Éric Vuillard habla de Cataluña

Bluesky

Éric Vuillard, escritor francés que recomiendo con todas mis fuerzas, niega el tópico según el cual la historia la escriben los vencedores. La historia la escriben los poderosos, corrige Vuillard. Los poderosos son quienes tienen los medios, económicos y culturales, que les permiten imponer su tesis, su verdad. El poderoso y el vencedor no siempre coinciden o, en cualquier caso, hay que estar atento a la dialéctica entre ambas condiciones.

En el caso de Cataluña, la historiografía oficial presenta un relato de derrotas militares sostenidas en el tiempo que sirve para afirmar la existencia de una nación indiscutible a la vez que secularmente oprimida. El vencedor y el poderoso se disocian en el caso catalán, a pesar de una evidencia: las oligarquías catalanas nunca han perdido ninguna guerra. Parece que nadie quiera fijarse en los datos: Rafael de Casanova, el mito al que le ponen flores cada año, no murió en 1714 en la defensa de los derechos feudales catalanes: murió en 1743, después de una vida provechosa como funcionario del Rey de España.

Susana Alonso

La “derrota” de 1714 es uno de los mitos preferidos del nacionalismo, que también sitúa la creación legendaria de su bandera en la derrota del Conde Guifré: según el mito, Guifré estampa los cuatro dedos manchados de sangre justo antes de morir. No es nada difícil encontrar historiadores contemporáneos, poetas y más poetas que también presentan la Guerra Civil como una guerra contra Cataluña, exhibiendo una falta de respeto desvergonzada hacia todas las evidencias documentadas.

La existencia de Guifré es histórica, pero resulta imposible creer el episodio de las cuatro barras. Y por otra parte, la documentación de la que se dispone nos presenta un Guifré que firmaba los documentos como Wifredo o Wifredus, pero en ningún sitio como Guifré. El nombre es una invención. La traducción fantasiosa del nombre, una vez más, remite a la época en que se reescribió la historia catalana. Que no es otra que la época del romanticismo del siglo XIX, cuando se construyen los mitos nacionalistas de la vieja Europa.

Es en el romanticismo que asoló la Europa del siglo XIX y que culminó con la Gran Guerra, donde se construyen los relatos de las naciones, siempre basados ​​en mitos medievales. El monstruo recorrió el continente y recaló en Catalunya. Una legión de pseudohistoriadores, poetas y literatos en general se aunaron para reescribir la historia. La Guerra de Sucesión se imaginó de nuevo como una guerra de España contra Cataluña y todavía hoy esta mirada parece la preponderante, por más que todos los datos objetivos desmienta el cuento romántico. El Fossar de les Moreres ya se cita poco porque quedó demostrado por los arqueólogos que todo era falso, inventado por un dramaturgo tan peculiar como Serafí Pitarra, el mismo que, por otra parte, se burlaba del mito de Jaime I con una sátira cruel.

Por motivos diversos, Europa tomó otros caminos después del romanticismo: los valores ilustrados y la democracia se impusieron (no sin trabas) a los cuentos y leyendas. Sin embargo, como en la aldea gala de Astérix, en Cataluña el relato romántico pervive y es reivindicado constantemente, sin miedo al ridículo ni al tedio. Los eslóganes del nacionalismo del siglo XXI siguen arraigados al romanticismo del XIX, como si 200 años no fueran nada: la lengua propia, el carácter propio, los derechos históricos, la preexistencia de una nación anterior a la democracia, de señores feudales y súbditos, etc.

El caso de Catalunya refuerza la tesis de Vuillard: la historia no la escriben los vencedores sino los poderosos. Cataluña se presenta como la perdedora de todas las guerras, pero el relato nacionalista ha impuesto su relato porque está en manos de los poderes políticos y mediáticos. Son los poderes políticos y culturales catalanes, por tanto, quienes han reescrito la historia. Por desgracia, el relato escrito por estos poderosos no aporta ni felicidad ni bienestar a la ciudadanía catalana, sino que la mantiene ensimismada, crispada y enfrentada a sí misma, en una especie de guerra civil catalana que no parece tener fin y que, poco a poco, nos va hundiendo en la tristeza y nos aleja del progreso. Y nos distrae con un espectáculo crepuscular y estéril.

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