El efecto Xavi Bosch reactiva a la oposición y Laporta se pone muy nervioso

La disidencia laportista busca por primera vez un consenso que aparque los liderazgos y la carrera electoral de fondo con la finalidad de afrontar, si la actualidad y la crítica situación del club lo aconsejan, un voto de censura que ha enfurecido y ‘desestabilizado’ al presidente

Intervenció de Joan Laporta a la reunió del senat blaugrana - Foto: FC Barcelona

Puede que el varapalo de Xavier Bosch, periodista barcelonista de referencia, haya causado un cierto estremecimiento y hasta una reacción en esa oposición de mantel a Joan Laporta que, pese a la crítica situación económica, el desgobierno absoluto y el estado social de tiranía, síntomas evidentes de una degradación institucional sin precedentes, no tenía prevista otra vía de actuación más allá de engordar sus filas sin ninguna prisa y perfilar una candidatura de cara a las próximas elecciones, inicialmente previstas para la primavera de 2026. En un artículo verdaderamente incisivo y hasta un poco hiriente, Xavi Bosch reducía las expectativas y leitmotiv de ese colectivo -llámese Camprubí, Víctor Font, Marc Ciria, Jaume Llopis o Eduard Romeu- a susurrar su indignación antilaportista en los reservados de los restaurantes, dilatadas sesiones de trabajo a muy largo plazo y algún encuentro furtivo con socios y peñistas, siempre con las luces largas puestas y, sobre todo, sobre la base de un calendario que no perturbarse su plan de vacaciones, evitando, pese a la urgencia y dimensión de la tragedia, ponerse manos a la obra en pleno verano de 2024.

La Vanguardia detonó este miércoles, sin embargo, una bomba imprevista, revelando que el principal grupo disidente, el que se ha armado en torno a la figura de Joan Camprubí Montal -descendiente directo de dos expresidentes del Barça, Agustí Montal y Agustí Montal i Golobart-, se ha activado prematuramente por si la gravedad de la situación y el desarrollo de los acontecimientos previstos para las semanas siguientes -como el cierre a 30 de junio, el juego y las trampas de Laporta para burlar el lastre de Barça Studios, entre ellos el posible derroche del acuerdo con Nike, las sorpresas del Espai Barça, la necesidad de otro préstamo de 100 millones más allá del límite de endeudamiento o los tejemanejes que Laporta pueda urdir para sacar adelante la próxima asamblea- puedan requerir una intervención de emergencia, sin descartar un voto de censura.

El efecto del artículo de Xavi Bosch ha acabado siendo de doble y fortísimo impacto, pues, por un lado, ha provocado un cambio de actitud y de posicionamiento radical en las filas opositoras, laxas y escondidas hasta ahora, con un pequeño pero indudable paso adelante con esa predisposición a actuar con carácter de urgencia, si fuera necesario. Bosch decía que «el Barça, en realidad, no es su prioridad. ¿Salvarlo? Ya habrá otro que tire del carro. Pero esta vez los mandarines de la ciudad no tiran. Temen las maneras de Laporta, no quieren desgastarse y no pueden permitirse perder estatus. Total, mucho ruido y pocas nueces. Perdón, ni ruido. ¿Y el Barça? Hundiéndose. Sigue sin poder fichar, cerrará a 30 de junio con números de pena, echa a Xavi mal y tarde, temporada en blanco en fútbol, cero patatero en basket, el escándalo de los avales, no dan ni la cifra del censo, el timo de Libero los dejó tirados, pasarán los millones de la firma de Nike como ingreso del curso actual y, encima, el Madrid gana la Champions y ficha a Mbappé. No solo el Camp Nou está en ruinas. En cualquier otro momento, se estarían recogiendo firmas o fotocopiándolas torticeramente. Ahora, miran el catálogo de un velero para Ciutadella».

La llamada a filas ha funcionado, no solo porque un periodista, con una visión preclara, ha puesto el dedo en la llaga. También están circulando, provenientes del club y del propio entorno directivo de Laporta, un sector del cual empieza a dudar del liderazgo y de la capacidad del presidente, que las cosas empeoran a marchas forzadas y que se pueden precipitar decisiones y actuaciones aún más perjudiciales e irreparables.

En paralelo, el excandidato Víctor Font, dejó filtrar a la prensa que estaría dispuesto a integrarse en un movimiento opositor de consenso, de amplio espectro barcelonista, si se dieran la necesidad de interrumpir el mandato de Laporta por el bien común social y de la estabilidad institucional, sin duda amenazada por esa enorme deuda y precariedad financiera que abocan al club a un cambio del modelo de propiedad.

El verdadero valor de esa información de La Vanguardia radica en que, efectivamente, se ha obrado un cambio de escenario en la oposición, entablando conversaciones y conectándose en los últimos días sobre la necesidad de un pacto de unidad y de acción, de reagrupar esas fuerzas en torno a una alianza de urgencia y de conveniencia en la que, a corto plazo, se aparcaría la batalla electoral de fondo para exhibir el músculo, el consenso y la determinación suficientes como para arrastrar a la opinión pública barcelonista a dar su apoyo un voto de censura contra Laporta si los acontecimientos se precipitan.

Laporta, en ese segundo impacto del efecto Xavi Bosch, ha saltado como un resorte, cabreado y rabioso, ahora sí, sensible a un peligro como el de un voto de censura, que hace un par de días no percibía, pero que, de pronto, ha adquirido carta de naturaleza en el aletargado entorno de las familias del barcelonismo. Laporta ha detectado, precisamente, que en cuestión de horas esa resignación y ese estado de sedación ha desaparecido dejando paso a una atmósfera distinta.

Como Laporta tenía la oportunidad de dirigirse al mundo en un acto tan singular como en una de las dos sesiones estatutariamente reguladas con el senado del Barça, el colectivo de los 1.000 primeros socios, no dudó en responder como a él más le gusta: con esa agresividad y rotundidad con la que actúa cuando sabe quién es, dónde está y cuál es el objetivo del enemigo. El presidente desafió a esa oposición con frases como «el momento de salvar el club era en 2021, no ahora», dibujando un decorado idílico de la actualidad y sin el menor motivo para justificar un voto de censura, ni siquiera con cabida para la crítica: «Este año el presupuesto ordinario del club dará positivo», «Empezamos a ver brotes verdes», «Hemos aumentado los ingresos», «Hemos bajado la masa salarial deportiva en 180 millones», «Hemos rejuvenecido el primer equipo que, además, tiene ahora mucho más valor de mercado», «Ahora el club está arreglado económicamente», dijo entre otras proclamas a los integrantes del senado del FC Barcelona, aunque en realidad se estaba dirigiendo a toda esa oposición que, por primera vez en este mandato, se ha activado en su contra.

La verdad es que, como siempre, Laporta hilvanó un relato mediático solvente como discurso, de tomo mitinero y electoralista, aunque con poca credibilidad, empezando por la propia prensa barcelonista/laportista, que puso en duda varias de sus afirmaciones, sobre todo las relativas a la situación económica, pues nadie duda que el cierre del ejercicio viene marcado desde hace meses por problemas de déficit y que cuando el presidente alude a cuadrar el balance ordinario todo el mundo interpreta que, al final, sea gracias a manipular el contrato de Nike o teatralizar nuevas inversiones como la de Barça Studios, lo que se avecina es otro número circense contable de terribles consecuencias financieras para el futuro. Pocos se creen que el Barça se haya rehecho si, después de ingresar 1.000 millones en palancas, el verano pasado Laporta solo pudo pagar el fichaje de Oriol Romeu y dejar inscripciones pendientes o haber renovado ya el aval de la junta y el suyo propio para no perder parte de la plantilla actual. Y sí, la plantilla se ha rejuvenecido por la inesperada irrupción de los jóvenes de la cantera, cuyo valor de mercado es extraordinario, que al final ha venido a compensar el notable envejecimiento del vestuario y la no menos destacada desvalorización de los fichajes de Laporta.

En ese primer intercambio de golpes, Laporta ha querido pegar duro a la oposición con el resultado de demasiados golpes al aire y la sensación de no estar en su mejor forma, sobre todo desde el punto de vista argumental, y de haberse puesto bastante nervioso.

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