escepticismo respecto a su capacidad para cambiar las dinámicas de un sistema perverso.
La escasa prensa crítica que permite el régimen lo expresa bien a las claras: “Estábamos muy hartos de este prostíbulo, por tanto, el cambio nos hace felices”, pero al mismo tiempo recogen las palabras de un antiguo subordinado, un funcionario experimentado que se resistió a acompañarle convencido de que el sistema le aplastará. “El sistema siempre es más fuerte, el ministerio de Defensa es una estructura enorme donde la corrupción es el aceite que lubrica el motor y le permite funcionar, se ponga a quien se ponga, se nombre a quien se nombre, se está enviando a quien intente cambiar el sistema al matadero”.
En definitiva, Belosov no hará más que poner orden en cuestiones de cariz logístico y garantizar que las comisiones lleguen a las nuevas manos que las esperan. Por el momento, uno de los primeros nombramientos ha sido el de la sobrina de Putin, Anna Tsivilieva, multimillonaria propietaria de una importante empresa productora de carbón llamada Kolmar, como viceministra de Defensa.