El Barça de Laporta pierde atractivo comercial a causa de su combustión interna

La proliferación de escándalos, la pésima administración financiera, los errores estratégicos como echar a Messi, el nepotismo y la mediocridad ejecutiva, el acoso a los socios y el sainete Xavi han desmejorado la imagen del club, sobre todo a nivel internacional

Joan Laporta

La oposición a Joan Laporta, ausente o escondida no existe ni resuena por ninguna parte. Los socios no disponen hoy de ningún canal útil ni representativo de participación, ni siquiera de consulta, la telemática de las asambleas son propias del neo totalitarismo y los grupos de opinión le deben a la junta de Laporta sus privilegios, pocos, pero suficientes para no andar haciendo ruido, igual que la Grada d’Animació, que al final siempre se rinde a la voluntad del poder. El otro polo de ese entorno susceptible de clamar contra las atrocidades del laportismo, la prensa y la carnaza digital, reacciona mayoritariamente con una actitud genuflexa hacia el poder con excepción hecha de algunos columnistas y periodistas que si han levantado la voz ha sido de forma mayoritaria contra Xavi Hernández -sobre todo el poderoso lobby guardiolista- sin disparar por elevación hacia la junta. No por ahora, lo que explica esa sensación de crisis interna, la provocada en torno a la figura de Xavi y su continuidad, que Laporta intenta detonar controladamente como esas demoliciones de edificios inservibles, agrietados o ilegales.

Por culpa de este proteccionismo generalizado y de los intereses de cada cual, la mayoría inclinada a no salir de su zona de control, el barcelonismo ha perdido conciencia del terrible impacto de su agitada y surrealista actualidad en el orden mundial futbolístico. Sólo faltaba que, en menos de cuatro meses, el banquillo azulgrana se haya convertido en una especie de circo de tres pistas.

La secuencia es esperpéntica, empezando porque el equipo ha realizado, indiscutiblemente, una temporada decepcionante; tanto, que su propio entrenador se rinde y anuncia en enero que lo deja el 30 de junio. La directiva no reacciona y tolera que, al menos en teoría, Xavi siga en su puesto, visiblemente desmotivado y con fecha de caducidad. No obstante, un sector de la junta proclama su deseo de convencerlo para que siga, una posibilidad que se fue abriendo paso por la mejora en el juego, tras apostar por Lamine Yamal, Pau Cubarsí y situar a Christensen de medio centro defensivo, y la clasificación para los cuartos de final de la Champions. Un objetivo de mínimos según el presupuesto que provocó, antes de pasar por el Bernabéu, un clímax de euforia alimentado irracional e imprudentemente por Laporta y Xavi apuntando como más que posible la conquista del doblete, Liga y Champions. En la misma semana, sin embargo, el equipo queda fuera de todas las competiciones, momento en que técnico y presidente, arropados por una prensa servil y pusilánime, celebran como si fuera un título que Xavi, tras una temporada en blanco, rectifique y acepte renovar. Delirante si no fuera porque, cuando sólo han pasado tres semanas, el presidente filtra a la prensa su determinación, inequívoca, de destituirlo la semana que viene cuando acabe la Liga.

El giro imprevisto de Laporta tiene su origen, según se filtra también, en las declaraciones de Xavi del miércoles pasado, admitiendo que el club no podrá reforzarse como sería de esperar y que a la afición le toca resignarse. El presidente tiene su parte de razón porque Xavi ha sido el primero en excitar el entusiasmo de la afición con el equipo que “ya tenemos, más  una base de la Masia” y, de pronto, sin embargo, ya no quiere a Lewandowski, se ha cansado de Araujo y de Rafinha y castiga a Vítor Roque porque es un fichaje de Deco. Súbita rebeldía aderezada con el amargo sabor de una perspectiva pesimista. Algunos lo llaman pánico al Madrid de Mbappé.

En Inglaterra, Italia, Francia, en los EEUU, en toda Sudamérica, Asia y China alucinan con el sainete en torno a Xavi, el desgobierno de Laporta, la incompetencia de unos y otros y la decepcionante imagen proyectada al mundo de inestabilidad, falta de criterio, improvisación y nerviosismo.

El Barça de Laporta, además, viene de haber echado a Messi dos veces, la primera contra pronóstico y la segunda aún con más engaños y mentiras. Viene de no saber explicar ni justificar el caso de Negreira. Viene de no controlar su propio aforo en una invasión histórica de la afición visitante (Barça-Eintratch), un bochorno de época. Viene de cambar las reglas del juego para adjudicar las obras del Camp Nou a una empresa turca que explota y esclaviza a sus trabajadores. Viene de apoyar a Rubiales contra sus propias jugadoras en la batalla contra el machismo y los abusos sexuales de la Federación Española. Viene de mentir escandalosamente sobre la financiación imposible del Espai Barça. Viene de hacerle la vida imposible a los socios en Montjuïc y de anunciarle, falsamente, que el 29 de noviembre de 2024 el equipo volvería a jugar en Les Corts. Viene de la opacidad absoluta sobre el patrocinio del Spotify. Viene de malbaratar 1.000 millones en palancas que Laporta no se sabe en qué se ha gastado. Viene de anunciar y promover, desde el artificio y el fraude especulativo, la salida a bolsa de Barça Studios por 1.000 millones y de no ser capaz de capitalizar más de 40 millones de una compañía valorada en libros en 408 millones. Viene de admitir avales de terceros, ilegalmente, y de aceptar dinero de proveedores para pagar los intereses… destapando un ‘pastel’ en el que Hacienda y la justicia, si espabilan, pueden destapar infracciones que van más allá de saltarse el Código Ético. Y viene, entre otros desmanes, de haber fomentado y afianzado un peligroso nepotismo en la estructura de gobierno del club, circunstancia que ha ido en detrimento de por lo menos una veintena de altos y reconocidos ejecutivos que, a la vista del desorden y la falta de profesionalidad reinante, han decidido dejar el club.

La imagen conjunta, sumados los muchos puntos negros del mandato laportista, que además también se ha peleado con Nike para acabar claudicando, lo mismo que el desgaste sufrido con LaLiga y dentro de poco con la sumisa postura de obediencia ciega a Florentino, es la que en estos momentos está provocando que a Laporta no se le abran las puertas de nuevos inversores e ingresos a menos que, como Nike, intenten aprovechar la coyuntura para obtener una ventaja comercial. El Barça de Laporta, por culpa de su propia y aireada mediocridad en la gestión, vulnerabilidad financiera y fertilidad para los escándalos como el inexplicable vodevil de Xavi no genera confianza, seriedad ni atractivo para esa perentoria necesidad de ingresos actual.

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