Lluís Llach: la triste melodía de la ANC

Yo no sé si son los últimos coletazos de una entidad por la que han pasado especímenes de todo tipo, pero con un denominador común, el de la repetición hasta el aburrimiento de una única palabra: independencia. El cansancio es evidente incluso entre los suyos, entre aquellos que se creyeron que una quimera podía arrastrar a todo un pueblo, entre aquellos que, situados sobre un acantilado, preferían tirarse al vacío, convencidos que lo que les esperaba allá abajo era mucho mejor que lo que vivían en la cotidianidad de una Cataluña diversa y plural.

Porque, no nos engañemos, este viaje no era más que apartarse de pobres y gente de mal vivir, que la independencia era nada menos que quitarse de encima a un prototipo de personas que, mira por dónde, a pesar de intentar adaptarse en el lugar donde viven, tienen manías como hablar castellano, apreciar el lugar de nacimiento de sus padres o abuelos o no ser del Barça ni devotos de la Virgen de Montserrat. Y claro, esto es inconcebible en una Catalunya homogénea, encerrada por sus cuatro costados.

Y en todo ello, hay un personaje que nunca creyó en esa «revolución de las sonrisas» que se inventaron para esconder la realidad. Lluís Llach ha sido la cara triste del procés, la de la rabia, la de la reivindicación de un cierto tipo de independencia sosa y mentirosa, aquella que actúa a hurtadillas, esperando que sean otros los que se mojen, los que den la cara. De hecho, Lluís Llach defendió la actuación de Jordi Cuixart y de Jordi Sánchez en aquella célebre escena subidos a un vehículo de la Guardia Civil. Él estaba allí, quizá de manera simbólica, quizá sin esperar lo que vendría después, declaraciones ante el juez incluidas. Y claro, es mucho más fácil retirarse a los cuarteles y, desde un despacho bien blindado, seguir repitiendo el mantra de la independencia, ya abiertamente sin esconder el vacío de la palabra, la futilidad de lo que puede implicar.

¡Qué lejos queda aquel cantautor junto al avi Siset, pidiendo que estiráramos de aquí y de allá, que ya está bastante podrida y que pronto nos liberaríamos todos! Qué distancia tan enorme entre el Llach de hoy y el que empatizaba con la gallinita que decía basta, que ya no quería poner más huevos, que estaba harta de impotentes que le hacían pasar las noches muy aburridas. No, él, satisfecho, llamaba a hacer la revolución desde el gallinero, a volar, metafóricamente, claro, como todo lo que intentaba salir en aquella época convulsa del posfranquismo.

Y, de hecho, ahora, las letras de sus canciones cobran más sentido, más tristeza aún, porque cuando nos decía que era necesario que nacieran flores a cada instante lo percibíamos como un hecho de alegría, de la necesidad de salir adelante, incluso si esas flores eran de colores y olores distintos. Cincuenta y cinco años después, aquellas flores solidarias han muerto y han sido sustituidas por cientos de iguales, con un único color, con único pensamiento. Las flores nos lo dicen todo. Yo también sé hacer metáforas, Lluís.

Y tu metáfora de la vida se resume en una de tus canciones, más actual que nunca, El jorn dels miserables, qué pocas palabras tienes, solo una, ya la sabemos; las demás están bien gastadas, las desconoces o las has olvidado para siempre. Y, fiel a tu único pensamiento, la independencia es el camino donde no son necesarias las palabras, porque estas han sido prohibidas, especialmente si están en castellano. Y sí, Lluís, ya se te ve la poca fuerza, no puedes esconderlo, quizás la rabia que todavía conservas la necesitarás para seguir haciendo el ganso, que ya es algo que quieres desde hace más de veinte años. Y qué decir de la esperanza, Lluís. Yo siempre la he tenido, esperando que mi cantautor catalán, querido y referente de la libertad, volviera al camino de la decencia, del respeto a todos. Moriré sin verlo, estoy seguro. Y sí, con esto estoy completamente de acuerdo contigo, con la cantidad de miseria que arrastras, sobre el hombro y en tu cerebro. Guárdala para ti solo hasta el jorn dels miserables, que ellos te acompañarán siempre en este viaje donde no faltará la bandera que apunta a mi pueblo que es el tuyo, un pueblo que, sin embargo, es más sensible que tú a la diversidad que lo compone, a las lenguas que se hablan, a los bailes que llenan plazas y calles.

Que tengas suerte y encuentres lo que te ha faltado siempre, si tu mente te lo permite, claro.

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