El eje Waterloo-Ginebra impone la repetición de elecciones en octubre

Marta Rovira supedita el futuro de Esquerra Republicana a una alianza con Junts para mantener el clima de confrontación, tensión y conflicto con España

Entre Carles Puigdemont i Marta Rovira hi ha molt “bona química”, a diferència del que passava amb Oriol Junqueras

Volver al 2017. Esta es la consigna del independentismo después de la amarga resaca electoral del 12-M y del 9-J. Conseguir que el reloj de la historia retroceda a los tiempos previos a la celebración del referéndum para preparar el terreno y organizar otra consulta, haya o no acuerdo con el Gobierno central. El independentismo necesita confrontación, tensión y conflicto para sobrevivir. Y todos están dispuestos a iniciar un segundo procés que pueda suponer otra etapa e instalarse en la bronca diaria, a pesar del riesgo de rasgar una sociedad con unas heridas abiertas el 2017 que todavía no se han curado del todo.

El eje Waterloo-Ginebra es la pieza fundamental de esta estrategia, diseñada por dos prófugos de la justicia: Carles Puigdemont i Marta Rovira. Los dos son antisistema, pero, sobre todo, antiespañoles. La base de su filosofía es atacar todo lo que suene a español y apelar a una supuesta falta de libertad por el hecho que Cataluña es una comunidad autónoma. La épica retorcida de esta pareja tiene un objetivo muy simple: tensar otra vez la situación social y política. Si se tiene que romper la sociedad, que se rompa. Puigdemont y Rovira (ya radicada en Suiza y sin ganas de volver, por los ingresos que está ganando junto a su pareja) buscan solo pervivir políticamente en una sociedad que empieza a cuestionarlos y que pide cambios en las caras y en los fondos. El eje Waterloo-Ginebra, en cambio, bucea en los bajos fondos de la política para perpetuar en el poder una casta que se ha demostrado incapaz de ilusionar un electorado que empieza a estar desencantado y harto de falsas soluciones.

Esta estrategia fue pactada personalmente por Carles Puigdemont i Marta Rovira en una reunión del 5 de junio pasado, aunque algunas fuentes aseguran a EL TRIANGLE que en las conversaciones también participó el dimitido presidente republicano, Oriol Junqueras, que no viajó a Suiza. Otra persona que estaba al caso de lo que se cocía a las espaldas del partido y en secreto era Josep Maria Jové, presidente del grupo parlamentario y del Consejo Nacional de Esquerra. Mientras los diputados republicanos proponían el nombre de Laura Vilagrà como nueva presidenta del Parlament, su cúpula pactaba en secreto con Carles Puigdemont la presidencia de Josep Rull.

La traición se amplió al PSC, a quién Esquerra había hecho creer que podía haber algún entendimiento para la formación de la mesa del Parlament. Los socialistas se enteraron del pacto del independentismo una vez iniciado el pleno parlamentario. La decisión, al parecer, fue tomada por Marta Rovira, dispuesta a dinamitar todos los puentes que pueda haber con el socialismo. Si para lo cual se tiene que aliar con la derecha soberanista que representa Junts, lo hará. Y si a Madrid tiene que votar con Vox y el PP, tampoco dudará en hacerlo: su estrategia no conoce límites éticos.

La conjunción de intereses entre los dos residentes en el extranjero tiene un punto en común en su antiespañolismo visceral. Es su principal nexo de unión. Además, el líder de Junts se siente mucho más cómodo con Marta Rovira que con Oriol Junqueras, con quien no se hablaba desde hacía años y con quienes las relaciones han estado siempre muy tensas.

Marta Rovira, muy establecida en Suiza, no se preocupa por cómo pueda quedar el partido. Su tarea como agente al servicio de Puigdemont ha cumplido el propósito de bloquear la situación política de Cataluña. Pero la incógnita estará en conocer los rendimientos que sacará ERC de esta alianza antinatural. “Lo único que puede pasar es que ERC se hunda definitivamente y se quede con 10 diputados. Lo peor es que Junts se haga propietaria de las riendas de Esquerra y que atraiga un electorado que difícilmente volverá a nosotros. Si Rovira trazó su plan para forzar una repetición de elecciones e ir en una lista conjunta con Junts, se ha equivocado. Si un nuevo Junts pel Sí consigue 50 diputados, habrá sido un fracaso espectacular. Pero, por entonces, ERC estará totalmente desmantelada. Pero a Rovira esto ya no le importa, porque su intención es dar un paso al lado en el congreso de noviembre”, dice una fuente crítica de ERC.

La hoja de ruta pasa para bloquear la investidura e ir a nuevas elecciones. Si se confirma una candidatura conjunta, ERC y Junts compartirían listas al 50%. Es la última oportunidad, el último cartucho del independentismo para salvar los muebles y recuperar una militancia con la moral por tierra.

En esta pugna, quien tiene ventaja es JxCat. El problema de ERC es que los males resultados electorales lo han descabezado. Dimitido Junqueras para preparar el nuevo asalto al congreso extraordinario de noviembre, Marta Rovira ha quedado con las manos libres para hacer y deshacer como quiera. Pero en muchos ámbitos del partido se la considera una extremista incontrolada,siempre dispuesta a imponer su estrategia a otras voces.

La historia se repite

Curiosamente, los protagonistas del desastre del 2017 vuelven a ser coprotagonistas el 2024: durante octubre del 2017, Marta Rovira llegó a amenazar en tono elevado el entonces presidente Carles Puigdemont de iniciar una campaña en su contra tildándolo de traidor si convocaba elecciones en lugar de proclamar la independencia en el Parlament. Fue el 26 de octubre de aquel año, durante una reunión en el Palau de la Generalitat. Los otros acicates para reforzar esta presión fueron Josep Rull i Jordi Turull, que el mismo día visitaron en secreto el Palau de la Generalitat para presionar Puigdemont con el fin de que no convocara elecciones.

También el mismo día, Puigdemont recibía en Palau Nikolai Sadovnikov, un antiguo diplomático ruso que vivía en Italia y que podía intentar abrir algún canal de comunicación con el Kremlin. Sadovnikov formaba parte del contingente ruso de Junts. El contingente de ERC se movía en torno a la espía rusa Tatjana Zdanoka, investigada en Letonia por sus actividades de espionaje a favor de Rusia. El partido republicano la invitó como “observadora” el día del referéndum del 1-O. Ella observó “”, pasó información a Moscú y siguió apoyando fervorosamente los independentistas catalanes a las instituciones europeas. Zdanoka se hizo muy amiga de Oriol Junqueras y de Raül Romeva cuando estos eran eurodiputados, y era una de las principales defensoras del independentismo catalán en el Parlamento Europeo. A nivel internacional es, curiosamente, partidaria de la independencia de Cataluña, mientras batallaba para hacer que Rusia se anexionara Crimea o se mostraba en contra de la independencia de su país, Letonia, que prefería ver bajo la bota de Moscú.

Más allá de este reparto de amistades y funciones, las presiones de Rovira, Rull y Turull hicieron efecto, y Puigdemont no convocó elecciones, sino que dejó que el Parlament aprobara un escrito declarando la independencia. Los mismos protagonistas de esta pinza sobre el presidente están ahora de nuevo al timón de la situación política, dispuestos a bloquear la investidura y a dinamitar cualquier indicio de acuerdo: Marta Rovira, al mando de ERC, sin un Junqueras que la controle; Jordi Turull, al timón de Junts; y Josep Rull, presidiendo el Parlament. Los mismos protagonistas del 2017: Cataluña ha retrocedido en el tiempo, vuelven las negras nuvolades.

El más curioso del caso es que las dos principales figuras de los dos partidos independentistas que cocinan la actualidad política se fugaron a tiempo y no fueron detenidas. Puigdemont fue el primero que puso tierra por medio. Rovira, cuando vio que algunos miembros del Govern iban ingresando en las prisiones, se escapó a Suiza. A sus afines al partido les dijo que se iba por una depresión, pero la realidad era que su fuga tenía el mismo motivo que la de Puigdemont: el pánico de entrar en la prisión. Con estos protagonistas de la nueva escena política catalana, la confrontación y el aumento de la tensión están garantizadas en un Parlament con una mesa participada mayoritariamente por partidos independentistas (a pesar de ser minoría en la Cámara). Con Josep Rull de director de orquesta, los sobresaltos están asegurados. La agitación institucional es básica para transmitir la imagen de conflicto ante la sociedad civil, cuando en realidad no deja de ser un ademán para justificar la propia estrategia, un diabólico guion que persigue salvar la cara ante el pueblo.

Pero también se garantiza la tensión en las calles con una Assemblea Nacional Catalana (ANC) en manos de Lluís Llach, un hombre que pidió el voto por Carles Puigdemont el 12-M y por Toni Comín el 9-J. Este detalle, junto con la petición de Llach de celebrar una cumbre con Xavier Antich, presidente de Òmnium Cultural, para reactivar el frente social, pose en manos de Puigdemont todos los resortes del conflicto. Con el pacto secreto en Ginebra del 5 de junio, Marta Rovira ha dejado ERC a los pies de Puigdemont. Algunos segmentos del partido republicano, previendo el desastre, predican la necesidad de evitar nuevas elecciones y facilitar la investidura del socialista Salvador Illa, ganador de las elecciones. A Puigdemont le interesa repetir los comicios e intentar de nuevo el asalto al poder, puesto que en caso contrario tendría que cumplir lo que prometió: dar un paso al lado y abandonar definitivamente la primera línea, de forma que se acabaría su carrera política.

Hay una cuestión imponderable: la agudeza de Puigdemont y la miopía de Rovira se han aliado para poner una alfombra roja al expresidente. El candidato de Junts, que partía antes de la campaña electoral como un político desahuciado, ha cambiado la tortilla y ha hecho arrodillar ERC, carecida de un líder carismático que atrajera el voto popular y supiera vender la gestión de gobierno durante los últimos tres años. Los círculos críticos con el procés advierten que la intención de las cúpulas de ERC y Junts es perpetuar la situación de confrontación, que es su área de confort. Pero lo peor puede estar por llegar: en caso de bloqueo de la investidura, ERC puede quedar expuesta al abrazo del oso. El pacto cerrado por Marta Rovira pondrá Esquerra a los pies de Junts y a merced de lo que decida Carles Puigdemont. El sueño republicano, que quería acontecer el partido hegemónico de Cataluña, se habrá acabado.

Puedes leer el artículo entero en el número 1581 de la edición en papel de EL TRIANGLE.

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