El elefante en la habitación

El hecho diferencial catalán se ha vuelto a expresar en las urnas de las elecciones europeas de este 9-J. Ante el crecimiento de la derecha y de la extrema-derecha en la práctica totalidad de los países del Viejo Continente, en Cataluña han ganado, de manera sólida e incontestable, las fuerzas de izquierdas, constituyendo una realidad política territorial singular y excepcional.

El PSC ha consolidado su hegemonía, con el 30,6% de los votos. Pero si añadimos los resultados de Esquerra Republicana (14,8%), de Podemos (4,6%) y de Sumar (4,3%), la victoria de la izquierda plural es apabullante y logra el 54,3%. Es una buena guía a tener en cuenta de cara a la conformación del próximo gobierno de la Generalitat y es de esperar que ERC sepa leer correctamente el veredicto de las urnas.

Hasta ahora, se había asociado el perfil identitario catalán a una exaltación del nacionalismo, históricamente -no lo olvidemos- de raíces conservadoras y retrógradas. Pero, de manera sistemática y deliberada, se nos ha querido esconder el elefante que tenemos en medio de la habitación.

Y es la evidencia que, por esencia, Cataluña es un país progresista, en la vanguardia de España y sin comparación en la Unión Europea. Esta tradición viene de muy lejos (republicanismo, federalismo, masonería, anarquismo…), pero nos ha sido descaradamente escondida, manipulada y hurtada. Esto ya quedó de manifiesto en las primeras elecciones autonómicas del 1980, cuando la suma del PSC (33), PSUC (25) y ERC (14) posibilitaba un gobierno de izquierdas en Cataluña. Pero, según se ha sabido después, la patronal Fomento del Trabajo financió la campaña de ERC para evitar, precisamente, esta coalición y los votos del partido que entonces lideraba Heribert Barrera hicieron a Jordi Pujol presidente de la Generalitat.

Esta combinación abrió los 23 años de mandato ininterrumpido de CiU en el gobierno catalán y su propina: el proceso independentista (2010-24). Así, se daba la paradoja que Cataluña ha estado dominada por una coalición de centroderecha, mientras en las elecciones legislativas y municipales ganaban casi siempre las fuerzas de izquierdas.

Ahora, las cosas se han puesto en su sitio y ya podemos visualizar al elefante. Es bueno recordar que, con su triunfo del 9-J, los socialistas catalanes encadenan cinco victorias electorales consecutivas: las autonómicas del 2021, las municipales del 2023, las generales del 2023, las autonómicas del 2024 y, ahora, las europeas. Nunca ningún otro partido catalán ha obtenido una racha parecida de éxitos concatenados del PSC, atribuible al liderazgo de Salvador Illa y su equipo.

Ciertamente, Cataluña tiene “algo” especial que la hace única y digna de atención internacional. En estas elecciones europeas, el debate sobre la inmigración ha sido una cuestión trascendental a la hora de orientar y decantar el voto y esto explica, en buena parte, el auge del extrema-derecha fascistoide en todos los países.

En los últimos años, Cataluña ha experimentado un gran salto demográfico, pasando de seis a ocho millones de habitantes, a causa de la llegada masiva de migrantes que buscan entre nosotros un futuro mejor. Por consiguiente, sería, en teoría, una tierra abonada para que triunfaran los discursos xenófobos y racistas. Pero no ha sido así: las políticas de acogida y de integración que despliega la izquierda catalana, a pesar de todas las disfunciones, carencias e incomprensiones, están dando frutos y han impedido que aquí prospere la venenosa lacra del rechazo y del odio étnico.

A escala europea, el 9-J no ha provocado el terremoto político que se anunciaba. Es cierto que los partidos de extrema-derecha han arañado algunos escaños más en el Parlamento de Bruselas y han conseguido sonadas y contundentes victorias en dos importantes países fundacionales de la Unión Europea (UE), como son Francia e Italia.

Pero, si miramos cómo ha quedado el conjunto del hemiciclo del Europarlamento, la foto se ha movido muy poco. De los 720 escaños en juego, los partidos de centro-derecha, socialdemócratas, liberales y verdes -que articularon una mayoría sólida y pragmática en la legislatura pasada- suman, después del 9-J, un total de 462. Y, lo que es más importante, los resultados hacen inviable un hipotético pacto entre el centro-derecha y la extrema-derecha, como el que en España tiene el PP de Alberto Núñez Feijóo con Vox.

Por lo tanto, es más que previsible que Ursula von der Leyen repita en la nueva legislatura como presidenta de la Comisión Europea, al frente de un gobierno de coalición parecido al que había hasta ahora. Quien, paradójicamente, sale reforzado de estas elecciones, a pesar de perder, es Pedro Sánchez. Gracias a los buenos resultados que ha obtenido en las urnas -solo ha perdido un escaño-, el PSOE se ha convertido en el principal partido del grupo socialdemócrata europeo y, por consiguiente, ve incrementada su influencia en Bruselas.

Hay que resaltar, también, la victoria del PS portugués, que este 9-J ha recuperado el liderazgo político que había perdido. La península Ibérica vuelve a marcar la diferencia y se confirma como el polo progresista que equilibra la actual oleada conservadora del centro y del norte de Europa.

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