La estabilidad de las “nuevas dictaduras” del siglo XXI

La ola democratizadora, que culminó a finales del siglo XX con el colapso del imperio soviético, modificó las condiciones nacionales e internacionales de los procesos políticos. Dejando de lado los movimientos islámicos, que en ciertos lugares se radicalizaron, los planteamientos políticos autoritarios o totalitarios fueron diluyéndose. La globalización económica y de las comunicaciones que conllevó los grandes movimientos migratorios actuales hizo que los modelos dictatoriales se transformaran poco a poco en una ficción o una realidad anacrónica. La supremacía política exigía cada vez más formas de legitimación que tuvieran en cuenta la libertad, la protección de los derechos humanos y la participación política.

Susana Alonso

Sin embargo, la tesis (1991) de Francis Fukuyama sobre la victoria irreversible de la democracia demostró ser más un deseo que una realidad. Por ejemplo, la ambiciosa visión asociada a la exportación occidental de la democracia fracasó estrepitosamente en el cambio de régimen en Afganistán, en Irak y en Libia. Nos damos cuenta de que no hay recetas que garanticen el éxito. Las disputas son inevitables y aún no se ha inventado ninguna ecuación mágica que determine las relaciones entre valores, intereses, derechos humanos, economía, democracia y estabilidad. Por tanto, deberemos lidiar con los movimientos políticos autoritarios recurriendo a la pedagogía, al debate exigente y permanente, la verificación de los hechos y datos y sin abandonar nunca un pragmatismo valiente y basado en el sentido de las cosas y la racionalidad.

Estas nuevas formas de política autocrática, se denominan por los académicos autoritarismos electorales (es decir, autocracias con elecciones). En el siglo XXI, el nuevo deseo de los sistemas autoritarios es generar esquemas de democracia formal con un deje de legitimidad hacia dentro y hacia fuera, pero es inevitable que ese planteamiento conlleva riesgos para quienes detentan el poder. Muchos sistemas políticos quedan así en un espacio intermedio o híbrido como son los casos de Rusia, Venezuela o incluso Hungría. Su estabilidad es mayor de lo que se podría suponer ya que al largo del tiempo no se desplazan hacia dictaduras cerradas ni hacia democracias abiertas y han encontrado desde hace años su propio equilibrio en el contexto histórico y político. El hecho de que hoy Putin, Erdogan o Viktor Orbán gozan de una mayor adhesión de la ciudadanía y del demos que el canciller de Alemania o que el actual presidente de la Quinta República Francesa, es difícil de explicar y entender.

De todos modos, a principios del siglo XXI, las ideologías fascistas y comunistas han perdido su capacidad de persuasión. Es cierto que el islamismo político fundamentalista es capaz de crear un fuerte compromiso ideológico entre sus fieles. Sin embargo, dado que el islamismo moderno sigue restringiendo los derechos humanos fundamentales para alcanzar sus pretensiones de poder, sus fuentes de legitimación respaldadas en la promesa de salvación eterna ya no encandilan como antes y se observan síntomas de agotamiento y cambios sobre todo a largo plazo. Debido a este autodeterioro normativo, los regímenes dictatoriales dependen particularmente de su balance en materia de economía, seguridad y orden. Sin embargo, esta “modernización” genera capas sociales medias, se organizan los trabajadores, crece la educación, se desarrolla la sociedad civil y aparecen discursos en los que se reivindica la participación política. Pero esto no significa que se desemboque en procesos exitosos de democratización, como proclamó Francis Fukuyama. Basta con ver lo ocurrido en países como Singapur, la República Popular China o las petrodictaduras del Golfo.

Las autocracias necesitan apoyarse en la represión, que puede adoptar diferentes formas e intensidades. La experiencia empírica muestra que ante una amenaza al statu quo, las élites dominantes autoritarias suelen reaccionar con una mayor represión, aunque es muy improbable que esta acción por sí sola logre estabilizar de forma duradera un régimen político. En tales casos, la pérdida de legitimidad es alta: el aumento de la represión logra incrementar el poder de intimidación, pero disminuye al mismo tiempo la legitimación y, con ella, la aprobación del pueblo. La represión dura resulta costosa y socava a largo plazo los fundamentos de la dominación política.

A todo esto, es sorprendente que, en Cataluña, al auge de Vox hemos visto cómo se ha sumado Aliança Catalana, que combina las ideologías de extrema derecha con las del independentismo más radical y xenofóbico. Pero hay que decir que tenemos herramientas y directrices para combatir la subida de la extrema derecha tanto en Cataluña como en España. Pero para ello, habrá que esforzarse más de lo que hasta ahora hemos hecho.

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