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Elecciones europeas: ¿riesgos para la democracia?

Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat.
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La noche electoral del 9 de junio muchos dirigentes europeos se sintieron algo aliviados, con excepción de los franceses. El desastre fue inferior al esperado ya que la extrema derecha no arrasó, e inclusive en algunos territorios como en los países bálticos, o España y Portugal, las expectativas no se vieron cumplidas.

No obstante, el tripartidismo europeo tradicional ha sufrido un revés. Desde hace mucho tiempo escuchamos las causas de este cambio: falta de respuestas a los problemas de vivienda, al paro juvenil, a la crisis climática, una inflación que afecta al poder adquisitivo de la gente. Se le ha de sumar un liderazgo débil y muchas incógnitas sobre el futuro económico de la zona euro, atenazados por los efectos de la rivalidad chino-americana, y con el fantasma de cambios tecnológicos que afectarán el futuro del trabajo.

Susana Alonso

Los efectos de esta crisis necesitan responsables. En un caso, las castas dirigentes, los “políticos”, los euroburócratas. En otros, la inmigración, sus descendientes, su color de piel, sus creencias o sus convicciones. Todo eso mezclado con un plante social y cultural, en una conjunción extraña contra la arrogancia neoliberal y las iniciativas wokes, ante los cuales el ciudadano/a común se expresa con un “basta”.

La extrema derecha emerge como gran polarizador de sentimientos y emociones, no de grandes convicciones. Si preguntásemos a sus votantes pocas respuestas homogéneas encontraríamos. Lo principal es “contra el sistema”. No saben que lo que viene será iliberal, que intentará cercenar derechos, que extremará y radicalizará posiciones políticas y sociales.

El tema, que se convierte en relevante, es como esta posición de extrema derecha no solamente toma partido en temas de emigración, seguridad o cambio climático. Lo más problemático es que pone en cuestión el modelo democrático atacando, en el fondo, los consensos de opinión, convivencia, tolerancia, tendiendo a modelos que intentan silenciar la disidencia, polarizar la opinión pública, sembrar de fakes el universo creador de opinión, imponer unos frames ligados al racismo, la exclusión y el señalamiento de la diferencia como un elemento negativo.

¿El modelo está en peligro? Seguramente no.  Pero no es necesario pensar en dictaduras, ni tan solo blandas. Sería más correcto hablar de democraduras, con ejemplos claros como Hungría, o Polonia antes de Tusk, y lo que podríamos imaginar en Le Pen o inclusive en la propia Meloni u Orban. Esta crisis socava los fundamentos de las sociedades democráticas y Trump es una referencia conocida.

Economistas de América y Europa (Rodrik y otros, 2024) hacen un llamamiento a cambiar de rumbo en la política y la economía. Acemoglu y otros, en un estudio reciente, demuestran que los votantes suelen apoyar a las instituciones democráticas cuando experimentan de manera directa su capacidad para producir crecimiento económico, gobiernos sin corrupción, estabilidad social y económica, servicios públicos de calidad y bajos niveles de desigualdad.

En síntesis, es evidente que hace falta un cambio en el guion. El modelo de estado del bienestar ha adaptarse a nuevos retos y circunstancias. No es un tema de buena voluntad de los responsables políticos (de derechas o izquierdas. Las respuestas no fueron capaces de prevenir (o contener) la crisis de 2008, aplicando austeridad primero, y contención de gasto actualmente. Se ha de pensar cómo responder a una imagen que se proyecta de grandes corporaciones que crecen en beneficios y la gente normal, le cuesta llegar a final de mes. De hecho, no hay prosperidad redistribuida ni compartida. El liderazgo ha de exhibir un claro compromiso para infundir optimismo y demostrar que la prioridad ahora es el bienestar de la gente y la solución de sus problemas.

La democracia y los líderes políticos han de renovar sus compromisos: cambio climático, desempleo, desigualdad, prosperidad compartida. Si no se asume este nuevo entorno el declive de la democracia será inevitable, que es lo que trae la extrema derecha y el post – fascismo. Ahora tocaría una renovación de compromisos que evidencien que, objetivamente, otro futuro es posible.

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